Hay personas que aparecen en tu vida y dejan una huella.
Y luego están aquellas que se quedan cuando todo se está derrumbando.
Durante esa etapa hubo días en los que sentía que ya no podía más.
El dolor no desaparecía.
La tristeza seguía ahí.
Y la vida parecía avanzar demasiado rápido para alguien que todavía estaba intentando entender lo que había ocurrido.
La escuela no era fácil.
Nada era fácil.
Mientras por fuera intentaba seguir siendo una adolescente, por dentro estaba enfrentando cosas que no correspondían a mi edad.
Y sin darme cuenta, la vida me obligó a asumir responsabilidades que nunca imaginé tener.
Yo tenía una hermana mayor.
Sin embargo, por circunstancias que no elegí, terminé ocupando un papel que no me correspondía.
Tuve que ser fuerte cuando no me sentía fuerte.
Tuve que cuidar cuando también necesitaba que alguien cuidara de mí.
Tuve que ser estudiante mientras intentaba sostener emociones que apenas podía comprender.
Y hubo momentos en los que sentí que estaba creciendo demasiado rápido.
Como si la vida hubiera decidido saltarse algunas etapas.
Como si una parte de mi adolescencia se hubiera perdido en medio de todo lo que estaba ocurriendo.
Pero incluso en los días más difíciles, no estuve completamente sola.
Pepe estuvo ahí.
Fátima estuvo ahí.
Emmanuel estuvo ahí.
Cada uno a su manera.
Cada uno acompañándome en una etapa que todavía me cuesta recordar sin sentir algo en el corazón.
Pero si soy honesta, hubo algo especial en la forma en que Pepe estuvo presente.
Porque cuando me quebré, él no se alejó.
Cuando el peso se volvió demasiado grande, él permaneció.
Fue una de las pocas personas a las que me atreví a contarle lo que estaba viviendo.
Y aunque nunca encontró una solución mágica para mis problemas, me dio algo que necesitaba mucho más.
Compañía.
Escucha.
Comprensión.
A veces pensamos que ayudar a alguien significa encontrar las palabras perfectas.
Pero no siempre es así.
Hay ocasiones en las que un abrazo sincero hace más que cualquier consejo.
Y durante aquellos años, algunos de esos abrazos se convirtieron en refugios para mí.
Refugios en medio del caos.
Refugios en medio del dolor.
Refugios en medio de una etapa en la que sentía que estaba perdiendo demasiadas cosas al mismo tiempo.
Hoy miro hacia atrás y entiendo algo.
No sobreviví sola.
Hubo personas que me ayudaron a sostener los pedazos cuando yo sentía que ya no podía hacerlo.
Y aunque muchas veces el dolor ocupa más espacio en nuestros recuerdos, también es importante recordar a quienes estuvieron ahí mientras atravesábamos la tormenta.
Porque algunas personas no te salvan.
Pero te acompañan mientras aprendes a salvarte a ti misma.
Y eso también es una forma de amor.