Seguimos soñando en voz alta

Capítulo XII: Cuando el Conejo Blanco Volvió a Aparecer

Había momentos en los que por fin sentía que todo estaba en calma.
No perfecta.
Pero calma.
Por primera vez en mucho tiempo, creía que la felicidad podía quedarse un poco más.
Que tal vez las cosas en casa estaban mejorando.
Que mis papás, de alguna manera, habían encontrado un equilibrio.
Y que quizás, solo quizás, esa etapa de cambios constantes estaba quedando atrás.
Pero la vida nunca se quedaba quieta demasiado tiempo.
Porque el conejo blanco siempre encontraba la forma de volver.
Sin avisar.
Sin preparación.
Sin pedir permiso.
Recuerdo una discusión.
De esas que no necesitan explicarse por completo para sentirse en toda la casa.
Había cosas en juego que yo no entendía del todo, pero podía sentir.
Dinero. Intereses. Tensión de adultos que se filtra incluso cuando intentan ocultarla.
Pero en medio de todo eso, mi atención no estaba solo ahí.
Estaba en ella.
Mi hermanita.
Porque si había algo que yo tenía claro en ese momento, era que ella no debía escuchar eso.
No debía cargar con ese ruido.
No debía aprender tan pronto cómo suenan las cosas cuando los adultos no están en paz.
Así que intentaba llevarla conmigo a otro lugar.
Hacerla reír.
Distraerla.
Inventar un mundo donde nada de eso existiera.
Un lugar donde su melodía por dentro pudiera seguir siendo ligera.
Alegre.
Como debería ser en una infancia.
Y no como la mía en ese momento.
Mientras todo pasaba alrededor, yo intentaba hacer algo muy simple…
pero al mismo tiempo muy pesado:
actuar como si nada estuviera ocurriendo.
Como si pudiéramos entrar en un mundo aparte, uno donde no existía la incertidumbre.
Pero cuando todo finalmente se quedaba en silencio…
no se sentía como paz.
Se sentía extraño.
Era como si el conejo blanco hubiera pasado por la casa.
Dejando su visita incompleta.
Como si su reloj siguiera sonando en algún lugar invisible.
No anunciaba que todo había terminado.
Solo que, por ahora, se había detenido.
Y en ese silencio… yo me quedaba conmigo misma.
Con muchas preguntas que no sabía cómo decir en voz alta.
¿Por qué pasa esto?
¿Por qué no puedo cambiarlo?
Pero esas preguntas no encontraban salida.
Porque en esa etapa de mi vida, Alondra guardaba muchas cosas que quería decir…
pero sabía algo muy profundo.
Que nadie iba a poder responderlas.
Y así, poco a poco, aprendí a vivir con ellas dentro de mí.
Solo quedaban dos cosas.
Ella.
Y su silencio.
Me quedaba quieta en un rincón.
Sin saber qué hacer.
Sin saber a dónde ir.
Solo estaba ahí.
Y mientras me quedaba en ese rincón, entendí que a veces crecer no es moverse… sino aprender a quedarse quieta mientras todo cambia alrededor.




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