Después de todo lo que había vivido, estaba convencida de algo.
Mi corazón ya no era el mismo.
Había aprendido a protegerse.
Había aprendido a desconfiar un poco más.
Había aprendido a sobrevivir.
Y durante mucho tiempo pensé que eso era suficiente.
Creía que algunas puertas de mi vida habían quedado cerradas para siempre.
Especialmente aquella que hablaba del amor.
No porque hubiera dejado de creer en él.
Sino porque ya no esperaba encontrarlo.
Y entonces apareció alguien.
No voy a decir su nombre.
Porque esta historia nunca se trató de nombres.
Se trata de las huellas que algunas personas dejan en nuestra vida.
Y él dejó una.
Cuando llegó, no sabía todo lo que estaba cambiando dentro de mí.
Yo tampoco lo sabía.
Solo sé que poco a poco comenzó a derribar muros que había construido durante años.
Muros que parecían imposibles de mover.
Muros que yo misma pensaba que permanecerían ahí para siempre.
Con él volví a descubrir partes de mí que creía perdidas.
La parte cariñosa.
La parte que se emocionaba.
La parte que soñaba con compartir la vida con alguien.
La parte que todavía tenía muchísimo amor para dar.
Porque si algo aprendí en aquellos años es que el dolor puede esconder nuestra esencia.
Pero no puede destruirla.
Y él me ayudó a recordarlo.
Por primera vez me enamoré de verdad.
No como los sentimientos inocentes de la infancia.
No como los sueños que uno tiene cuando apenas empieza a entender lo que significa querer a alguien.
Esto era diferente.
Más profundo.
Más real.
Más consciente.
Por primera vez imaginé un futuro junto a otra persona.
Por primera vez compartí con alguien no solo mis alegrías, sino también mi historia.
Mis heridas.
Mis miedos.
Mis sueños.
Él conoció partes de mí que pocas personas habían visto.
Y sin darme cuenta, comenzó a devolverle sentido a cosas que había dejado de celebrar.
Mi cumpleaños volvió a sentirse especial.
San Valentín dejó de ser una fecha cualquiera.
El futuro dejó de parecer una idea lejana.
Y por un tiempo, creí que había encontrado aquello que tantas personas buscan durante toda su vida.
Pensé que había encontrado mi para siempre.
Pensé que había encontrado al amor de mi vida.
Pero la vida, una vez más, tenía otros planes.
Aunque eso es una historia para otro capítulo.
Porque antes de hablar de cómo terminó, hay algo más importante que recordar.
Y es que, durante un tiempo, alguien logró recordarme que debajo de todas mis heridas seguía existiendo una mujer capaz de amar con todo el
corazón.
Y eso también cambió mi vida para siempre.