Seguimos soñando en voz alta

Capítulo VI : La Flor que Buscaba su Jardín

No recuerdo el momento exacto en que dejé de sentirme una niña.

Quizás porque no ocurrió de un día para otro.

No hubo una fecha.

No hubo una despedida.

Simplemente sucedió.

Poco a poco.

Mientras observaba cosas que no entendía.

Mientras intentaba encontrar estabilidad.

Mientras aprendía a cuidar a quienes amaba.

A veces pienso que crecí antes de tiempo.

No porque quisiera.

Sino porque la vida me fue empujando poco a poco hacia adelante.

Mientras otras niñas soñaban con lo que serían cuando fueran grandes, yo ya me preocupaba por cosas que no correspondían a mi edad.

Me preocupaba mi familia.

Me preocupaba mi hermana.

Me preocupaban los cambios.

Me preocupaba el futuro.

Y aunque seguía soñando, algo dentro de mí estaba cambiando.

La niña seguía ahí.

Pero ahora comenzaba a mirar el mundo con otros ojos.

Por primera vez estaba empezando a ¿preguntarme quién era.?

¿Y quién

quería llegar a ser.?

No era una niña tímida.

Pero tampoco era extrovertida.

Siempre sentí que observaba más de lo que hablaba.

Y aunque estaba rodeada de personas, muchas veces me sentía diferente.

Me costaba hacer amigos.

Me preguntaba ¿ por qué parecía encajar tan fácilmente en algunos lugares y tan difícilmente en otros.?

A veces pensaba que había algo raro en mí.

Algo que me hacía sentir distinta.

Mientras muchas personas de mi edad parecían tener claro dónde pertenecían, yo seguía buscando mi lugar.

Quizás por eso pasaba tanto tiempo pensando.

Pensando en quién era.?

Pensando en quién quería convertirme.?

Pensando en cuál era mi propósito.

Porque incluso siendo tan joven, tenía la sensación de que había nacido para algo más grande que yo misma.

No sabía exactamente qué era.

Solo sabía que existía dentro de mí un deseo enorme de construir algo importante.

Durante esos años también descubrí una de mis mayores pasiones.

La cocina.

Amaba cocinar.

Amaba observar cómo ingredientes simples podían transformarse en algo completamente distinto.

Y cuando descubrí la repostería, me enamoré todavía más.

Soñaba con convertirme en una gran chef repostera.

Imaginaba pasteles.

Postres.

Recetas.

Y por primera vez en mucho tiempo, podía visualizar un futuro que me emocionaba.

Aunque todavía tenía muchas preguntas, los sueños seguían acompañándome.

Porque si algo nunca cambió en mí, fue mi capacidad de imaginar posibilidades incluso cuando no

tenía todas las respuestas.Con el tiempo entendí que no era que hubiera algo malo en mí.

Simplemente veía el mundo de una manera diferente.

Muchas veces sentía que las personas de mi edad no lograban entenderme.

Y yo tampoco lograba conectar completamente con ellas.

No porque fueran malas personas.

Simplemente parecíamos hablar idiomas distintos.

Mientras ellos vivían preocupaciones propias de su edad, yo llevaba años haciéndome preguntas que ni siquiera sabía cómo responder.

Por eso siempre conecté más fácilmente con las personas adultas.

Me sentía escuchada.

Comprendida.

Como si pudieran ver algo en mí que otros no alcanzaban a notar.

Durante mucho tiempo pensé que ser diferente era un problema.

Que quizás debía cambiar para encajar.

Que quizás el error estaba en mí.

Pero con los años comprendí algo importante.

No todas las flores nacen para crecer en el mismo jardín.

Algunas parecen extrañas.

Distintas.

Fuera de lugar.

Pero no porque estén equivocadas.

Sino porque han tenido que crecer bajo condiciones diferentes.

Y quizás nadie entendía por qué yo era distinta.

Porque nadie conocía todo lo que había vivido esa pequeña flor antes de abrir sus pétalos al mundo.

Cada flor florece de manera distinta según la tierra donde creció, las tormentas que enfrent

ó y la luz que recibió.

Durante mucho tiempo pensé que el problema era yo.

Que quizás debía hablar diferente.

Pensar diferente.

Actuar diferente.

Que quizás así sería más fácil encajar.

Pero los años me enseñaron algo.

Las flores más extrañas no suelen encajar en jardines de flores comunes.

Y no porque tengan algo malo.

Sino porque han crecido bajo cielos distintos.

Han sobrevivido a tormentas distintas.

Han aprendido lecciones distintas.

Yo era una adolescente como muchas otras.

Pero también era una niña que ya había conocido la pérdida.

La inestabilidad.

Las preguntas.

Y las ausencias.

Quizás por eso veía el mundo de una manera diferente.

Porque mientras otros observaban el presente, yo llevaba años intentando comprender la vida.

Y aunque durante mucho tiempo me sentí fuera de lugar, hoy entiendo que no estaba destinada a ser igual a los demás.

Estaba destinada a convertirme en mí.

La adolescencia no fue fácil.

Y durante mucho tiempo intenté convencerme de que sí lo había sido.

Porque estaba acostumbrada a ser fuerte.

A seguir adelante.

A guardar muchas cosas para mí.

Pero la verdad es que hubo momentos en los que me sentí profundamente sola.

Momentos en los que lloraba sin saber exactamente cómo explicar lo que sentía.

No era una soledad física.

Había personas a mi alrededor.

Había familia.

Había compañeros.

Pero aun así existía un vacío difícil de describir.

Era la sensación de no sentirme completamente comprendida.

De mirar a mi alrededor y preguntarme por qué parecía tan fácil para otros encontrar su lugar mientras yo seguía buscándolo.

Muchas veces me pregunté si había algo malo en mí.

Si el problema era mi forma de pensar.

Mi forma de sentir.

Mi manera de ver el mundo.




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