Seguimos soñando en voz alta

Capitulo IV : Cuando la Felicidad y la Tristeza en casa

Durante mucho tiempo pensé que todas las familias eran parecidas.
Que todos tenían días buenos y días malos.
Que todo aquello era normal.
Pero poco a poco empecé a notar cosas.
Mi papá trabajaba en el centro haciendo serigrafía.
Mi mamá intentaba sacar adelante muchas cosas.
Y entre ellos comenzaron a aparecer diferencias que yo todavía no entendía.
Lo que sí entendía eran los cambios.
Los gritos.
Los silencios.
La tensión que llenaba una habitación antes de que alguien dijera una sola palabra.
Y lo que más me confundía era que no siempre era así.
Porque en mis cumpleaños parecíamos otra familia.
En las fotografías todos sonreíamos.
En los festejos había risas.
Había abrazos.
Había momentos felices.
Por eso me costaba entenderlo.
Porque una parte de mí veía una familia.
Y otra parte veía algo completamente distinto.
A veces era como si viviera entre dos mundos.
Uno lleno de alegría.
Y otro donde todo podía oscurecerse de un momento a otro.
Recuerdo sentir esa confusión muchas veces.
Estar feliz.
Reír.
Jugar.
Y después sentir cómo el ambiente cambiaba.
Como si una nube hubiera cubierto el sol sin previo aviso.
Yo no entendía los problemas de los adultos.
No entendía las razones.
No entendía quién tenía la razón o quién estaba equivocado.
Solo entendía que algo estaba cambiando.
Y que la felicidad ya no parecía quedarse tanto tiempo como antes.Por mucho tiempo viví entre dos mundos.

Uno era el mundo que existía dentro de mi imaginación.

Un lugar lleno de magia.

Un lugar donde las princesas encontraban su final feliz.

Donde el amor duraba para siempre.

Donde las personas que amábamos nunca se iban.

Donde mi abuelita Chayo era eterna.

Y luego estaba la realidad.

La realidad de las peleas.

De los gritos.

De la inestabilidad.

De los silencios incómodos.

De las preguntas que nadie parecía responder.

Poco a poco entendí que el mundo no era como yo había imaginado.

Y aunque todavía era una niña, sentí que tenía que volverme más fuerte.

No porque quisiera.

Sino porque la vida me estaba mostrando cosas que no estaba preparada para entender.

Recuerdo sentir una gran decepción.

No con una persona.

Con una idea.

La idea de que todo siempre terminaría bien.

La idea de que el amor era exactamente como en los cuentos.

La idea de que los matrimonios eran para siempre.

Porque lo que veía frente a mí era diferente.

Y durante mucho tiempo no supe qué hacer con esa diferencia.

La niña que soñaba seguía existiendo.

Pero ahora también estaba aprendiendo que los sueños y la realidad no siempre caminan de la mano.

Y quizás fue en ese momento cuando comenzó una de las batallas más importantes de mi vida.

La de no permitir que la realidad apagara mi capacidad de soñar.




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