Hay algo que siempre me llamó la atención.
Sin importar dónde estuviera o quién estuviera frente a mí, las personas terminaban contándome cosas de su vida.
A veces eran amigos.
Otras veces familiares.
Incluso personas que no me conocían desde hacía mucho tiempo.
Y aunque nunca entendí completamente por qué ocurría, sucedía una y otra vez.
Quizás era porque me gustaba escuchar.
Quizás era porque intentaba comprender antes de juzgar.
O quizás porque yo también sabía lo que era guardar cosas dentro de uno mismo.
Con el tiempo empecé a darme cuenta de que cada persona estaba luchando batallas que los demás no podían ver.
Y tal vez por eso me costaba juzgar a alguien sin conocer su historia.
Porque yo sabía lo fácil que era sonreír por fuera mientras por dentro ocurrían muchas cosas.
Me gustaba escuchar a las personas.
No porque tuviera respuestas para todo.
La mayoría de las veces no las tenía.
Pero había algo valioso en sentirse escuchado.
A veces las personas no necesitan soluciones.
Necesitan saber que alguien las entiende.
O al menos que alguien está dispuesto a intentarlo.
Durante esos años aprendí mucho observando a los demás.
Escuchando sus historias.
Conociendo sus miedos.
Sus sueños.
Sus decepciones.
Y poco a poco descubrí algo.
Todos estamos intentando resolver algo.
Todos estamos aprendiendo algo.
Todos estamos cargando algo.
Algunos lo muestran.
Otros lo esconden muy bien.
Pero nadie atraviesa la vida completamente libre de batallas.
Quizás por eso me gustaba tanto conocer a las personas.
Porque detrás de cada sonrisa había una historia.
Y detrás de cada historia había una razón que explicaba muchas cosas.
Sin darme cuenta, esas conversaciones también me ayudaban a crecer.
Porque mientras intentaba comprender a los demás, también iba aprendiendo un poco más sobre mí misma.
Y aunque todavía tenía muchas preguntas sin responder, comenzaba a entender algo importante.
Las personas somos mucho más de lo que mostramos al mundo.