Seda y Acero

CAPÍTULO IX: EL DEBER DE LAS SOMBRAS Y EL FUEGO EN LA GLORIETA

A dos semanas del enlace nupcial, la alcoba de Genevieve se convirtió en el escenario del rito más temido y sofocante para cualquier doncella de la aristocracia: la instrucción marital.

​Lady Eleanor cerró con cuidado la puerta de madera, asegurándose de que ni siquiera las doncellas rondaran el corredor. Se sentó en el borde del sillón de terciopelo, con las manos entrelazadas sobre el regazo y una rigidez que parecía esculpida en hielo.

​—Genevieve —comenzó la vizcondesa, aclarando la garganta con evidente incomodidad—, ha llegado el momento de hablar sobre lo que un caballero espera de su esposa en la noche de bodas y en los deberes conyugales.

​Genevieve levantó la vista del libro de contabilidad que revisaba, intrigada pero alerta.

​—Espero que no sea un misterio insondable, madre.

​—No es un misterio; es una carga necesaria para perpetuar el linaje —sentenció Eleanor con un tono casi lúgubre—. Como dama de la nobleza, debes comprender que la alcoba no es un lugar para el disfrute femenino. En la oscuridad, tu único papel será la sumisión y la absoluta quietud. Permanecerás debajo de tu esposo, con los ojos cerrados o fijos en el dosel, soportando el peso de su deber sin moverte ni emitir quejas.

​Genevieve frunció el ceño, sintiendo un rechazo visceral ante la frialdad de aquellas palabras.

​—¿Soportar? ¿Acaso las mujeres no sienten nada más? ¿Y qué hay de despojarse de las ropas? ¿Quedan ambos completamente desnudos?

​Lady Eleanor abrió los ojos con genuino horror, llevándose una mano al pecho como si su hija hubiera pronunciado una herejía imperdonable.

​—¡Por el cielo, Genevieve! ¡Qué vulgaridad acabas de insinuar! —exclamó en un siseo escandalizado—. ¡Jamás! La desnudez absoluta es una aberración y una falta total de decoro propia de los estratos más bajos. Una dama honorable permanece vestida con su camisón de lino blanco abotonado hasta el cuello. El caballero simplemente levantará el borde de la prenda lo estrictamente necesario para cumplir con el acto de la procreación. Nada más.

​Genevieve sintió cómo una pesadez amarga y decepcionante le caía sobre los hombros.

​—¿Y con qué frecuencia ocurre ese... deber?

​—Si tienes fortuna —respondió la vizcondesa con resignación austera—, Su Gracia te buscará una vez al mes; dos a lo sumo, hasta asegurar un heredero varón y un sustituto. El resto del tiempo, los hombres de su rango sacian sus apetitos mundanos fuera del hogar, con cortesanas y damas de compañía exclusivas en salones reservados. Para nosotras, la mayor bendición es que cumplan con rapidez y nos dejen descansar en paz.

​Cuando su madre abandonó la habitación, Genevieve se quedó mirando el reflejo del zafiro en su mano. Una sensación de vacío y desencanto le oprimía el pecho. ¿Era ese el destino que le aguardaba con el imponente Duque de Blackwood? ¿Un deber frío, distante y silencioso bajo capas de lino rígido?

​Esa misma tarde, el carruaje negro de Alexander se detuvo frente a la residencia Vance.

​Durante la obligatoria sesión de té en el salón, la vizcondesa tuvo que ausentarse unos minutos para atender al mayordomo por la llegada de un envío floral de la corte. Al quedar a solas, el silencio se volvió espeso.

​Genevieve miraba fijamente su taza de porcelana, revolviendo el té con la cuchara de plata de manera ausente, con la mente perdida en las advertencias lúgubres de su madre.

​Alexander, impecable en su levita oscura, apoyó la espalda contra el respaldo del sillón individual y clavó sus ojos grises en ella. Notó de inmediato la sombra inusual en su semblante.

​—Está extrañamente silenciosa esta tarde, Lady Genevieve —dijo el duque con voz pausada y profunda—. Normalmente tiene un arsenal de argumentos listos para desafiarme. ¿Qué perturba sus pensamientos?

​Genevieve, atrapada en su propio ensimismamiento, respondió sin calcular el peso de sus palabras:

​—Mi madre me ha dado esta mañana la instrucción sobre la vida conyugal e íntima.

​El silencio que siguió fue absoluto.

​Al comprender lo que acababa de escapar de sus labios, un rubor escarlata encendió las mejillas y el cuello de Genevieve. Bajó la vista de golpe hacia la mesa, sintiendo el corazón latirle en la garganta.

​—Disculpe mi atrevimiento, Su Gracia —se apresuró a corregir, recomponiendo su postura con prisa fingida—. Ha sido un comentario del todo impropio. Debemos hablar sobre los preparativos de la recepción en el palacio...

​Alexander no respondió de inmediato. Una chispa oscura, divertida e intensamente peligrosa brilló en el fondo de sus ojos azul acero. Dejó su taza sobre la mesa de caoba sin apartar la mirada de la agitación de Genevieve.

​—No se disculpe, Milady —murmuró con una calma que hizo que a ella se le erizara la nuca—. Pero el salón de su madre no es el lugar adecuado para concluir esta conversación. Acompáñeme al jardín.

La noche había caído sobre Mayfair, cubriendo el jardín posterior de la residencia Vance con un manto de brisa templada y sombras cómplices. El aroma dulce del jazmín en flor flotaba en el aire, mezclándose con la frescura de la hierba húmeda bajo un cielo despejado y cuajado de estrellas.

​Alexander condujo a Genevieve hacia la glorieta de hierro forjado al fondo del terreno, oculta tras una cortina espesa de hiedra y rosales trepadores que bloqueaba cualquier mirada desde las ventanas de la casa. En cuanto cruzaron el umbral vegetal, el duque se detuvo.




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