Seguimos soñando en voz alta

Capítulo XIX: La fuerza que no sabía que tenía

Si alguien me hubiera preguntado en aquel momento cómo estaba, probablemente habría respondido que bien.
Y en parte habría sido verdad.
Porque tenía amigos.
Tenía sueños.
Tenía momentos felices.
Pero esa no era toda la historia.
Había una parte de mí que estaba cansada.
Una parte de mí que intentaba entender demasiadas cosas al mismo tiempo.
Y creo que eso es algo que muchas personas comprenderán.
Porque crecer no solo significa cumplir años.
También significa descubrir cosas que a veces duelen.
Descubrir que el mundo no siempre funciona como imaginábamos.
Descubrir que las personas que amamos también tienen problemas.
Descubrir que existen situaciones que no podemos controlar por más que lo intentemos.
Y para alguien tan joven, todo eso puede sentirse enorme.
Lo más difícil no era lo que estaba ocurriendo a mi alrededor.
Lo más difícil era intentar entenderlo.
Intentar comprender por qué algunas cosas seguían pasando.
Intentar aceptar que había situaciones que no dependían de mí.
Intentar seguir adelante mientras por dentro cargaba preguntas que nadie podía responder por mí.
Y creo que esa fue una de las partes más solitarias de crecer.
Porque hay batallas que ocurren en silencio.
Batallas que nadie ve.
Batallas que continúan incluso cuando seguimos sonriendo frente a los demás.
Preguntas sobre mi familia.
Sobre si esto cambiaria
Sobre mí misma.
Y la verdad es que no siempre tenía respuestas.
A veces solo tenía dudas.
A veces solo tenía miedo.
A veces solo tenía el deseo de que las cosas fueran un poco más sencillas.
Hoy miro hacia atrás y me pregunto cómo hice para seguir avanzando.
Y la respuesta es que no lo sé.
No sé exactamente de dónde saqué la fuerza.
No sé cómo logré sostener tantas emociones mientras intentaba seguir siendo una adolescente normal.
No sé cómo seguí sonriendo algunos días en los que por dentro me sentía rota.
Pero lo hice.
Seguí adelante.
Paso a paso.
Día tras día.
Sin darme cuenta de que cada dificultad también me estaba enseñando algo.
Porque aunque en ese momento no podía verlo, estaba desarrollando una fortaleza que años después agradecería.
No una fortaleza perfecta.
No una fortaleza que me hiciera invencible.
Sino una mucho más real.
La fortaleza de seguir caminando incluso cuando no entiendes el camino.
La fortaleza de continuar cuando las respuestas todavía no llegan.
La fortaleza de sostenerte mientras intentas descubrir quién eres.
Y quizá esa fue una de las lecciones más importantes de mi adolescencia.
Que a veces somos mucho más fuertes de lo que creemos.
Incluso cuando todavía no lo sabemos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.