La Persona que Quería Ser?
Después de tantos años intentando entender el mundo, llegó una nueva pregunta.
Una que ya no hablaba de mi familia.
Ni de mis pérdidas.
Ni de mis heridas.
Hablaba de mí.
¿Quién era yo?
¿Y quién quería llegar a ser?
Mientras crecía, mi vida también comenzaba a llenarse de nuevas amistades.
Mis vecinos dejaron de ser solamente personas que vivían cerca.
Poco a poco se convirtieron en amigos.
En compañeros de aventuras, conversaciones y recuerdos.
Y entre todos ellos estaba Emmanuel.
Mi mejor amigo.
No desde la época de Blancanieves, las Barbies y los juegos de mi infancia más temprana.
Sino desde la etapa en la que comencé a crecer.
La etapa donde la niñez empezaba a despedirse y la adolescencia comenzaba a abrir la puerta.
Crecer junto a él fue algo hermoso.
Porque mientras intentaba descubrir quién era, también tenía a alguien caminando cerca de mí durante ese proceso.
Y quizás por primera vez en mi vida, la pregunta más importante ya no era qué había pasado.
La pregunta era qué quería hacer con todo lo que había vivido.
¿Quién quería ser.?
Y qué clase de persona soñaba convertirme algún día.?
Si soy sincera, nunca me gustó hablar demasiado del futuro.
No porque no tuviera sueños.
Al contrario.
Tenía muchos.
Pero había aprendido que la vida cambia constantemente.
Y la mía parecía hacerlo más que ninguna otra.
Por eso prefería vivir el presente.
Las cosas estaban ocurriendo aquí y ahora.
Y yo quería experimentarlas antes de intentar adivinar lo que vendría después.
Claro que tenía sueños.
Siempre los tuve.
Uno de ellos era convertirme en chef repostera.
Pero también existía otro que me acompañó durante años.
Tener mi propia cafetería.
Un lugar donde las personas pudieran reunirse, conversar, compartir historias y sentirse en casa.
Y lo más curioso es que ese sueño nunca desapareció.
Los años pasaron.
Muchas cosas cambiaron.
Yo cambié.
Pero esa pequeña ilusión siguió encontrando un lugar dentro de mí.
Porque algunos sueños evolucionan.
Y otros simplemente nos acompañan mientras descubrimos quiénes somos.
Coffee Chayo nunca fue solamente una cafetería.
Era mucho más que eso.
Desde muy joven sabía cómo la quería.
Cómo se vería.
Cómo se sentiría.
Y sobre todo, qué quería que las personas experimentaran al entrar.
No soñaba con un lugar cualquiera.
Soñaba con un lugar que se sintiera como hogar.
Como llegar a casa de una abuela.
Como encontrar un espacio donde el tiempo se moviera más despacio y las personas pudieran descansar un poco del mundo.
Quizás por eso ese sueño nunca desapareció.
Porque no nació de una moda ni de una idea pasajera.
Nació del amor.
Y las cosas que nacen del amor suelen quedarse mucho tiempo con nosotros.
A veces pensaba en todos los sueños que tenía.
Parecían demasiados.
Pero eso no me asustaba.
Me daba tranquilidad.
Porque confiaba en que algún día los alcanzaría poco a poco.
Sin prisas.
Sin correr detrás del futuro.
Porque la vida me había enseñado algo muy importante.
El presente también merece ser vivido.
Y mientras los sueños esperaban su momento, yo seguía construyendo mi historia un día a la vez. Mirando hacia atrás, creo que en aquella época todavía no entendía algo.
La felicidad para mí todavía estaba lejos.
No porque no existiera.
Sino porque mi vida parecía cambiar constantemente.
Por eso comencé a imaginar algo que años después llamaría el conejo blanco.
Ese personaje que siempre corría mirando su reloj.
Porque así sentía que era mi vida.
Cuando apenas comenzaba a acostumbrarme a algo, el tiempo volvía a moverse.
Y otro cambio aparecía.
Y después otro.
Y después otro más.
Como si el conejo blanco siempre llegara para recordarme que nada permanecería igual por mucho tiempo.
Aun así, hubo momentos que lograron quedarse conmigo.
Las tardes jugando con Emmanuel.
Las risas con Fátima.
Las ocurrencias de Pepe.
Las aventuras junto a Piwi.
Éramos diferentes.
No teníamos la misma edad.
Pero eso nunca importó.
Porque cuando eres feliz de verdad, las diferencias dejan de ser importantes.
Y aunque yo todavía no lo sabía, aquellos momentos estaban construyendo algunos de los recuerdos más valiosos de mi adolescencia.
Porque incluso cuando el conejo blanco aparecía con su reloj anunciando nuevos cambios, todavía existían personas que hacían que el camino valiera la pena. Durante mucho tiempo pensé que el conejo blanco era mi enemigo.
Porque cada vez que aparecía, algo cambiaba.
Y yo nunca sabía si aquel cambio iba a traer algo bueno o algo doloroso.
Llegaba sin avisar.
Con su reloj en la mano.
Recordándome que nada permanecía igual para siempre.
Pero con los años entendí algo.
El conejo blanco nunca se fue.
Siguió apareciendo una y otra vez.
Y quizás por eso dejé de intentar escapar de él.
Lo convertí en mi amigo.
Porque comprendí que los cambios formarían parte de mi historia para siempre.
A veces me quitarían cosas.
A veces me traerían otras nuevas.
Pero siempre seguirían llegando.
Incluso hoy, cuando creo que todo está tranquilo, el conejo blanco aparece otra vez.
Sin previo aviso.
Como siempre lo ha hecho.
Y aunque todavía logra sorprenderme, ya no le tengo miedo.
Porque después de tantos años caminando juntos, entendí que no viene para detener mi historia.
Viene para recordarme
que sigue avanzando.