Seguimos soñando en voz alta

Capítulo II : Las Cosas que Ya No Volvieron a Ser Iguales

No existe un día exacto en el que dejamos de ser niños.

No hay una fecha marcada en el calendario.

No despertamos una mañana siendo completamente diferentes.

Sucede poco a poco.

Tan despacio que apenas lo notamos.

Un día todavía juegas durante horas.

Al siguiente comienzas a interesarte por cosas nuevas.

Tus programas favoritos cambian.

Tus juegos cambian.

Tus sueños cambian.

Y sin darte cuenta, una etapa empieza a quedarse atrás.

Mi infancia no desapareció de golpe.

Se fue transformando.

La niña que jugaba con Barbies seguía ahí.

La que imaginaba historias seguía ahí.

La que soñaba con ser princesa seguía ahí.

Pero algo estaba cambiando.

Yo también estaba creciendo.

Y mientras crecía, comencé a entender cosas que antes no podía comprender.

Que las personas no permanecen para siempre.

Que existen ausencias que duelen.

Que la vida no siempre sigue el camino que imaginamos.

Y aunque todavía no podía ponerle nombre a muchas emociones, empecé a sentirlas.

Por primera vez entendí que crecer también significaba aprender a convivir con preguntas que no siempre tienen respuesta.

Cuando era niña, pensaba mucho en el futuro.

No porque quisiera crecer rápido.

Al contrario.

Había días en los que me daba miedo hacerlo.

Me preguntaba cómo sería cuando fuera mayor.

Cómo me vería.

Qué cosas me gustarían.

Y si seguiría siendo la misma persona.

Pero había una pregunta que me daba más miedo que cualquier otra.

¿Qué pasaría si olvidaba la voz de Chayo?

Era una preocupación extraña para una niña.

Mientras otros pensaban en el siguiente juguete o en el próximo cumpleaños, yo pensaba en la posibilidad de olvidar.

Porque ya había perdido muchas oportunidades de crear recuerdos con ella.

Y me aterraba perder también los pocos que me quedaban.

Con los años descubrí algo doloroso.

La memoria cambia.

Algunas voces se vuelven más difíciles de recordar.

Algunos detalles se vuelven borrosos.

Y aunque hoy ya no puedo escuchar claramente la voz de mi abuelita en mi memoria, todavía puedo sentir el amor que dejó en mí.

Y a veces creo que eso es aún más importante.

También me preocupaba otra cosa.

Crecer.

Porque crecer significaba despedirme poco a poco de la niña que era.

Pensaba en mis Barbies.

En mis princesas.

En mis programas favoritos.

En los recreos.

En mis amigos.

Pensaba en mis cumpleaños y en cómo, sin darme cuenta, cada uno me acercaba un poco más a la adolescencia.

Como si cada vela apagada fuera una pequeña despedida.

No quería dejar atrás las cosas que amaba.

No quería que mi mundo cambiara.

Pero el tiempo nunca nos pregunta si estamos listos.

Simplemente sigue avanzando.

Y yo también tuve que hacerlo.

Aunque una p

arte de mí intentara aferrarse a cada recuerdo un poco más.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.