No recuerdo el día en que nací.
No recuerdo mis primeros pasos.
No recuerdo mis primeras palabras.
Pero crecí escuchando una historia que mi mamá me contó muchas veces.
Me decía que había alguien que no quería soltarme.
Alguien que me cargaba durante horas.
Alguien que me miraba como si hubiera encontrado un tesoro.
Ese alguien era Chayo.
Mi mamá siempre me contaba que cuando yo era apenas un bebé, ella no se separaba de mí.
Me tenía en sus brazos.
Me cuidaba.
Me abrazaba.
Me amaba.
Y aunque yo era demasiado pequeña para guardar esos recuerdos, siento que alguna parte de mí sí los conservó.
Porque hay amores que la memoria olvida, pero el corazón nunca.
A veces me pregunto si por eso me duele tanto su ausencia.
Porque antes de que yo entendiera el mundo, ya existía un vínculo entre nosotras.
Un hilo invisible que comenzó desde mis primeros días de vida y que nunca terminó de romperse.
Mi mamá me contó una historia tantas veces que terminé sintiéndola como un recuerdo propio.
Yo lloraba mucho.
Pero mucho.
Mis papás trabajaban y había días en los que nada parecía calmarme.
Ni los brazos de otros.
Ni los juguetes.
Ni las canciones.
Entonces Chayo hacía lo que mejor sabía hacer: quedarse conmigo.
Un día, después de escucharme llorar durante horas, tomó una decisión que solo alguien que ama profundamente puede entender.
Me cargó.
Me envolvió en su rebozo.
Y salió conmigo.
Tomó una micro.
Recorrió la ciudad.
Pasó por Toreo y llegó hasta la Plaza de Toros.
Todo para intentar tranquilizar a una niña que no dejaba de llorar.
Cada vez que escucho esa historia me quedo pensando en ella.
Porque no recuerdo el trayecto.
No recuerdo la micro.
No recuerdo el rebozo.
Pero sí recuerdo lo que esa historia me enseñó.
Antes de que yo pudiera entender el significado del amor, ya había alguien recorriendo el mundo conmigo en brazos.
Y esa persona era Chayo.
Cuando Chayo murió, yo tenía apenas un año.
Durante mucho tiempo pensé que eso significaba que no tenía suficientes recuerdos de ella.
Pero con los años entendí algo distinto.
Hay personas que permanecen incluso cuando los recuerdos son pocos.
Porque viven en las historias que otros nos cuentan.
En las fotografías que conservamos.
En los objetos que guardamos.
Y en ese amor que sigue encontrándonos años después.
Crecí escuchando quién había sido Chayo.
Escuchando cuánto me amaba.
Escuchando cómo me cargaba, cómo me cuidaba y cómo recorría la ciudad conmigo envuelta en su rebozo cuando no dejaba de llorar.
Y aunque yo era demasiado pequeña para comprenderlo entonces, una parte de mí siempre supo que ese amor era real.
Incluso después de su partida.
Mi mamá me contaba que antes de irse todavía había dejado mis regalos de Reyes Magos.
Cuando escuchaba esa historia de niña, pensaba en los juguetes.
Hoy pienso en algo diferente.
Pienso en el amor.
Porque incluso cuando ya no pudo quedarse, encontró la forma de dejarme algo de sí misma.
Como si quisiera acompañarme un poco más en el camino.
La gente suele imaginar que una infancia feliz es una infancia perfecta.
La mía no lo fue.
Pero tenía algo que me salvaba una y otra vez.
Mi imaginación.
Mientras otros veían una cocina, yo veía un restaurante.
Mientras otros veían plastilina, yo veía mundos enteros.
Mientras otros veían muñecas, yo veía historias.
Podía pasar horas jugando con mis Barbies.
Inventando personajes.
Creando aventuras.
Cantando canciones que nadie me había pedido cantar.
Y convirtiéndome en quien quisiera ser.
La pequeña Alondra amaba las princesas.
Sobre todo a Blancanieves.
Me gustaba imaginar que podía ser ella.
Que los animales me entendían.
Que los finales felices existían.
Y que el mundo era mucho más grande de lo que alcanzaba a ver.
Hoy, cuando miro hacia atrás, creo que esa imaginación hizo mucho más que entretenerme.
Me protegió.
Me dio un lugar donde refugiarme cuando no entendía algunas cosas.
Me enseñó a crear antes de aprender a escribir.
Y, sin que yo lo supiera, estaba construyendo a la mujer que algún día contaría historias.
Porque
antes de convertirme en escritora, fui una niña que aprendió a sobrevivir soñando.