La mañana siguiente al encuentro en la glorieta amaneció con una llovizna suave que empañaba los cristales del despacho familiar en la planta baja. Ese cuarto, impregnado del aroma a papel viejo, cera de sellar y el tabaco suave que su difunto padre solía fumar, era el refugio de Lord Thomas Vance, el actual vizconde.
A sus veinticuatro años, Thomas cargaba con una seriedad impropia de su juventud. Tenía los mismos ojos verdes que Genevieve, pero en él lucían rodeados de sombras oscuras por las noches en vela intentando cuadrar los libros de cuentas de una hacienda al borde de la quiebra.
Genevieve cruzó el umbral con una taza de té humeante en las manos, el miriñaque de su vestido de muselina lavanda rozando con suavidad los marcos de madera de la puerta.
—Deberías dejar esos balances al menos durante el desayuno, Thomas —dijo ella con ternura, dejando la porcelana sobre el escritorio atestado de pagarés.
Thomas levantó la vista, pasando una mano cansada por su cabello castaño revuelto. Al ver a su hermana, la rigidez de su rostro se quebró en una sonrisa genuina, aunque cargada de culpa.
—Si no los reviso yo, el banco de Londres lo hará por nosotros, Gen —respondió con una risa amarga antes de tomar la taza—. Me enteré de lo ocurrido con Sterling. Y de la visita de Blackwood anoche.
Genevieve sintió un calor sutil subirle a las mejillas, pero mantuvo la compostura sentándose frente a él.
—Alexander... el duque, ha sido muy generoso al enviar a sus apoderados para revisar las tierras del norte.
Thomas dejó la taza sobre el platillo y se inclinó hacia adelante, mirándola con una intensidad protectora.
—No me importa el dinero del duque, Genevieve. Lo digo en serio. Vendí los dos sementales árabes para pagar las sedas de tu ajuar porque eres mi hermana y merecías presentarte ante esta ciudad como la reina que eres, no para ofrecerte al mejor postor como pretendía madre.
Se puso de pie, rodeó el escritorio y se detuvo junto a ella, apoyando una mano firme y fraterna sobre su hombro.
—Sé el monstruo político que es Alexander Thorne. Sé cómo aplasta a sus rivales en el Parlamento y el poder que concentra en sus manos. Solo quiero saber una cosa, Gen: ¿estás aceptando este matrimonio por salvarnos de la ruina o porque realmente deseas estar al lado de ese hombre? Porque si es un sacrificio por las deudas familiares, te juro que vendo esta residencia en Londres hoy mismo y nos marchamos a la vieja cabaña del campo antes de obligarte a vivir una condena.
Genevieve alzó la mano y apretó con fuerza los dedos de su hermano. La emoción le cerró la garganta por un instante ante la lealtad incondicional de Thomas; en una sociedad donde las mujeres eran tratadas como moneda de cambio, su hermano la veía como a su igual.
—No es un sacrificio, Thomas —respondió con una voz firme y cargada de una verdad rotunda—. El duque es imponente, exigente y despierta el temor de media Inglaterra, pero a su lado... por primera vez en mi vida no siento que deba pedir disculpas por quién soy ni por cómo luzco. No me caso por la hacienda. Me caso porque ese hombre ha encendido algo en mí que no pienso apagar.
Thomas la observó fijamente, buscando cualquier atisbo de duda en sus ojos verdes. Al no encontrarlo, soltó un largo suspiro de alivio.
—Entonces cuenta con mi bendición y mi espada, hermana. Pero si ese duque te hace derramar una sola lágrima de dolor, olvidaré todos sus títulos y me encargaré de recordarle que los Vance todavía sabemos defendernos.
La puerta del despacho se abrió de golpe, rompiendo la gravedad de la conversación.—¡Genevieve! ¡Por fin te encuentro! —exclamó una voz cantarina y llena de energía.
Clara Vance, a sus dieciséis años, entró al despacho como un torbellino de juventud e inocencia. Con sus rizos cobrizos atados a medias con una cinta azul cielo y un vestido sencillo de percal que delataba que aún no había debutado formalmente en sociedad, Clara era la viva imagen de la ilusión sin corromper por las intrigas de Mayfair.
Se abalanzó sobre el sillón de Genevieve, arrodillándose sobre la alfombra para apoyar los brazos sobre la amplia falda de su hermana mayor.
—Madre dice que los carruajes del duque trajeron cajas enteras de cintas de terciopelo francés y encaje de Bruselas —dijo Clara con los ojos brillantes de fascinación—. ¿Es verdad que el Duque de Blackwood mide casi dos metros y que no sonríe jamás a nadie excepto a ti?
Genevieve rio con una calidez genuina, acariciando los rizos rebeldes de su hermana menor.
—No mide dos metros, Clara, aunque ciertamente hace que cualquier habitación parezca pequeña cuando entra. Y en cuanto a las telas, subiremos ahora mismo a elegir las mejores piezas para tus vestidos de paseo.
Clara apoyó la barbilla en las manos, mirando con reverencia el imponente zafiro en el dedo de Genevieve.
—En la academia todas las chicas decían que las mujeres mayores de veinte años ya no tenían esperanzas de encontrar un buen marido —susurró Clara con un tono travieso y confidencial—. Pero tú conseguiste al hombre más importante del reino sin dejar de comer pastelillos de limón ni pasar hambre como las demás. Eres mi heroína, Gen. Cuando me toque debutar el próximo año, quiero tener el mismo valor que tú para mirar a los caballeros a los ojos sin temblar.