El chasquido del cerrojo aún vibraba en las molduras doradas de la alcoba. Frente al fuego rugiente de la chimenea de mármol negro, el silencio entre ambos no era de duda, sino de una tensión física que amenazaba con devorar el aire.
Alexander no se apresuró. Dio dos pasos lentos, acortando la distancia hasta que el calor que desprendía su pecho traspasó las capas de satén marfil. Sus ojos azul tormenta recorrieron el rostro encendido de Genevieve, demorándose en el pulso salvaje que latía en la base de su cuello.
—¿Desafiarme en nuestra propia alcoba, Duquesa? —murmuró él con un tono bajo, espeso y cargado de una satisfacción oscura—. Una imprudencia deliciosa.
Sin apartar la mirada de sus ojos verdes, Alexander deslizó sus manos grandes hacia los costados de la cintura de Genevieve. Sus dedos, largos y calientes, rodearon la estructura rígida de la crinolina y comenzaron a buscar los cierres ocultos entre los pliegues de encaje de Honiton. Con movimientos certeros y pausados, desabrochó las cintas de lino que sostenían la jaula de acero.
El armazón metálico y los metros de pesada seda nupcial se deslizaron hacia abajo con un crujido monumental, colapsando sobre la alfombra oriental en un círculo de tela inerte.
Genevieve quedó de pie únicamente en sus enaguas finas, el corsé de seda marfil fuertemente envarillado y la camisola interior. Se sintió repentinamente expuesta ante la mirada voraz del duque, pero se negó a bajar la cabeza; alzó el mentón, sosteniendo el desafío mientras el aire cálido de la estancia envolvía sus hombros descubiertos.
Alexander retrocedió medio paso para contemplarla. La vista de sus curvas rotundas liberadas de la rigidez exterior —las caderas anchas marcadas bajo el algodón, la cintura ceñida por las ballenas y la plenitud desbordante de su busto contenida en el escote— hizo que la mandíbula del hombre se endureciera en un gesto de deseo casi doloroso.
—Dios santo, Genevieve —roncó él, con la voz quebrada por una devoción primitiva—. Su madre quería esconder esta maravilla en la oscuridad. Qué pecado tan imperdonable.
Alexander la tomó de la cintura con una firmeza incuestionable y la hizo girar de espaldas a él, pegando su espalda contra el pecho duro y amplio de su camisa abierta. El choque contra la musculatura tensa del duque arrancó un jadeo involuntario de los labios de Genevieve.
—Quédese quieta —ordenó él con una suavidad autoritaria contra su oreja, enviando un escalofrío directo a la boca de su estómago.
Sus dedos comenzaron a desatar los cordones de seda del corsé. Con cada vuelta que aflojaba, la prenda liberaba la piel cálida y dorada de su espalda. Alexander no esperó a terminar; conforme la piel quedaba al descubierto, inclinó la cabeza y posó su boca húmeda y caliente sobre el nacimiento de su cuello, mordisqueando la carne tierna con una lentitud que hizo que a Genevieve se le aflojaran las rodillas.
—Alexander... —gimió ella, arqueando la espalda de manera instintiva para buscar más de esa boca abrasadora.
—No se mueva, mi reina —susurró él con posesividad—. Le advertí que no dejaría un solo rincón sin reclamar.
El corsé cayó al suelo con un golpe sordo, seguido de las enaguas de batista que Alexander empujó hacia abajo con un ademán impaciente.
Fue entonces cuando la respiración del duque se detuvo por completo.
Genevieve se giró despacio para enfrentarlo, vistiendo únicamente una ligera camisola de lino fino que apenas rozaba el nacimiento de sus muslos. Al caer las faldas, el secreto que ella había guardado con celo durante toda la ceremonia en St. George quedó a la vista de las velas:
Sobre sus piernas firmes y rotundas, abrazando la curva generosa de sus pantorrillas y subiendo hasta la mitad de sus muslos, descansaban las medias de seda que él le había enviado en la caja de ébano. El encaje negro, intrincado como una telaraña líquida, contrastaba de forma pecaminosa contra la piel tibia y dorada de Genevieve. En lo alto de cada muslo, sujetando la seda tensa contra la carne abundante, estaban ajustadas las cintas de terciopelo negro con el broche de oro, marcando la silueta voluptuosa que volvía loco a Alexander.
Una sonrisa lenta, oscura y arrebatadoramente triunfal curvó los labios del duque. Sus ojos azul acero se oscurecieron hasta el negro absoluto.
—Cumplió la orden al pie de la letra —dijo Alexander, con la voz tan ronca y espesa que apenas parecía un susurro humano—. Llevó mi marca oculta bajo el satén ante toda la corte.
Alexander se arrodilló lentamente sobre un solo empeine frente a ella. Con una reverencia cargada de erotismo, posó sus manos grandes sobre las rodillas de Genevieve. Deslizó las palmas hacia arriba, sintiendo la textura del encaje fino contra su piel caliente hasta alcanzar la cinta de terciopelo negro en su muslo izquierdo. Introdujo un dedo por debajo del terciopelo, tensándolo suavemente contra la carne turgente antes de soltarlo con un chasquido sordo contra su piel.
Genevieve soltó un quejido ahogado, sintiendo una corriente líquida dispararse entre sus piernas ante la mirada de adoración salvaje que él le dirigía desde el suelo.
—Dígame, Genevieve —murmuró Alexander, pegando la boca a la piel desnuda que sobresalía por encima de la liga de terciopelo, mordisqueando la carne suave de su entrepierna con una lentitud desesperante—. ¿Sintió este terciopelo apretar sus muslos mientras el obispo nos declaraba marido y mujer? ¿Supo en cada segundo del trayecto a qué veníamos a esta cama?