Seguimos soñando en voz alta

Capítulo XVI: Los abrazos que extrañaba

Con el tiempo, algunas cosas empezaron a hacerse evidentes para todos.
Bueno, para casi todos.
Porque mientras las personas a mi alrededor parecían notar ciertas cosas, yo seguía sin verlas.
Dentro de nuestro grupo de amigos había alguien que sentía algo por mí.
Y según me contaban después, muchos ya lo sabían.
Lo veían en la forma en que me miraba.
En la manera en que buscaba estar cerca.
En pequeños detalles que para ellos parecían obvios.
Pero yo no los veía.
Y no era porque estuviera ignorándolos.
Simplemente porque para mí la historia era diferente.
Yo los veía a todos como mi familia.
No era una forma de hablar.
De verdad los sentía así.
Ellos habían estado presentes en momentos importantes de mi vida, me habían acompañado mientras crecía y se habían convertido en personas que ocupaban un lugar especial dentro de mí.
Y él no era la excepción.
De hecho, si soy completamente honesta, yo lo veía como el hermano que siempre hubiera querido tener.
No porque me faltara amor en mi familia.
Porque tenía a mi muñequita de carne y hueso, y eso siempre me ha hecho feliz.
Pero él representaba algo distinto.
Era esa figura de hermano mayor que a veces imaginaba cuando era niña.
Alguien con quien podía sentirme tranquila.
Alguien que me hacía sentir protegida.
Alguien con quien podía ser yo sin tener que pensar demasiado.
Por eso nunca vi las cosas de la misma manera que los demás.
Mientras algunos hablaban de química, yo hablaba de confianza.
Mientras otros imaginaban una historia de amor, yo sentía que había encontrado una parte de la familia que la vida me había regalado.
Y quizás por eso nunca entendí del todo lo que estaba ocurriendo.
Porque mi corazón estaba mirando en otra dirección.
Sin embargo, había algo que sí era cierto.
Con él me sentía cómoda.
Mucho más de lo que solía sentirme con la mayoría de las personas.
Los abrazos eran un ejemplo de eso.
A veces nos abrazábamos con una naturalidad que llamaba la atención de los demás.
Y aunque muchos interpretaban esos momentos de otra forma, para mí significaban algo diferente.
Significaban calma.
Significaban confianza.
Significaban cercanía.
Porque había abrazos que no nacen del amor romántico.
Hay abrazos que nacen de sentirte seguro.
De sentirte querido.
De saber que estás junto a alguien que no representa una amenaza para tu corazón.
Y tal vez eso era lo que ocurría.
Después de tantas etapas de mi vida sintiéndome fuera de lugar, había olvidado lo mucho que necesitaba sentir ese tipo de cariño sincero.
Ese cariño que no exige nada.
Que simplemente está ahí.
Sin condiciones.
Sin expectativas.
Sin preguntas.
Lo que yo no sabía era que, mientras yo encontraba en esa amistad algo parecido a un hermano, él probablemente estaba viviendo una historia completamente distinta.
Una historia que yo tardaría mucho tiempo en comprender.
Porque a veces dos personas pueden compartir los mismos momentos y, aun así, guardar recuerdos completamente diferentes de ellos.




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