Para el mundo exterior, Alexander Thorne era un monolito de disciplina prusiana y cálculo despiadado. En los pasillos de Westminster se decía que por sus venas corría agua de deshielo y que su corazón era un balance de números y tratados. Ni siquiera la muerte repentina de su padre, diez años atrás, le había arrancado un gesto fuera de lugar ante la corte.
Pero solo en la penumbra de su despacho, mientras Genevieve examinaba los libros de cuentas con el ceño fruncido y una pluma entre los dedos, Alexander se permitía admitir la verdad de su propia mente.
Estaba obsesionado. Una obsesión antigua, oscura y feroz que lo había tomado por asalto desde el primer instante en que la vio en aquel salón de baile de Mayfair.
La aristocracia consideraba a las mujeres como terrones de azúcar: frágiles, moldeables, destinadas a disolverse en el silencio del deber. Alexander las había despreciado a todas. Odiaba la timidez fingida, la delgadez impuesta por la gazmoñería de la época y esa sumisión servil que convertía el matrimonio en una condena de alcobas frías y conversaciones banales.
Genevieve, en cambio, era un incendio.
Alexander la observaba ahora sin disimulo. El terciopelo verde musgo apenas lograba contener la plenitud de sus pechos con cada respiración concentrada; la curvatura generosa de sus caderas reposaba con aplomo sobre el sillón de cuero que ningún otro ser vivo se había atrevido a ocupar sin su permiso. Pero lo que verdaderamente lo desarmaba no era solo la opulencia de su carne —cuyo calor aún sentía impregnado en las yemas de sus dedos—, sino ese intelecto incisivo que no retrocedía ni un palmo ante su autoridad.
«Es mía», pensaba Alexander, con una posesividad que le apretaba el pecho como una garra de acero. «La he arrancado del fango de Mayfair para coronarla a mi lado. Y que el cielo se apiade de cualquier idiota que intente recordarle su pasado o poner en duda su lugar en mi casa.»
Un golpe seco en la puerta interrumpió el curso de sus pensamientos.
El mayordomo, Barnes, entró con una bandeja de plata tras recibir el permiso con un gruñido bajo del duque.
—La correspondencia especial de la tarde, Su Gracia —anunció el hombre, manteniendo la vista baja—. Ha llegado por jinete expreso desde la residencia de Lady Catherine Ravenscroft.
El nombre cayó sobre la estancia con la sutileza de una gota de veneno en una copa de vino.
Genevieve alzó la mirada del libro de cuentas, notando de inmediato cómo la mandíbula de Alexander se tensaba en una línea dura y pétrea. El mayordomo depositó la misiva, sellada con un escudo en lacre carmesí oscuro, y se retiró al instante cerrando la pesada puerta de roble tras de sí.
—Lady Catherine Ravenscroft —repitió Genevieve con voz mesurada, dejando la pluma sobre el secante de tinta—. La viuda del Conde de Ravenscroft. Si no me equivoco, enviudó hace poco más de un año.
Alexander tomó la carta sin romper el sello. Sus ojos azul acero se clavaron en los de su esposa, evaluando la frialdad con la que ella pronunciaba el nombre.
—Conoce el nombre —dijo Alexander, en un tono neutro que ocultaba una tormenta de advertencia.
—Londres es un nido de cotilleos, Su Gracia —respondió Genevieve, reclinándose con elegancia en el sillón de cuero y entrelazando las manos sobre el regazo—. Durante dos temporadas enteras se rumoreó en los salones de té que Lady Catherine no guardaba el luto por su difunto esposo, sino que aguardaba pacientemente el momento en que el impenetrable Duque de Blackwood decidiera tomarla por esposa. Era la candidata perfecta: viuda rica, linaje intachable y una silueta que cumplía con creces los estándares anoréxicos que tanto aplaude Mayfair.
Alexander arrojó la carta sellada sobre el escritorio, sin dignarse a abrirla.
—Catherine Ravenscroft es una mujer acostumbrada a manipular hombres débiles a través del halago y las intrigas de salón —sentenció el duque con un desprecio glacial—. Creía que el hecho de haber compartido tertulias en su palco de la ópera le otorgaba derechos sobre mi futuro. Jamás le di una sola palabra de compromiso.
—No dudaba de su lealtad, Alexander —dijo Genevieve, sosteniendo la mirada con una serenidad que desafiaba su propia procesión interna—. Dudo de la compostura de una mujer que se sabe desplazada por alguien a quien la alta sociedad consideraba indigna de usted.
***
A cincuenta millas de Surrey, en un lujoso palacete de Grosvenor Square, el fuego de la chimenea no lograba calentar la frialdad del salón privado de Lady Catherine Ravenscroft.
A sus veintiocho años, Catherine era una belleza gélida: cabello rubio platino recogido con peinetas de diamantes, ojos claros como el cristal y una figura esbelta, ceñida en un vestido de seda lavanda que marcaba una cintura minuciosamente reducida. Durante tres años había soportado el aliento rancio de un conde anciano con un solo objetivo en mente: quedar libre, inmensamente rica y en posición de atrapar la única corona ducal que valía la pena en Inglaterra.
Sobre la mesa de té descansaba la edición de la Gaceta de la Corte con la crónica detallada del enlace nupcial en St. George.
Frente a ella, su dama de compañía servía el té con manos temblorosas.
—¿Una Vance? —siseó Catherine, y su voz destilaba un odio puro y concentrado que transformaba sus facciones angelicales en una máscara de rabia—. ¿Alexander Thorne, el hombre más codiciado y orgulloso de este reino, me ha rechazado a mí para desposar a la hija de un vizconde en bancarrota? ¿A una mujer de formas ordinarias que cualquier modista de París calificaría de vulgar?