Con el tiempo, mi vida comenzó a sentirse diferente.
No porque todo se hubiera vuelto más fácil.
Sino porque yo ya no era la misma.
Había cosas en mi alrededor que seguían cambiando.
Y cosas dentro de mí que también empezaban a moverse.
Pero esta vez, había algo nuevo.
Empezaba a preguntarme quién era yo… cuando no estaba pensando en todo lo demás.
Mi vida seguía teniendo cambios.
Seguía teniendo momentos de confusión.
Seguía teniendo silencios que no siempre sabía cómo explicar.
Pero al mismo tiempo, algo comenzaba a tomar forma dentro de mí.
Yo.
Y poco a poco, las personas a mi alrededor empezaron a ocupar un lugar distinto en mi vida.
Ya no eran solo parte del entorno.
Eran parte de mi mundo.
Mis amigos.
Emmanuel.
Fátima.
Pepe.
Piwi.
Con ellos, las cosas eran distintas.
No había tanta explicación.
No había tanto análisis.
No había que entender todo.
Solo estar.
Lo que más recuerdo de esa etapa no son grandes momentos.
Son los pequeños.
Las risas que salían sin pensarlo.
Los juegos que todavía tenían algo de infancia escondida.
Las conversaciones que empezaban de día y terminaban cuando ya era tarde.
A veces hasta las 12 de la noche, afuera de nuestras casas, como si el tiempo no importara tanto.
Y en esos momentos, había algo que se sentía muy raro para mí… pero muy bonito.
No me sentía excluida.
No me sentía diferente.
No me sentía observada.
Simplemente… era yo.
Había una mezcla extraña en esa etapa.
Ya no éramos niños como antes.
Pero tampoco éramos completamente adultos.
Y en ese punto intermedio, donde nadie sabía exactamente qué estaba pasando, encontré algo que no sabía que necesitaba.
Pertenecer sin tener que explicarme.
Y eso se quedó conmigo.
Porque en medio de todo lo que cambiaba en mi vida, esas risas se sentían como un descanso.
Como si por un momento el conejo blanco no tuviera prisa.
Y cuando todo terminaba y volvía a estar sola… no era tristeza.
Era algo más tranquilo.
Una paz que no siempre había conocido.
La sensación de haber estado exactamente donde quería estar.
Y muchas veces, incluso después de que el día terminaba, lo único que pensaba era en volver a esos momentos.
No por nostalgia.
Sino porque ahí me sentía bien.