Seguimos soñando en voz alta

Capítulo XLIII: El abrazo de mi ángel

Hubo momentos en mi vida en los que sentí que ya no podía más.
Momentos donde las caídas parecían más fuertes que mis ganas de seguir adelante.
Porque una cosa es levantarte una vez.
Y otra muy distinta es hacerlo una y otra vez.
Caer.
Levantarte.
Volver a caer.
Y encontrar fuerzas para levantarte de nuevo.
Durante años viví así.
Y si soy sincera, todavía no sé de dónde saqué tantas fuerzas.
Solo sé que seguí caminando.
Aunque muchas veces quisiera detenerme.
Aunque hubiera días donde sentía que ya no podía cargar con nada más.
Pero hubo algo que siempre permaneció dentro de mí.
Una tristeza silenciosa que había guardado desde muy pequeña.
La ausencia de mi abuelita Chayo.
Yo era apenas una bebé cuando ella se fue.
Y durante mucho tiempo sentí que la vida nos había robado algo.
Porque ella no pudo verme crecer.
No pudo conocer a la persona en la que me convertiría.
Y yo tampoco tuve la oportunidad de conocerla realmente.
Con los años comencé a sentir culpa por algo que ni siquiera estaba bajo mi control.
Me dolía no recordar su voz.
Me dolía no recordar sus abrazos.
Me dolía sentir que no tenía recuerdos propios de ella.
Y aunque sabía que era imposible exigirle memoria a una bebé, mi corazón seguía sintiendo aquella ausencia.
Hasta que una noche ocurrió algo que jamás olvidaré.
Soñé con ella.
Y no fue un sueño cualquiera.
Se sintió distinto.
Se sintió real.
En aquel sueño me abrazó.
Y por primera vez sentí algo que había buscado durante años.
Paz.
Recuerdo sus palabras.
O al menos las que mi corazón nunca olvidó.
Me dijo:
"Mi niña, no llores más. Yo siempre he estado contigo, jamás me fui."
Me dijo que estaba bien.
Que me veía.
Que estaba orgullosa de mí.
Que cuidara a mis hermanas.
Y que, aunque debía continuar su viaje, nunca dejaría de acompañarme.
"Siempre voy a estar contigo en cada paso que des."
No sé cómo explicarlo.
Pero en aquel momento sentí que una parte de mí sanó.
Como si durante años hubiera estado esperando escuchar exactamente eso.
Como si toda la culpa, toda la tristeza y todas las preguntas que había guardado encontraran por fin un lugar donde descansar.
Y aunque muchas personas podrán interpretar aquel sueño de formas distintas, para mí significó algo muy especial.
Porque cuando desperté, algo dentro de mí había cambiado.
No desaparecieron los problemas.
No desaparecieron las heridas.
No desapareció el dolor que todavía estaba aprendiendo a sanar.
Pero apareció algo que necesitaba desesperadamente.
Esperanza.
La sensación de que todavía podía seguir adelante.
La sensación de que no estaba sola.
Y la certeza de que algunas personas dejan este mundo, pero jamás abandonan nuestro corazón.
Me pasé gran parte de mi vida preguntándome si ella habría estado orgullosa de mí.
Aquella noche sentí que por fin conocía la respuesta.
Aquel sueño no resolvió mi vida.
Pero sí me dio algo que necesitaba para continuar caminando.
La fuerza para levantarme una vez más.
Y seguir soñando en voz alta.




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