Seda y Acero

CAPÍTULO XI— EL VESTIDO DE LA CORONACIÓN

A una semana del enlace en la capilla privada de St. George en Hanover Square, la alcoba principal de la residencia Vance parecía el taller privado de una reina.

​Madame Dupré y cuatro costureras de rodillas trabajaban contrarreloj sobre el dobladillo del vestido nupcial. La creación era una obra maestra de la alta costura victoriana encargada bajo las especificaciones directas del duque: satén duquesa en tono marfil pálido, sobre el cual caían cascadas de encaje de Honiton bordado a mano con minúsculas perlas de río.

​La estructura de crinolina debajo era imponente, una jaula de acero de proporciones colosales que obligaba a las doncellas a moverse en amplios círculos alrededor de Genevieve. Sin embargo, lo verdaderamente impactante era el corpiño. Lejos de ocultar su naturaleza, el corte envarillado con seda rígida realzaba la plenitud de su busto y afinaba su talle con una precisión escultórica, celebrando la rotunda voluptuosidad de sus formas.

​—Es una silueta majestuosa, Milady —susurró Madame Dupré mientras ajustaba el último corchete en la espalda—. Ninguna otra mujer en Londres podría llevar el peso de esta tela sin parecer consumida por ella. Usted no parece una novia que va al altar; parece una soberana a punto de asumir el trono.

​Genevieve se observó en el espejo de cuerpo entero. A través del tul translúcido del velo que caía desde su cabello cobrizo, sus ojos verdes ardían con una mezcla de anticipación y vértigo. Recordó las manos de Alexander en el jardín, el ardor de su boca bajando por su clavícula y la promesa de no dejar una sola pulgada de ese satén sin reclamar.

​Esa noche, cuando la casa finalmente quedó en silencio y las costureras se retiraron, un lacayo de la Casa Blackwood entregó un paquete sellado con cera negra directamente en manos de Genevieve.

​Al romper el sello en la soledad de su habitación, encontró una caja plana de madera de ébano forrada en seda carmesí. Dentro no había joyas de la corona ni documentos financieros.

​Había un par de medias de seda pura, tejidas con un patrón de encaje tan fino que parecía una telaraña líquida, y una cinta de terciopelo negro con un broche diminuto de oro.

​Debajo de las prendas, una nota doblada con la caligrafía angulosa y firme de Alexander:

Lady Genevieve:

La sociedad de Mayfair verá el satén marfil, las perlas y la corona que colocaré sobre su cabeza ante el altar. Admirarán la compostura de su madre y la envidia en los ojos de los lores.

Pero esto es lo único que deseo que lleve puesto debajo de las enaguas cuando crucemos las puertas de Blackwood Hall.

Cuente los días, futura Duquesa. Porque mi paciencia con este decoro público se ha terminado.

A.T.

​Genevieve deslizó las yemas de los dedos sobre la seda de las medias, sintiendo cómo un escalofrío abrasador le encendía la sangre desde el pecho hasta el vientre. La audacia del regalo era un desafío flagrante a todas las normas morales de su educación, pero al mismo tiempo era la prueba indiscutible de que el hombre más temido de Inglaterra contaba las horas exactas para tenerla a su merced.

​Guardó la nota bajo su almohada y la caja de ébano en el fondo de su tocador, sabiendo que el mundo que conocía estaba a punto de desvanecerse para siempre.

​***

​El sábado amaneció con un sol brillante que dispersó la habitual niebla del Támesis.

​Frente a la iglesia de St. George en Hanover Square, una multitud de curiosos y miembros de la prensa se agolpaban tras los cordones de la guardia montada para presenciar el evento social de la década. Carruajes con los escudos de armas más antiguos de Gran Bretaña colapsaban las calles aledañas.

​En el interior del templo, el aroma a incienso, lirios frescos y cera de abeja llenaba la nave central de mármol. Los bancos estaban abarrotados de la más alta nobleza: marqueses, condes, ministros y las mismas damas que semanas atrás murmuraban con veneno en los salones de té, obligadas ahora a vestir sus mejores galas para rendir tributo a la nueva señora de Blackwood.

​Thomas, vestido con un frac gris perla de corte impecable, se detuvo junto a Genevieve en el pórtico de la iglesia. La miró con los ojos cargados de emoción contenida y le ofreció el brazo.

​—¿Estás lista, Gen? —preguntó en un susurro fraterno.

​Genevieve ajustó sus dedos enguantados sobre la manga de su hermano. Su respiración era profunda, el peso de los metros de satén marfil caía con una solemnidad absoluta a su alrededor y el zafiro en su mano brillaba bajo los rayos que cruzaban los vitrales.

​—Estoy lista, Thomas.

​Las pesadas puertas de roble se abrieron de par en par. Los acordes del órgano retumbaron en la bóveda de piedra, y el salón entero se puso de pie al unísono.

​Al final del largo pasillo alfombrado en terciopelo azul marino, esperando junto al altar mayor, se erguía Alexander Thorne.

​Su porte era el de un monarca absoluto. Vestía el uniforme de gala de granadero con la faja escarlata y el cuello alto bordado en oro, haciendo que sus anchos hombros y su estatura dominaran el presbiterio. Cuando sus ojos grises se clavaron en la figura de Genevieve avanzando por el pasillo, toda la frialdad de su máscara aristocrática se transformó en una fijeza ardiente, implacable y triunfal.




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