Seda y Acero

CAPÍTULO VI—EL PRECIO DE LA ATENCIÓN

Al regresar a la residencia Vance tras el paseo en Hyde Park, la atmósfera de la casa había cambiado de raíz. El aire ya no olía al polvo de la desesperación; la noticia del paseo en el phaeton negro había volado por Mayfair a la velocidad de la pólvora, y los primeros frutos de la posición del Duque de Blackwood no tardaron en manifestarse.

​El modesto vestíbulo estaba flanqueado por arreglos monumentales de orquídeas blancas y lirios traídos de los invernaderos privados del duque. Sobre la mesa de caoba reposaba una bandeja de plata rebosante de tarjetas de visita de las mismas matronas que, cuarenta y ocho horas antes, cruzaban la acera para evitar saludar a la vizcondesa.

​—¡Es un milagro! ¡Un verdadero milagro de la Providencia! —exclamaba Lady Eleanor, caminando de un lado a otro del salón mientras se abanicaba con frenesí—. La marquesa de Salisbury ha enviado una invitación personal para su cena de esta noche. ¡La marquesa, Genevieve! La misma mujer que el mes pasado ni siquiera te incluyó en su lista de té.

​Genevieve se despojó lentamente de sus guantes de seda marfil, sintiendo una punzada de cansancio en las sienes. La hipocresía de Mayfair le resultaba asfixiante, pero comprendía con lucidez las reglas de aquel teatro.

​—No nos han invitado a nosotros, madre —dijo Genevieve, sentándose en el sofá de terciopelo con el amplio abanico de su falda desplegándose a su alrededor—. Han invitado a la sombra del Duque de Blackwood. Saben que despreciarnos a nosotras ahora equivaldría a desafiarlo a él.

​—¡Y qué importa el motivo mientras el resultado sea el correcto! —replicó la vizcondesa, inclinándose hacia su hija con ojos ardiendo de alivio y ambición—. Si Su Gracia formaliza la petición de mano antes de que termine el mes, la deuda de tu hermano quedará liquidada y tu hermana podrá debutar con los mejores vestidos de la capital. Solo debes ser prudente, Genevieve. No lo provoques con lecturas complejas ni con tus opiniones sobre política. Los hombres de su categoría buscan compostura y docilidad.

​Genevieve apretó los labios para contener la respuesta. Su madre se equivocaba. Si algo había encendido el interés del duque, no era la sumisión que tanto le predicaban, sino el hecho de que ella no bajaba la cabeza ante nadie.

​La residencia de la marquesa de Salisbury en Grosvenor Square era un bastión del conservadurismo victoriano. La cena se celebraba en un comedor imponente revestido de paneles de madera de nogal oscuro, iluminado por candelabros de plata maciza que proyectaban sombras alargadas sobre los comensales.

​Genevieve vestía para la ocasión una creación en tafetán de seda de color verde esmeralda. El tono resaltaba de forma deslumbrante los matices de sus ojos y la calidez dorada de su piel. La falda, monumental sobre los aros de la crinolina, apenas lograba acomodarse entre las patas torneadas de la silla de caoba, obligándola a mantener una postura majestuosa y erguida.

​A su derecha se sentaba Lord Julian Sterling, un joven conde de modales afectados y mirada calculadora. A su izquierda, presidiendo el flanco de honor de la mesa, el Duque de Blackwood dominaba la estancia en rigurosa etiqueta negra, con una corbata de satén blanco atada con precisión quirúrgica que enmarcaba la dureza de sus facciones.

​El primer dardo vino disimulado tras el segundo plato.

​—Es fascinante ver cómo cambian los tiempos —comentó Lady Beatrice desde el otro extremo de la mesa, con una sonrisa dulce que no alcanzaba sus ojos—. En mi familia siempre nos han enseñado que la moderación es la virtud más elevada de una dama. La moderación en el apetito, en el vestir... e incluso en las proporciones que una mujer presenta ante la corte. ¿No le parece, Lady Genevieve?

​El silencio descendió sobre la mesa como una losa. Todas las miradas se desviaron hacia la figura voluptuosa de Genevieve y el volumen imponente de su vestido.

​Genevieve no pestañeó. Tomó un sorbo medido de su copa de vino, sintiendo la mirada glacial de Alexander fija en su perfil, evaluando su temple.

​—La moderación es un refugio muy conveniente para quienes carecen de sustancia para llenar un espacio mayor, Lady Beatrice —respondió Genevieve con voz serena, perfectamente modulada y teñida de una ironía impecable—. Algunos nacen para adornar los rincones en silencio; otros tenemos la fortuna de sostener la mirada de un salón entero sin necesidad de disculparnos. Supongo que cada cual debe aceptar la naturaleza que le ha sido dada.

​Un murmullo contenido recorrió la mesa. La réplica no solo había desarmado el veneno de Beatrice, sino que la había dejado reducida a un adorno prescindible sin romper un solo código de la cortesía aristocrática.

​—Una réplica brillante —intervino Lord Sterling a su derecha, inclinándose hacia Genevieve con una familiaridad indebida. Su mano, fingiendo alcanzar la vinajera de cristal, rozó deliberadamente el antebrazo de Genevieve, demorándose un segundo de más sobre su piel suave—. Siempre he considerado que una dama de su presencia y porte merece una compañía... mucho más atenta y devota, Milady.

​Genevieve retiró el brazo con frialdad y una mirada cortante, pero el contacto no pasó desapercibido.

​En la cabecera, Alexander Thorne no alzó la voz ni interrumpió el protocolo. Pero la mandíbula del duque se tensó con la solidez de una roca, y el azul acerado de sus ojos se ensombreció con una frialdad absoluta. Alexander no dijo una palabra, pero continuó el resto de la cena con un silencio sepulcral que heló a los comensales cercanos.

​Al finalizar la velada, mientras los invitados pasaban al salón de música, Genevieve se apartó hacia la antesala para buscar a su doncella y su abrigo. De pronto, unos dedos firmes y enguantados en fino cuero negro la tomaron suavemente por el codo, guiándola con una determinación incuestionable.




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