Hay despedidas que duelen por quien se va.
Y hay despedidas que duelen por todo lo que se llevan consigo.
Durante cuatro años construí una historia junto a alguien que llegó a mi vida cuando menos lo esperaba.
Cuatro años de recuerdos.
De sueños.
De planes.
De promesas que parecían reales.
Cuatro años imaginando un futuro que, en mi corazón, ya existía.
Y quizás por eso dolió tanto cuando terminó.
Porque no sentí que estaba perdiendo solamente a una persona.
Sentí que estaba perdiendo una parte de mi vida.
Una parte de mí.
Durante mucho tiempo pensé que había encontrado a mi para siempre.
Pensé que aquella historia llegaría hasta el final.
Pensé que todas las piezas finalmente habían encontrado su lugar.
Y cuando todo se rompió, no supe qué hacer con los pedazos.
Porque el dolor no venía únicamente de la ruptura.
Venía de todo lo que desaparecía junto con ella.
Los planes.
Los sueños.
Las fechas que tenían significado.
Las conversaciones sobre el futuro.
La versión de mí que existía cuando estaba enamorada.
Todo parecía desvanecerse al mismo tiempo.
Y por primera vez comprendí algo que nadie me había explicado.
Cuando amas de verdad, no solo entregas tu corazón.
También entregas partes de tu vida.
Partes de tus ilusiones.
Partes de tus sueños.
Y cuando esa historia termina, a veces sientes que esas partes se van con la otra persona.
Eso fue lo que me ocurrió.
Porque él había conocido mi historia.
Había conocido mis heridas.
Había conocido mis miedos.
Y también había conocido la versión más amorosa de mí.
La que había permanecido escondida durante años.
La que volvió a creer.
La que volvió a confiar.
La que volvió a imaginar un futuro bonito.
Y cuando aquella historia terminó, sentí que me perdía otra vez.
Como si después de haber encontrado mi camino, volviera a quedarme sin mapa.
Como si una parte de mí hubiera desaparecido junto con aquella relación.
Durante mucho tiempo pensé que nunca volvería a ser la misma.
Y quizás tenía razón.
Porque las personas que amamos dejan huellas.
Algunas pequeñas.
Otras imposibles de borrar.
Él dejó una de las más profundas.
No porque fuera perfecto.
No porque nuestra historia fuera perfecta.
Sino porque fue real.
Y las historias reales son las que más nos transforman.
Por mucho tiempo creí que había perdido una parte de mí cuando él se fue.
Lo que todavía no sabía era que esas partes seguían dentro de
mí.
Solo tenía que aprender a encontrarlas de nuevo.