Con el tiempo, empecé a notar algo extraño en mí.
No era un cambio grande.
No era algo evidente.
Era más bien una forma diferente de mirarme.
Ya no solo vivía las cosas.
También las observaba.
Como si una parte de mí estuviera dentro del momento…
y otra parte me estuviera viendo desde afuera.
A veces me sorprendía pensando en cosas simples.
En cómo me reía.
En cómo hablaba con mis amigos.
En cómo, sin darme cuenta, ya tenía un lugar dentro de ese grupo.
Y eso me hacía pensar.
Porque durante mucho tiempo yo había sentido que no encajaba del todo en ningún lado.
Y ahora, sin entender muy bien cómo, había lugares donde simplemente… era natural estar.
Pero lo más raro no era eso.
Lo más raro era darme cuenta de mí.
Había momentos en los que, después de reír con ellos, me quedaba pensando en lo que había sentido.
No porque estuviera mal.
Sino porque era nuevo.
Era como si estuviera empezando a descubrirme desde afuera.
Quién era cuando me sentía cómoda.
Quién era cuando no tenía que estar pensando en problemas.
Quién era cuando simplemente estaba siendo yo.
Y aunque en ese momento no lo entendía del todo, ahora sé algo:
estaba empezando a construir una versión de mí que no dependía del dolor ni del caos.
Una versión que reía.
Que pertenecía.
Que existía sin estar resolviendo nada todo el tiempo.
Pero había algo más.
Algo que me sorprendía incluso más que todo lo anterior.
Con ellos, poco a poco, empecé a ser más expresiva.
No de golpe.
No sin miedo.
Sino de manera natural, con el tiempo.
Porque con ellos no sentía que tenía que fingir.
No sentía que tenía que ser alguien distinto.
No sentía que tenía que encajar forzando una versión de mí.
Con ellos no era necesario aparentar.
Simplemente era.
Y lo más importante de todo es que, para mí, no eran solo amigos.
Eran mi familia.
Una familia distinta.
Una que no se define por la sangre, sino por la forma en que te hacen sentir cuando estás con ellos.
Y en ese lugar, por primera vez, algo dentro de mí cambió de verdad.
Ya no me sentía una flor fuera de lugar.
Había encontrado mi jardín.
Un lugar donde no tenía que esforzarme por ser aceptada.
Un lugar donde simplemente… podía crecer.