El avance por la nave central fue una marcha triunfal. El crujido majestuoso del satén marfil y el balanceo imponente de los aros de la crinolina marcaban el compás sobre la alfombra azul noche. Genevieve no miró a las filas de nobles a los costados; mantuvo la barbilla alta, sintiendo los ojos ardientes de Alexander atrayéndola como un faro en medio de una tormenta.
Al llegar al presbiterio, Thomas se detuvo. Tomó la mano de su hermana, la depositó con una reverencia sobria sobre la palma enguantada de Alexander y sostuvo la mirada del duque durante dos segundos cargados de advertencia fraterna. Alexander asintió con un gesto apenas perceptible, aceptando la custodia con la gravedad de un pacto sagrado.
Frente al obispo de Londres, la ceremonia se desarrolló bajo la liturgia solemne del Libro de Oración Común. Sin embargo, cuando llegó el momento de los votos, la voz de Alexander no sonó como una simple fórmula eclesiástica.
—Yo, Alexander, te tomo a ti, Genevieve, por mi legítima esposa... —pronunció con un registro tan profundo, firme y despojado de dudas que las paredes de piedra parecieron vibrar con su juramento.
Al deslizar la alianza de oro macizo junto al zafiro, sus dedos aprisionaron los de ella con una fuerza deliberada, recordándole en secreto el pacto sellado en la oscuridad del jardín.
Genevieve pronunció sus votos con voz clara, sin un solo temblor, mirándolo directamente a los ojos. No había sumisión en su timbre, sino la promesa altiva de una igual dispuesta a compartir un trono de espinas.
—Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre —sentenció el obispo, trazando la bendición en el aire—. Su Gracia... puede besar a la novia.
Alexander dio un paso al frente. Levantó el velo de encaje de Honiton con manos firmes y lo echó hacia atrás, dejando al descubierto el rostro encendido y los ojos verdes y desafiantes de Genevieve.
No hubo un beso tímido de iglesia. Alexander sujetó su mandíbula con posesividad contenida y selló sus labios con una presión profunda y caliente que robó el aliento del templo entero. Duró los segundos exactos para rozar el límite del decoro y dejar a los comensales estupefactos ante la devoción pública del hombre de hielo.
El banquete en el salón de recepciones de St. George fue una exhibición de poder indiscutible, pero Alexander apenas concedió a la aristocracia el tiempo mínimo necesario.Rechazó con cortesía fría las invitaciones a prolongar los brindis y, en cuanto el reloj de péndulo marcó las cinco de la tarde, ordenó preparar el carruaje de viaje.
—¿No nos quedaremos a la cena de gala en la ciudad, Su Gracia? —preguntó Lady Eleanor, consternada por perderse horas de adulación social.
—La Duquesa de Blackwood no pasará su noche de bodas en una residencia alquilada ni bajo las miradas de Mayfair —respondió Alexander con una frialdad que no admitía réplica—. Partimos de inmediato a Blackwood Hall.
El trayecto hacia la campiña de Surrey duró cuatro horas a galope tendido. Dentro del carruaje cerrado, las cortinas de terciopelo verde bosque permanecieron corridas.
En la penumbra del coche, Alexander no intentó tocarla. Permaneció sentado frente a ella con las piernas largas estiradas, desabrochándose los primeros botones de su casaca militar y observándola con una fijeza insaciable. Sus ojos devoraban cada respiración de Genevieve, el volumen de su falda que ocupaba casi todo el asiento y la sutil elevación de su busto bajo el corsé. Esa contención silenciosa, cargada de una expectativa implacable, resultaba más abrumadora y ardiente que cualquier caricia precipitada.
Blackwood Hall emergió entre la niebla del anochecer como una fortaleza de piedra caliza y torres góticas rodeada por hectáreas de robledales antiguos. La mansión estaba completamente iluminada; antorchas en los muros exteriores y candelabros en cada ventanal daban la bienvenida a los nuevos señores.Al cruzar el portón principal, una doble hilera de sirvientes con librea esperaba en el gran vestíbulo de entrada, encabezada por el estricto mayordomo y el ama de llaves.
Alexander descendió primero y tomó a Genevieve de la cintura con una facilidad desconcertante, bajándola del estribo como si el peso de los miriñaques y el satén fuera una pluma.
—Buenas noches a todos —anunció el duque con voz seca y autoritaria mientras cruzaba el vestíbulo llevando a Genevieve del brazo—. La cena se servirá en la antecámara del ala este dentro de media hora. Después de eso, no quiero ver a un solo miembro del servicio en el corredor de los aposentos ducales hasta las diez de la mañana de mañana. Quien ose interrumpir será despedido sin referencias antes del amanecer.
—Entendido, Su Gracia —respondió el mayordomo con una reverencia perfecta, bajando la vista al instante.
Genevieve sintió un nudo apretado formarse en su estómago. Las puertas del vestíbulo se cerraron tras ellos con un golpe sordo y definitivo que resonó en la piedra. El mundo exterior, con sus censuras, su madre, las deudas y las reglas de Mayfair, había quedado formalmente abolido.
Estaban a solas en el dominio del lobo.
Las doncellas asignadas a Genevieve cumplieron su labor con una rapidez casi temerosa. La ayudaron a retirar el velo, peinaron sus rizos cobrizos para que cayeran en ondas sedosas sobre sus hombros y la dejaron frente al fuego crepitante de la alcoba nupcial con el imponente vestido de novia aún puesto, despojándola únicamente de los guantes.