A la mañana siguiente, las noticias en los clubes de caballeros de St. James corrían más deprisa que las ediciones matutinas de los periódicos.
Lord Julian Sterling había recibido a primera hora una visita privada del apoderado legal del Duque de Blackwood. Sin escándalos, sin duelos al amanecer y sin una sola gota de sangre derramada, tres de las líneas de crédito más importantes del joven conde habían sido absorbidas por las instituciones financieras bajo control de Alexander. Antes del mediodía, Sterling había tomado un carruaje con rumbo a sus propiedades en el norte, retirándose discretamente de la temporada social londinense sin despedirse de nadie.
Cuando el rumor llegó a oídos de Genevieve a través de los cuchicheos nerviosos de su doncella, un estremecimiento recorrió su pecho. Alexander no amenazaba en vano; su poder era una maquinaria implacable que aplastaba cualquier obstáculo con una frialdad matemática.
Sin embargo, lo que mantenía a Genevieve despierta y con el pulso acelerado no era la caída de Sterling, sino el recuerdo de la biblioteca: la sombra del duque acorralándola contra las estanterías de nogal, el aroma a sándalo y la promesa velada de un dominio que no buscaba doblegar su espíritu, sino consumirlo por entero.
A las tres de la tarde en punto, dos toques secos de la aldaba de bronce retumbaron en la entrada de la casa Vance.Lady Eleanor, que había pasado la mañana supervisando el brillo de la porcelana y ordenando los cojines del salón con una histeria contenida, corrió a la ventana delantera. Al correr la cortina de encaje, ahogó un grito de asombro.
Frente a la modesta residencia se detenía un carruaje de gala cerrado, lacado en negro profundo con molduras doradas y el escudo de armas de la casa Blackwood repujado en las puertas. Dos lacayos de librea impecable se apresuraron a desplegar el estribo, mientras el propio Alexander descendía con la solemnidad de un monarca.
Vestía una levita de paño azul noche cortada a la perfección, chaleco de seda brocada en tono perla y una corbata blanca inmaculada. Su presencia desprendía una autoridad tan abrumadora que los transeúntes en la acera se detenían en seco, descubriéndose la cabeza a su paso.
—Genevieve, ¡está aquí! —susurró la vizcondesa con las mejillas encendidas—. ¡Y no viene solo para una visita de cortesía! Lleva en la mano el cofre de terciopelo. ¡Por todos los santos, mantén la serenidad y no arruines este momento!
Genevieve se puso de pie, alisando los pliegues de su vestido de seda color ciruela. La amplia estructura de la crinolina se mecía con una cadencia pesada y elegante, mientras el corpiño ajustado ceñía su cintura y realzaba la plenitud de su figura. Apretó los dedos enguantados, respiró hondo para calmar el tamborileo en sus sienes y aguardó.
El mayordomo anunció la entrada con la voz temblorosa por la solemnidad del momento:—Su Gracia, el Duque de Blackwood.
Alexander cruzó el umbral del salón. El espacio, ya de por sí modesto, pareció empequeñecerse al instante ante la envergadura y la gravedad de su porte. Sus ojos azul acero ignoraron la reverencia casi servil de la vizcondesa y se clavaron de inmediato en Genevieve, recorriendo la calidez de su piel, el fuego de sus rizos cobrizos y la orgullosa quietud de su postura.
—Lady Eleanor —dijo el duque con una inclinación de cabeza perfectamente calculada, aunque su voz profunda llenó cada rincón de la estancia—. Agradezco que me reciba sin previo aviso.
—Es un inmenso honor para esta casa, Su Gracia —respondió la vizcondesa, conteniendo apenas el temblor de sus manos sobre el abanico.
Alexander no prolongó las formalidades innecesarias. Dio dos pasos firmes hacia el centro de la sala, deteniéndose a un metro escaso de Genevieve. La miró fijamente, con una intensidad que hizo que el aire entre ambos se volviera escaso.
—Lady Eleanor —prosiguió el duque sin apartar los ojos de la joven—, he venido a solicitar formalmente su consentimiento para desposar a su hija. Deseo que Lady Genevieve Vance sea la próxima Duquesa de Blackwood.
La vizcondesa soltó un suspiro ahogado y se dejó caer en el sillón más cercano, llevándose el pañuelo a la boca mientras asentía repetidamente sin poder articular palabra.
Alexander abrió con un chasquido suave el pequeño cofre de terciopelo azul que sostenía en la mano izquierda. En su interior, reposaba un anillo monumental: un zafiro de talla cojín rodeado de una hilera de diamantes puros, montado sobre una banda pesada de platino.
El duque dio un paso más, acortando la distancia hasta que Genevieve pudo percibir el calor de su cuerpo.
—Lady Genevieve —dijo él, bajando el tono a un registro grave, casi íntimo, que solo ella pudo escuchar con absoluta claridad—. ¿Acepta entregar su nombre, su voluntad y su futuro a este compromiso?
Genevieve sostuvo la mirada gélida y abrasadora de Alexander. Sabía lo que este anillo significaba: la salvación indiscutible de su familia, pero también la entrega de su vida a un hombre implacable, exigente y acostumbrado al mando absoluto.
Extendió su mano enguantada hacia él, sin vacilar.
—Acepto el compromiso, Su Gracia —respondió ella con voz clara y firme—. Con la condición de que recuerde siempre que no desposa a una figura decorativa para sus salones, sino a una mujer con voz propia.