Seguimos soñando en voz alta

Capítulo VII : La melodía de Alondra

Las Preguntas que la Vida Nunca Responde

Durante mi adolescencia volví a encontrarme con una vieja conocida.

La pérdida.

No recuerdo exactamente quién fue mi primera amiga.

No recuerdo algunos detalles de aquellos años.

Pero sí recuerdo el día en que mi abuela Lola se fue.

La mamá de mi papá.

Con ella sí tuve la oportunidad de convivir.

No fueron tantos recuerdos como los que me hubiera gustado tener.

Pero existen.

Y por eso dolió.

Aunque era un dolor diferente al que sentía cuando pensaba en Chayo.

Porque con Chayo existía la tristeza de lo que nunca pude vivir.

Con Lola existía la tristeza de lo que sí viví y ya no volvería a vivir.

Recuerdo pensar mucho en mi papá.

Él estaba en Estados Unidos cuando ocurrió.

Y aunque yo estaba intentando comprender mi propia tristeza, no podía dejar de preguntarme qué estaría sintiendo él. ?

Porque perder a una madre es perder una parte de uno mismo.

Y no dejaba de imaginar el momento en que recibió aquella noticia.

Fue entonces cuando muchas preguntas comenzaron a regresar.

Preguntas que nadie parecía poder responder.

¿Por qué pasan estas cosas?

¿Por qué la vida se lleva a las personas buenas?

¿Por qué tenemos que despedirnos de quienes amamos?

Y aunque crecí buscando respuestas, la vida parecía guardar silencio.

Quizás porque algunas preguntas no existen para ser respondidas.

Quizás existen para ense

ñarnos cuánto hemos amado.

Cuando la adolescencia comenzó a sentirse demasiado pesada, aprendí a refugiarme en pequeñas cosas.

La cocina fue una de ellas.

Cuando cocinaba, el ruido de mi cabeza se hacía más pequeño.

Por unos momentos no existían las preguntas.

No existían las pérdidas.

No existía el peso que llevaba sobre los hombros.

Solo existían las recetas, los aromas y la sensación de crear algo con mis propias manos.

La cocina se convirtió en uno de mis lugares seguros.

Pero cuando todo quedaba en silencio y me encontraba sola con mis pensamientos, había algo que siempre regresaba.

Una melodía.

Nunca supe de dónde venía.

Ni siquiera recuerdo exactamente cómo sonaba.

A veces pienso que la inventé.

O quizás siempre estuvo dentro de mí.

Era una melodía de piano.

Triste.

Suave.

Profunda.

Y cuando la tarareaba sentía que estaba escuchando algo que no sabía explicar con palabras.

Como si aquella música hablara por mí.

Como si dijera todo aquello que yo guardaba en silencio.

Hoy creo que aquella melodía era el sonido de mi alma.

El eco de una adolescente que intentaba ser fuerte mientras cargaba preguntas demasiado grandes para su edad.

Porque aunque sonreía.

Aunque seguía soñando.

Aunque seguía avanzando.

Había una parte de mí que estaba pidiendo ser escuchada.

Y durante mucho tiempo, esa parte solo supo expresarse a través de una canci

ón que nadie más podía oír. Con el paso del tiempo entendí que no era solamente la muerte de mi abuela Lola lo que me estaba doliendo.

Era todo el peso que venía cargando desde hace años.

La adolescencia comenzó a sentirse pesada.

Como si llevara una mochila invisible que nadie podía ver.

Dentro de ella estaban las pérdidas.

Las preguntas.

La soledad.

Los miedos.

Y todas aquellas cosas que nunca aprendí a expresar por completo.

A veces sonreía.

A veces seguía adelante como si nada ocurriera.

Pero por dentro me sentía cansada.

Cansada de intentar entender una vida que parecía responder mis preguntas con más preguntas.

Cansada de sentir que cada vez que empezaba a sanar algo, aparecía una nueva herida.

Y aunque seguía soñando, había días en los que incluso los sueños parecían pesar.

Porque crecer no solo significa cumplir años.

También significa cargar experiencias que poco a poco van cambiando la forma en que vemos el mundo.

Y yo estaba empezando a sentir ese peso sobre mis hombros




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.