Seda y Acero

CAPÍTULO XVI: EL DESPACHO DE ROBLE Y LA PRIMERA CONDICIÓN

Pasado el mediodía, el viento de la campiña de Surrey comenzó a despejar la bruma sobre los jardines aterrazados de Blackwood Hall. La mansión funcionaba con la precisión silenciosa de un reloj suizo, pero el centro de mando no estaba en los salones de té ni en la galería de retratos, sino en el despacho ducal del ala oeste.

​Genevieve descendió la imponente escalinata de roble luciendo un vestido de paseo en terciopelo verde musgo. La crinolina era amplia y pesada, balanceándose con una cadencia hipnótica que delataba el andar lento impuesto por la fatiga deliciosa de sus músculos. El corpiño, ajustado a la perfección sin la asfixia de la noche anterior, enmarcaba su busto generoso y su talle con una sobriedad altiva. Llevaba el cabello cobrizo recogido en un peinado intrincado, aunque un par de rizos rebeldes caían deliberadamente sobre el cuello para disimular las sombras carmesíes de la alcoba.

​En lugar de dirigirse al invernadero o a la sala de costura como se esperaba de una recién casada, empujó sin llamar la pesada puerta del despacho.

​Alexander estaba detrás de un inmenso escritorio de caoba tallada, rodeado de libros contables de piel encuadernada, cartas parlamentarias y mapas topográficos de las minas del norte. Al verla entrar, la pluma de ganso se detuvo en el aire. Sus ojos azul acero la recorrieron de inmediato, evaluando el balanceo de sus caderas y la postura decidida con la que avanzaba sobre la alfombra.

​—Lady Genevieve —dijo él, apoyando la pluma y recostándose contra el respaldo de cuero con una calma imponente—. Esperaba que estuviera descansando en los aposentos, no explorando las zonas de trabajo de la finca.

​—Descansar en exceso agota el ingenio, Su Gracia —respondió ella, deteniéndose al otro lado del escritorio y apoyando las palmas de sus guantes de seda sobre la madera pulida—. Y tengo entendido que las rentas agrícolas de los arrendatarios de Surrey no se han reestructurado desde la última ley de granos. Vine a revisar los libros.

​Alexander enarcó una ceja oscura. La sorpresa duró un destello antes de dar paso a una chispa de admiración pura.

​—¿Pretende auditar mis libros de cuentas al día siguiente de nuestra boda?

​—Le advertí que no sería una esposa decorativa, Alexander. Conozco el rendimiento de la tierra mejor que muchos de sus administradores de ciudad. Y si he de llevar el título de Blackwood, no permitiré que nadie diga que desconozco el origen de la riqueza que sostengo.

​Alexander se puso de pie con la parsimonia de un depredador que admira el valor de su presa. Rodeó el escritorio con pasos lentos y seguros hasta quedar a escasos centímetros de ella. El aroma a tabaco inglés, tinta fresca y sándalo envolvía su presencia.

​—Tiene valor, mi reina —dijo con voz grave, deslizando un dedo por el dorso de la mano enguantada de Genevieve hasta aprisionar su muñeca con firmeza—. Mucho más del que cualquier caballero en Westminster se atreve a mostrar en mi presencia.

​—¿Es una queja, Duque?

​—Es una fascinación peligrosa —replicó él, tirando suavemente de su muñeca para reducir la distancia hasta que el terciopelo verde del vestido chocó contra el paño de sus pantalones—. Pero en esta casa, cada concesión tiene un precio.

​Genevieve levantó el mentón, sintiendo el corazón acelerarse por la inmediatez con la que el aire entre ambos volvía a volverse denso y caliente.

​—¿Qué clase de precio?

​Alexander no respondió con palabras de inmediato. Con una lentitud deliberada, llevó la mano enguantada de Genevieve hacia sus labios, desabrochó el diminuto botón de nácar en la muñeca del guante y deslizó la tela de seda hacia abajo, dejando su piel al descubierto. Posó un beso ardiente y profundo en la palma de su mano, cerrando luego los dedos de ella sobre el calor de su boca.

​—Tendrá acceso a los libros de las cinco propiedades. Podrá revisar los contratos, ordenar a los intendentes y aplicar las reformas que considere necesarias en Surrey y en el norte —dijo Alexander, bajando el tono a un susurro que vibró en la garganta de ambos—. A cambio, me concederá una sola regla inquebrantable.

​Genevieve tragó saliva, sosteniendo la mirada gris que parecía atravesar sus pensamientos.

​—¿Cuál es su regla?

​Alexander se inclinó apenas, rozando con sus labios la oreja de ella antes de morder suavemente el lóbulo, arrancándole un suspiro ahogado.

​—Cuando las puertas de este despacho o de la alcoba se cierren a solas, la mente audaz y brillante seguirá siendo suya... pero la voluntad de este cuerpo me pertenecerá por completo. No habrá negativas, no habrá distancias y no habrá secretos entre nosotros. Si exige gobernar a mi lado frente al imperio, aprenderá a rendirse enteramente ante mí cuando estemos fuera de la vista del mundo.

​Genevieve sintió una sacudida ardiente atravesarle el vientre. La propuesta era un desafío absoluto: poder terrenal indiscutible a cambio de una rendición privada donde ella misma ardía por entregarse.

​—Trato hecho, Su Gracia —susurró Genevieve con una sonrisa desafiante y los labios entreabiertos.

​Alexander sonrió con triunfo oscuro. La tomó de la nuca con posesividad y selló el pacto con un beso feroz que la dejó tambaleándose contra el borde del escritorio de caoba.




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