La primera luz del amanecer se filtró entre las cortinas pesadas de terciopelo carmesí, dibujando vetas de oro pálido sobre el suelo de roble y las sábanas de lino deshechas.
Alexander no dormía.
Apoyado contra los almohadones de plumas, con el torso desnudo y las sábanas cubriéndole apenas la cintura, observaba en silencio la figura dormida a su lado. Su mente, habitualmente una fortaleza de cálculo político, tratados territoriales y frialdad parlamentaria, estaba completamente tomada por la mujer que descansaba contra su costado.
Genevieve dormía profundamente sobre el vientre, con la respiración acompasada y un brazo de piel clara y cálida abrazando la almohada. La luz matutina iluminaba la suavidad marfil de su espalda descubierta, enmarcada por una marea de rizos cobrizos y ardientes esparcidos sobre el lino blanco, encendiéndose casi como brasas rojizas con los primeros rayos del sol. Sobre esa piel pálida destacaban con nitidez las sombras rosadas de la pasión de la noche anterior: en la comisura de su clavícula se marcaba el rastro sutil de sus dientes; en sus caderas anchas, aún se adivinaba la huella tenue de sus dedos implacables.
Y en sus piernas descansaban todavía, arrugadas a la altura de los tobillos, las medias de encaje negro que no se había molestado en retirar del todo antes de volver a reclamarla en la madrugada.
Una satisfacción oscura, pesada y antigua llenó el pecho de Alexander.
Durante años, la sociedad londinense había intentado definir lo que un duque debía desear: mujeres etéreas, siluetas desvanecidas, almas dóciles que bajaran los ojos y temieran el contacto de la carne. Había rechazado a cada una con un desdén soberbio. Ahora, mirando la generosidad de las curvas de su esposa —el arco pleno de sus caderas, la firmeza de sus muslos y el fuego cobrizo de su cabello revuelto sobre el lino— comprendió que ninguna otra criatura en la tierra habría podido saciar la voracidad que llevaba una década reprimiendo.
No era una alianza dinástica. Era su dueña, y él era el carcelero voluntario de ese lecho.
Un rayo de sol rozó los párpados de Genevieve, obligándola a parpadear.El primer movimiento vino acompañado de un dolor sordo y delicioso que le recorrió la pelvis y la cara interna de los muslos: el recordatorio físico de cada embestida, de cada gemido arrancado contra los postes de la cama y de la rendición absoluta que había vivido a la luz de las velas.
Al intentar estirarse, sintió el peso imponente de una presencia a su lado. Se giró sobre la espalda, llevando instintivamente la sábana hacia su pecho, encontrándose de golpe con los ojos grises y afilados de Alexander clavados en ella.
Alexander no hizo el menor ademán de taparse ni de apartar la mirada. La contemplaba con la arrogancia tranquila de un rey admirando el territorio conquistado.
—Buenos días, Duquesa —dijo él. Su voz de barítono sonaba más ronca y áspera de lo habitual por las horas de la noche—. Me alegra comprobar que sobrevivió a la instrucción matrimonial.
Genevieve sintió el calor subirle violentamente por el cuello, pero al notar la chispa burlona y posesiva en la mirada del duque, su orgullo Vance resurgió de inmediato. Apretó la sábana contra su busto y sostuvo la mirada plateada.
—Sobreviví, Su Gracia —replicó con una calma afilada, aunque la voz le tembló ligeramente en las notas bajas—. Aunque me parece recordar que el protocolo aristocrático dicta que los caballeros de su rango se retiran a sus propios aposentos antes del alba para no importunar a su consorte.
Alexander soltó una risa seca, baja y peligrosa. Se movió con la agilidad de un felino, apoyando un codo sobre la almohada y cerniéndose sobre ella, atrapando la figura de Genevieve bajo su sombra.
Con una mano grande y tibia, apartó la sábana del pecho de ella sin prisa, ignorando su débil intento de resistencia, dejando al descubierto la plenitud de sus senos marcados por sus caricias.
—El protocolo de Mayfair murió en el momento en que cerré esa puerta anoche, Genevieve —murmuró él, inclinándose hasta que sus labios rozaron la comisura de la boca de ella—. No tengo intención de dormir en otra cama ni de concederle el alivio de mi ausencia.
Deslizó la palma de la mano hacia abajo, recorriendo la curvatura de su vientre hasta posarse sobre su cadera, apretando con una familiaridad posesiva que hizo que el pulso de Genevieve volviera a dispararse.
—Y en cuanto a mi consorte... aún no he decidido si le permitiré salir de estas sábanas antes del mediodía.