Seguimos soñando en voz alta

Capítulo XXII: Un alma libre

Si alguien me hubiera preguntado qué quería ser cuando creciera, probablemente le habría dado una respuesta distinta cada vez.
Y la verdad es que ninguna habría sido mentira.
Porque durante mucho tiempo imaginé muchas versiones diferentes de mi futuro.
Hubo momentos en los que soñé con convertirme en chef repostera.
Me gustaba la idea de crear algo con mis propias manos.
De transformar ingredientes simples en algo que pudiera hacer feliz a alguien.
También hubo una época en la que pensé en la fotografía.
Me gustaba la idea de capturar momentos.
De guardar recuerdos.
De encontrar belleza en cosas que otras personas podían pasar por alto.
Y aunque escribía algunas veces, nunca pensé que aquello pudiera llevarme a algún lugar.
Eran pensamientos.
Historias.
Pedazos de mí que terminaban en hojas que no estaban hechas para que nadie más las leyera.
Ni siquiera estaba segura de hacerlo bien.
Pero aun así seguía escribiendo.
Porque algunas emociones encuentran su lugar en las palabras antes de encontrarlo en cualquier otra parte.
Lo curioso es que, más allá de todos esos sueños, había algo que siempre permanecía igual.
La libertad.
Nunca me imaginé viviendo una vida que se sintiera como una prisión.
No porque hubiera algo malo en quienes soñaban con oficinas, hospitales o tribunales.
Simplemente porque yo no era así.
Mientras otras personas encontraban seguridad en la estabilidad, yo encontraba felicidad en la posibilidad.
En la idea de crear.
De explorar.
De descubrir.
De construir una vida que se sintiera auténtica para mí.
Quizás por eso me costaba elegir una sola respuesta cuando me preguntaban sobre mi futuro.
Porque no soñaba con una profesión.
Soñaba con una forma de vivir.
Quería despertar sintiendo que mi vida me pertenecía.
Quería hacer algo que me apasionara.
Quería tener la libertad de seguir siendo yo.
Y aunque en ese momento no tenía idea de cómo lograrlo, había algo que sí sabía.
No quería convertirme en alguien que viviera esperando los fines de semana para sentirse feliz.
No quería pasar la vida contando los días.
Quería vivirla.
Porque incluso siendo tan joven, ya había aprendido algo importante.
La vida es demasiado valiosa para pasarla sintiéndote atrapada.
Y aunque todavía no conocía el camino que me esperaba, una parte de mí ya sabía quién quería ser.
Un alma libre.
Y quizá ese fue el sueño más constante de todos.




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