Hay amistades que duran un tiempo.
Y hay amistades que llegan para convertirse en parte de tu historia.
Conocí a Sharon en uno de mis trabajos, en una etapa donde ambas estábamos intentando sanar nuestras propias heridas.
Nuestras historias no eran exactamente iguales.
Nuestras edades tampoco.
Pero había algo que entendíamos perfectamente.
El dolor de perder a alguien que alguna vez imaginamos en nuestro futuro.
Y quizás por eso conectamos tan rápido.
Porque a veces las personas no llegan a nuestra vida por casualidad.
Llegan cuando más las necesitamos.
Nuestra amistad nació de forma espontánea.
Sin planes.
Sin esfuerzo.
Simplemente ocurrió.
Y desde el principio hubo algo diferente.
Algo que jamás había experimentado en una amistad.
Con ella podía ser yo.
La versión alegre.
La versión rota.
La versión soñadora.
La versión que todavía estaba intentando encontrarse a sí misma.
Y nunca sentí que tenía que fingir.
Nunca sentí que debía ocultar partes de mí.
Por supuesto que en mi vida ya habían existido amistades importantes.
Personas que también ocuparon un lugar especial en mi corazón.
Pero lo que construí con Sharon fue distinto.
Porque algunas personas llegan para acompañarte.
Y otras llegan para quedarse.
Ella fue una de esas personas.
Con el tiempo se convirtió en mi mejor amiga.
Mi hermana elegida.
Mi refugio.
Mi persona.
Y mientras los años pasaban, entendí algo que jamás había pensado cuando era más joven.
Las almas gemelas no siempre llegan en forma de pareja.
A veces llegan en forma de amistad.
A veces llegan para enseñarte que el amor también existe en los abrazos de una amiga, en las conversaciones interminables, en las risas compartidas y en la certeza de saber que alguien estará ahí incluso en tus peores días.
Por eso siempre voy a agradecer aquel trabajo.
Porque además de enseñarme muchas cosas, me regaló una de las bendiciones más grandes de mi vida.
Me regaló a Sharon.
Y aunque la vida cambie, los años pasen y los caminos se transformen, hay personas que se convierten en hogar.
Ella es una de ellas.
Porque si hay algo que siempre he admirado de Sharon es su valentía.
Es una persona decidida.
De esas que no se quedan esperando a que la vida decida por ellas.
De esas que enfrentan las cosas de frente.
Y sin darse cuenta, me enseñó mucho.
Porque hubo momentos en los que yo dudaba de mí.
Momentos en los que el miedo intentaba convencerme de no avanzar.
Y ella me recordaba que era más fuerte de lo que creía.
No me enseñó a ser alguien diferente.
Me enseñó a reconocer la fuerza que ya existía dentro de mí.
Por eso nuestra amistad significó tanto.
Porque además de encontrar una mejor amiga, encontré a una persona que me inspiró a ser más valiente.
Y a veces eso también es una forma de amor.
De las más bonitas que existen.