Durante mucho tiempo pensé que las personas veían mi vida tal como era.
Pero la verdad es que solo veían una parte de ella.
Veían mis sonrisas.
Veían a mis amigos.
Veían los momentos felices.
Y aunque todo eso era real, no era toda la historia.
Porque mientras afuera parecía que estaba disfrutando mi adolescencia, dentro de mí estaban ocurriendo muchas cosas que nadie veía.
Había días en los que sonreía sin problema.
Y otros en los que sonreía porque no sabía qué más hacer.
No porque quisiera mentirle al mundo.
Sino porque a veces es más fácil seguir adelante que explicar todo lo que llevas dentro.
En casa las cosas no siempre eran sencillas.
Había discusiones.
Había momentos que me hacían sentir triste.
Momentos en los que volvía a preguntarme por qué algunas historias parecían repetirse una y otra vez.
Y lo más difícil era que muchas de esas cosas estaban completamente fuera de mi alcance.
No podía solucionarlas.
No podía cambiarlas.
No podía tomar decisiones por otras personas.
Y aceptar eso fue una de las lecciones más complicadas de mi adolescencia.
Porque cuando quieres a alguien, lo último que deseas es sentirte impotente.
Pero hay situaciones que simplemente no dependen de nosotros.
Por más que lo intentemos.
Por más que nos preocupemos.
Por más que deseemos encontrar una solución.
Y mientras intentaba entender todo eso, buscaba refugio en pequeñas cosas.
Leía.
Cocinaba.
Imaginaba historias.
Soñaba despierta.
Me refugiaba en los lugares donde mi mente podía descansar por un momento.
No porque estuviera huyendo.
Sino porque necesitaba respirar.
Necesitaba encontrar espacios donde el ruido se hiciera más pequeño.
Creo que muchas personas entenderán esta parte de mi historia.
Porque crecer no siempre es emocionante.
A veces crecer significa descubrir que el mundo de los adultos también tiene grietas.
Que las personas que amas pueden equivocarse.
Que existen problemas que no puedes resolver.
Y que algunas respuestas tardan mucho tiempo en llegar.
Por fuera seguía siendo la misma chica que reía con sus amigos.
La misma que seguía soñando.
La misma que seguía construyendo recuerdos.
Pero por dentro estaba aprendiendo algo que nadie me había enseñado.
Estaba aprendiendo a vivir con preguntas que todavía no tenían respuesta.
Y aunque en ese momento no lo sabía, esa etapa también estaba formando a la persona en la que me convertiría años después.
Porque crecer no era tan fácil como imaginaba.
Pero aun así, seguía creciendo.