Seguimos soñando en voz alta

Capítulo IX : La primera vez que mi corazón se rompió

La Primera Vez que Mi Corazón Despertó
Después de tantas preguntas, pérdidas y tormentas, llegó algo que no esperaba.
El amor.
O al menos, lo que una adolescente entendía por amor.
No recuerdo exactamente cuándo ocurrió.
Solo sé que un día algo cambió.
Por primera vez vi a alguien de una forma diferente.
Y no, no era el chico más guapo del mundo.
Pero en aquel momento eso no importaba.
Porque cuando eres adolescente, el corazón no sigue las reglas de la lógica.
Simplemente siente.
Y por primera vez el mío estaba sintiendo algo que nunca había experimentado antes.
Era una emoción nueva.
Extraña.
Bonita.
Y a veces aterradora.
Después de tantos años intentando entender la vida, de pronto estaba intentando entender mi propio corazón.
Y descubrí que esa podía ser una tarea igual de complicada.
Todo comenzó de una forma muy adolescente.

No fue una declaración romántica.

No hubo música de fondo.

Ni grandes discursos.

Él mandó a sus amigos.

Recuerdo estar en el recreo con mis amigas cuando llegaron a decirme que yo le gustaba.

Y mi primera reacción ni siquiera fue emocionarme.

Fue intentar descubrir quién era.

Porque ni siquiera sabía de quién estaban hablando.

Recuerdo buscar entre la gente.

Intentar encontrarlo.

Hasta que finalmente supe quién era.

Y entonces llegaron los nervios.

Pero también las risas.

Muchas risas.

Porque todo aquello era nuevo para mí.

Nunca antes había vivido algo así.

Y aunque ahora lo recuerdo y me río de los gustos que tenía en aquella época, en ese momento me parecía algo enorme.

Por primera vez alguien había decidido fijarse en mí.

Y por primera vez yo estaba descubriendo lo extraño, divertido y emocionante que podía ser el corazón

de una adolescente. Si soy sincera, hoy no entiendo completamente qué fue lo que me gustó de él.

No era el chico más guapo.

De hecho, si me preguntaran ahora, probablemente diría que se sentía mucho más galán de lo que realmente era.

Pero en aquel momento eso no importaba.

Había algo en él que llamó mi atención.

Quizás era su forma de hablar.

Quizás era su forma de mirar.

O quizás fue algo mucho más simple.

Se fijó en mí.

Entre tantas niñas, se fijó en mí.

Y para una adolescente que muchas veces se había sentido diferente, eso significó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Recuerdo los recreos con mis amigas.

Las miradas.

Los nervios.

La emoción de descubrir que alguien podía verte de una forma distinta.

Y aunque hoy sonrío al recordar aquella historia, en ese momento todo parecía enorme.

Porque no era solamente él.

Era la primera vez que mi corazón comenzaba a despertar.

Y eso hacía que el mundo se sintiera diferente. Fue entonces cuando entendí que el amor no siempre viene acompañado de finales felices.

Porque después de la ilusión llegó la decepción.

Y no llegó por una sola persona.

Llegó por dos.

Mi primer amor.

Y mi mejor amiga.

Si soy sincera, la ruptura con mi primer novio me dolió.

Porque fue la primera persona que me enseñó una emoción que nunca antes había conocido.

La primera persona que despertó algo nuevo dentro de mí.

Y cuando aquello terminó, sentí que una parte de esa ilusión también se rompía.

Pero había algo que me dolía igual o quizás más.

Mi mejor amiga.

Porque cuando eres adolescente, una mejor amiga no es solamente una amiga.

Es una compañera de vida.

La persona con quien compartes secretos, risas, sueños y momentos que parecen imposibles de olvidar.

Y perder esa amistad fue descubrir que las despedidas no solo existen en el amor.

También existen en las amistades.

Por primera vez sentí cómo dos personas importantes podían alejarse al mismo tiempo.

Y aunque la vida ya me había enseñado muchas cosas, todavía no me había enseñado cómo lidiar con una decepción así.

Fue una de las primeras veces que comprendí que las personas pueden regalarnos recuerdos hermosos y heridas profundas al mismo tiempo.

Y aceptar eso fue mucho más difícil de lo que imaginaba.

La decepción no llegó únicamente porque mi primer amor terminara.

Llegó por la forma en que terminó.

Porque él decidió estar con mi mejor amiga.

Y ese fue el verdadero golpe.

No era solamente perder a un novio.

Era perder a dos personas importantes al mismo tiempo.

Por un lado estaba el chico que me había hecho descubrir el amor por primera vez.

Y por el otro estaba mi mejor amiga.

La persona en quien confiaba.

La persona que conocía mis pensamientos, mis emociones y mis secretos.

Y de pronto ambos eligieron un camino donde yo ya no tenía lugar.

Recuerdo que aquello me dolió profundamente.

No solo porque me rompieron el corazón.

Sino porque también rompieron una parte de mi confianza.

Fue una de las primeras veces que entendí que no todas las personas que dicen quererte se quedarán para siempre.

Y que no todas las amistades son tan sinceras como parecen.

Hasta ese momento yo creía que la traición era algo que ocurría en las películas o en las historias de otras personas.

Pero aquella experiencia me enseñó que también podía tocar mi puerta.

Y aunque me dolió más de lo que me gustaría admitir, también me obligó a crecer.

Porque a veces las personas que más nos enseñan no son las que se quedan.

Son las que nos

muestran quiénes son cuando deciden irse Con el tiempo entendí que aquella historia me dejó dos enseñanzas.

Una hermosa.

Y una dolorosa.

La hermosa fue descubrir que tenía una inmensa capacidad para amar.

Porque aunque me rompieron el corazón, también comprendí que fui capaz de sentir algo genuino.




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