Cuando una relación termina después de tantos años, nadie te explica qué hacer con todos los pedazos que quedan.
Porque no solo pierdes a una persona.
También pierdes rutinas.
Sueños.
Costumbres.
Planes que imaginabas viviendo algún día.
Y durante un tiempo sentí exactamente eso.
Como si estuviera intentando reconstruir una vida que ya no reconocía.
Después de aquella ruptura pensé que había perdido demasiado.
Había perdido una historia que creía eterna.
Había perdido una versión de mí que durante años había construido junto a alguien más.
Y aunque el dolor fue enorme, con el tiempo comprendí algo importante.
Aquella experiencia también me enseñó cosas que necesitaba aprender.
Aprendí a caminar sola otra vez.
Aprendí a no depender de una mano para sentirme completa.
Aprendí a escucharme cuando el silencio parecía demasiado fuerte.
Y, sobre todo, aprendí a dejar de compararme con los demás.
Durante mucho tiempo había sentido que me faltaban cosas.
Que debía parecerme a otras personas.
Que quizás debía ser diferente para merecer ciertas cosas.
Pero aquella etapa me obligó a descubrir algo que cambiaría mi vida para siempre.
Mi valor nunca dependió de parecerme a nadie.
Dependía de ser yo.
Con mis virtudes.
Con mis defectos.
Con mi historia.
Con mis cicatrices.
Mientras intentaba reconstruirme, la vida decidió sorprenderme de una forma que jamás imaginé.
Fue en uno de mis trabajos donde conocí a una persona que terminaría convirtiéndose en una de las más importantes de mi vida.
Mi mejor amiga.
Mi alma gemela en amistad.
Mi otra mitad.
Mi persona.
Y aunque muchas personas hablan del amor romántico como el amor más importante que existe, yo aprendí algo diferente.
Las amistades también pueden salvarte.
Porque cuando sentía que la vida se me escapaba entre las manos, ella apareció.
No llegó para borrar mi dolor.
No llegó para resolver mis problemas.
Llegó para acompañarme.
Y a veces eso es mucho más valioso.
Estuvo presente en días donde apenas podía sostenerme.
Escuchó mis silencios.
Mis lágrimas.
Mis miedos.
Y conoció versiones de mí que todavía estaban intentando sanar.
Aun así, decidió quedarse.
Con el tiempo entendí que algunos de los regalos más importantes de la vida llegan disfrazados de personas.
Y ella fue uno de esos regalos.
Porque mientras yo intentaba encontrarme otra vez, su amistad me recordó que no tenía que hacerlo sola.
Por eso, cuando recuerdo aquella etapa, no pienso únicamente en lo que perdí.
También pienso en lo que encontré.
Porque mientras una historia llegaba a su final, otra comenzaba.
Y sin saberlo, estaba conociendo a una persona que se convertiría en familia elegida para el resto de mi vida.
Mi mejor amiga.
Mi alma gemela en amistad.
Mi persona.
Sharon.
La vida me quitó muchas cosas durante aquellos años.
Algunas me rompieron el corazón.
Otras me obligaron a crecer antes de tiempo.
Pero también me regaló personas extraordinarias.
Y ella fue una de ellas.
Porque cuando sentí que me estaba perdiendo, su amistad me ayudó a encontrar el camino de regreso.
Y aunque esta historia habla de sueños, pérdidas, amor y reconstrucción, sería imposible contarla sin hablar de ella.
Porque algunas personas no llegan a tu vida para acompañarte un momento.
Algunas llegan para quedarse.
Y Sharon fue una de esas personas.