Para entonces ya no era una niña.
La vida se había encargado de enseñarme demasiadas cosas en muy poco tiempo.
Había trabajado.
Había estudiado.
Había llorado.
Había crecido.
Y aunque todavía me quedaba mucho por aprender, comenzaba a convertirme en una joven que sabía lo que quería para su vida.
O al menos lo que no quería.
Una de las primeras batallas que tuve que enfrentar fue la de mis propios sueños.
Mi papá tenía una idea distinta para mi futuro.
Él quería que fuera abogada.
Y puedo entenderlo.
Como muchos padres, deseaba verme convertida en alguien exitoso según la idea que él tenía del éxito.
Pero mi corazón estaba en otro lugar.
Yo soñaba con la repostería.
Soñaba con crear.
Con aprender.
Con construir algo que me apasionara de verdad.
Y por primera vez en mucho tiempo decidí mantenerme firme.
No porque quisiera desafiar a mi papá.
Sino porque entendí que nadie podía vivir mi vida por mí.
Los sueños prestados nunca se sienten propios.
Y yo necesitaba descubrir mi propio camino.
Aquella decisión no fue sencilla.
Hubo desacuerdos.
Hubo decepciones.
Hubo momentos en los que sentí que estaba fallándole a alguien.
Pero también hubo algo que nunca desapareció.
La certeza de que debía ser fiel a mí misma.
Porque después de todo lo que había vivido, había aprendido una lección importante.
Si iba a equivocarme, quería hacerlo siguiendo mis propios pasos.
No los de alguien más.
Y mientras luchaba por mis sueños, también me di cuenta de algo curioso.
Aquella armadura que había construido seguía ahí.
Todavía protegía partes de mí.
Todavía me ayudaba a mantener distancia de ciertas heridas.
Durante mucho tiempo pensé que sería así para siempre.
Que después de todo lo que había vivido ya no volvería a abrir completamente mi corazón.
Que algunas puertas permanecerían cerradas.
Y sinceramente, estaba convencida de ello.
Porque una cosa era volver a soñar con mi futuro.
Y otra muy distinta era volver a creer en el amor.
Pensaba que esa historia ya había quedado atrás.
Que pertenecía a otra etapa de mi vida.
A otra versión de mí.
Pero la vida tiene una forma curiosa de sorprendernos.
Porque justo cuando creía tener todas esas puertas bien cerradas, alguien apareció.
Y sin saberlo, comenzó a tocar una de ellas.