A la mañana siguiente, la noticia del compromiso oficial entre el Duque de Blackwood y Lady Genevieve Vance cayó sobre Londres como un rayo en un cielo despejado.
La Gaceta de la Corte dedicó su columna principal a detallar el acontecimiento. Para los miembros de la Cámara de los Lores, la unión representaba un misterio político; para las damas de Mayfair, un ultraje imperdonable. Las madres que habían pasado años moldeando a sus hijas bajo dietas de vinagre y limones para conseguir cinturas de avispa no lograban concebir cómo una mujer de veintidós años, sin dote y con una figura tan rotundamente voluptuosa, se había quedado con la mayor fortuna y el título más influyente del reino.
En la residencia Vance, el día transcurrió en un torbellino de actividad febril.
Tres carruajes de carga enviados por orden de Alexander llegaron al mediodía cargados con cofres de terciopelo. Dentro había piezas enteras de sedas importadas de Lyon, terciopelos de Génova, encajes de Bruselas y docenas de sombrereras con plumas y cintas de satén. Junto a las telas, el duque había enviado a un equipo completo de modistas y doncellas de cámara bajo la supervisión de Madame Dupré, con una sola instrucción: preparar el ajuar nupcial más fastuoso que la capital hubiera visto jamás, sin escatimar en yardas de tela ni en la amplitud de las faldas.
Genevieve permanecía de pie en su alcoba mientras las costureras medían sus hombros y la curva de su busto con cintas de seda. Observó el zafiro en su dedo anular, cuyo azul profundo brillaba con un fuego frío bajo la luz de la ventana.
—Su Gracia tiene un gusto impecable, Milady —comentó Madame Dupré, acomodando los alfileres sobre un corpiño de brocado de oro—. No ha pedido que ocultemos nada. Al contrario, sus instrucciones fueron muy precisas: el vestido de la gala de compromiso debe realzar la majestuosidad de su figura y la riqueza de su porte.
Genevieve sonrió levemente. Alexander no buscaba encajarla en el molde victoriano; estaba forzando a la aristocracia a adaptarse a ella.
La gala oficial para anunciar la unión tuvo lugar una semana después en Blackwood House, la residencia urbana del duque frente a St. James's Park. La mansión era un palacio de proporciones colosales, con fachadas neoclásicas, columnas corintias y una escalinata monumental flanqueada por guardias con uniforme de gala.
Al descender del carruaje ducal que había ido a recogerla, Genevieve sintió el peso de cientos de miradas acumuladas en la entrada. Vestía una creación apoteósica en seda color borgoña intenso, un tono oscuro y apasionado que contrastaba de forma deslumbrante con su piel dorada. El escote en forma de corazón realzaba la plenitud de su busto con una elegancia soberbia, mientras la falda, sostenida por una estructura de aros de acero de circunferencia impresionante, caía en pesados pliegues bordados con hilo de oro en los bordes. Su cabello cobrizo estaba recogido en una corona de rizos entrelazados con pequeñas perlas oscuras.
Cuando ingresó al gran salón de baile bajo la luz de diez candelabros gigantescos, el murmullo de la multitud cesó por completo.
Alexander Thorne la aguardaba al pie de la escalinata principal.
El duque lucía imponente en su frac negro con la banda de la Orden de la Jarretera cruzando su pecho. Al verla descender, sus ojos grises se encendieron con una satisfacción oscura y posesiva. Subió tres escalones a su encuentro y le ofreció el brazo.
—Está deslumbrante, Lady Genevieve —dijo él con su voz de barítono profunda, sin apartar la vista de sus ojos verdes—. Ha dejado a este salón sin respiración.
—Espero que la aristocracia sobreviva a la noche, Su Gracia —respondió ella con una leve inclinación de cabeza, apoyando los dedos enguantados sobre la manga de paño fino del duque.
—Sobrevivirán —replicó Alexander con frialdad cortante—. Y si alguno olvida mostrarle la reverencia debida, se encargará de aprenderla antes de que termine la velada.
La primera prueba de fuego no tardó en presentarse.
Mientras Alexander se apartaba unos instantes para atender una consulta urgente del Ministro del Interior, una figura imponente se abrió paso entre los invitados. Era Lady Augusta, la Duquesa Viuda de Richmond, una anciana de porte severo y la matriarca más temida de la vieja guardia aristocrática.
Lady Augusta se detuvo frente a Genevieve, recorriéndola de pies a cabeza con una mirada cargada de desdén a través de sus impertinentes de oro.
—Así que usted es la causante del revuelo, Lady Genevieve —dijo la anciana con una voz seca como el pergamino—. Admito que me resulta desconcertante. Una mujer de su edad, con una familia en dificultades financieras notorias y una complexión... tan poco acorde a la delicadeza que siempre ha distinguido a las consortes de la casa Blackwood.
Varias damas a su alrededor contuvieron el aliento, esperando que Genevieve se desmoronara o bajara la cabeza avergonzada.
Genevieve mantuvo la espalda recta, sintiendo la firmeza de su corsé y el peso majestuoso de su falda de seda borgoña. No parpadeó.
—La casa Blackwood tiene suficiente poder como para no necesitar apariencias frágiles, Excelencia —respondió Genevieve con una serenidad impecable y una sonrisa helada—. Si Su Gracia hubiera buscado una figura decorativa y obediente, habría tenido docenas para elegir en los rincones de este salón. Pero el duque prefirió a una mujer con la solidez suficiente para sostener su apellido sin quebrarse bajo su peso.