A pesar de todo, nunca dejé de imaginar.
Y cuando digo imaginar, no me refiero solamente a soñar despierta.
Me refiero a esa costumbre que tenía de pensar en la vida que quería construir algún día.
Porque cuando las cosas a mi alrededor se sentían complicadas, mi mente siempre encontraba la manera de viajar un poco más lejos.
A veces imaginaba lugares.
A veces imaginaba momentos.
A veces imaginaba a la persona en la que quería convertirme.
No eran planes perfectamente organizados.
Ni metas escritas en una libreta.
Eran pequeños destellos de esperanza.
La idea de que algún día las cosas serían diferentes.
La idea de que existirían días más tranquilos.
La idea de que todo lo que estaba viviendo tendría algún sentido.
Y aunque muchas veces no sabía cómo llegar hasta ahí, me gustaba creer que era posible.
Porque cuando estás creciendo en medio de la incertidumbre, la esperanza se convierte en una compañía silenciosa.
No resuelve los problemas.
No elimina las preocupaciones.
Pero te recuerda que la historia todavía no termina.
Hoy entiendo que aquellas imaginaciones no eran una forma de escapar de mi realidad.
Eran una forma de resistirla.
De recordarme que existía algo más allá de los días difíciles.
Que existía una versión futura de mí que todavía no conocía.
Y aunque no sabía quién sería esa persona, quería conocerla.
Quería descubrir qué cosas lograría.
Qué sueños cumpliría.
Qué capítulos le esperaban más adelante.
Porque incluso en los momentos en los que me sentía perdida, había algo dentro de mí que seguía creyendo.
Y a veces, eso era suficiente para seguir avanzando.