El peso de la mirada de Alexander era casi tan físico como el contacto de sus dedos. Genevieve intentó recuperar el control de su respiración, pero el calor que emanaba del cuerpo desnudo del duque, sumado a la cercanía de sus labios, anulaba cualquier atisbo de frialdad cortesana.
—Su Gracia tiene responsabilidades que atender —replicó ella, ladeando apenas el rostro para escapar de su aliento cálido—. O al menos eso creía. Dudo que el Parlamento y la administración de este condado se gobiernen solos desde el fondo de una cama de plumas.
Alexander esbozó esa sonrisa lenta, arrogante y afilada que siempre precedía a una invasión. En lugar de apartarse, subió la pierna izquierda por encima de los muslos de Genevieve, inmovilizando la mitad inferior de su cuerpo bajo su peso sólido y firme.
—El Parlamento puede esperar, mi altiva duquesa —susurró él contra la hendidura tibia debajo de su oreja—. Y los administradores saben perfectamente que su señor no tolerará interrupciones en su propia finca. Lo único que demanda mi atención inmediata es enseñarle cómo responde una esposa cuando su marido le da los buenos días.
Antes de que Genevieve pudiera articular réplica alguna, los labios de Alexander atraparon los suyos con una posesividad arrolladora. No hubo la cortesía mesurada de la sociedad; fue un beso profundo, húmedo y exigente que la dejó sin defensas en un segundo. Su lengua acarició la suya con una cadencia lenta y firme, marcando el ritmo hasta arrancarle un gemido quebrado que vibró en la garganta de ambos.
La mano del duque descendió con parsimonia por el costado de su cuerpo. Recorrió el talle suave, moldeó el contorno pronunciado de su cadera y se deslizó hacia la parte interna de su muslo, retirando con un ademán brusco pero preciso los restos de la media de encaje que aún colgaba de su tobillo, lanzándola al suelo de madera.
Cuando los dedos de Alexander tocaron la carne desnuda y ultrasensible entre sus piernas, Genevieve arqueó la pelvis instintivamente con un espasmo de placer puro. Seguía tibia, húmeda y receptiva por el fuego de la madrugada.
—Míreme, Genevieve —ordenó él con voz ronca, separando sus labios apenas un milímetro, obligándola a sostener la plata líquida de sus ojos—. Dígame que todavía desea que me retire a mis aposentos.
—Es... es un tirano, Alexander —susurró ella, con el pecho agitado y los dedos enredados en el cabello oscuro de la nuca del duque, incapaz de alejarlo.
—El tirano que la gobernará cada día y cada noche —sentenció él con orgullo salvaje.
Alexander se acomodó entre sus caderas abiertas sin perder un solo segundo. Empujó con una lentitud deliberada, deleitándose en la resistencia estrecha y ardiente de su esposa, hundiéndose en su interior hasta el fondo con una sola y profunda embestida que arrancó de Genevieve un grito de rendición absoluta contra el dosel carmesí.
Dos horas más tarde, el sonido de la campanilla de plata convocó finalmente a los sirvientes a la antecámara ducal.
Alexander ya se había levantado. Vestía pantalones de montar de paño gris oscuro, botas altas de cuero lustrado y una camisa blanca de cuello abierto, prescindiendo del chaleco con la informalidad de quien gobierna su propio feudo sin rendir cuentas a nadie. Servía dos copas de oporto ligero junto a la mesa auxiliar, observando con detenimiento el reflejo de Genevieve en el gran espejo de cuerpo entero.
La doncella principal y dos ayudantes entraron con la cabeza gacha, empujando un carro con agua caliente, paños de hilo perfumados con lavanda y una bandeja de plata con té negro, panecillos de mantequilla y fruta fresca. Ninguna de las mujeres osó levantar los ojos del suelo al notar el desorden elocuente del lecho: las sábanas de lino arrugadas, las cortinas de terciopelo desatadas y las prendas íntimas de encaje negro esparcidas sobre la alfombra persa.
Genevieve permanecía sentada en el diván cercano a la chimenea, envuelta en una bata gruesa de seda azul petróleo que Alexander le había colocado sobre los hombros antes de llamar a la servidumbre. Sus mejillas conservaban un rubor cálido y sus labios estaban visiblemente hinchados por las horas de besos voraces. Aunque el cansancio pesaba sobre sus párpados, una serenidad regia emanaba de cada uno de sus gestos. Ya no era la joven a la que Mayfair pretendía avergonzar por sus proporciones; era la señora de esa fortaleza, y el hombre más temido de Inglaterra comía de su mano en la intimidad.
Una vez que las sirvientas se retiraron cerrando la puerta con una reverencia reverencial, Alexander cruzó la estancia y le entregó una de las copas. Se inclinó sobre el respaldo del diván, apoyando una mano firme sobre la clavícula de Genevieve, rozando con el pulgar la marca rojiza que él mismo había dejado allí.
—El carruaje con la correspondencia de Londres acaba de llegar —comentó con tono indiferente, aunque la frialdad calculadora de su mirada delataba algo más—. Su madre ha enviado tres cartas distintas en menos de veinticuatro horas. Al parecer, la marquesa de Salisbury y la viuda de Richmond han solicitado formalmente ser recibidas por la nueva Duquesa de Blackwood en cuanto regresemos a la ciudad.
Genevieve tomó un sorbo medido del vino dulce, sintiendo el calor deslizarse por su garganta. Una sonrisa afilada curvó sus labios mientras alzaba la vista hacia su esposo.
—Que esperen sentadas, Su Gracia. Ahora que conocen mi nombre, aprenderán a tener paciencia.