Con el tiempo entendí muchas cosas.
Entendí que desde que nacemos no sabemos lo que nos espera.
Que vamos creciendo creyendo en historias que parecen sencillas, hasta que la vida nos muestra que el mundo es mucho más complejo de lo que imaginábamos.
Entendí que crecer significa descubrir realidades que ninguna película nos enseñó.
Que existen despedidas.
Pérdidas.
Errores.
Corazones rotos.
Y momentos donde sentimos que ya no podemos más.
Pero también entendí algo igual de importante.
Que no importa dónde nacimos.
No importa cuánto nos faltó.
No importa cuántas veces nos caímos.
Porque si no nacimos en un castillo, podemos construir el nuestro.
Ladrillo por ladrillo.
Sueño por sueño.
Esfuerzo por esfuerzo.
Aprendí que nadie vendría a rescatarme.
Que el príncipe azul no llegaría para cumplir mis sueños.
Y que la persona responsable de cambiar mi vida siempre fui yo.
No fue una lección sencilla.
Me tomó años entenderla.
Me tomó lágrimas.
Errores.
Caídas.
Y caminos que jamás imaginé recorrer.
Pero hoy puedo mirar hacia atrás y agradecer cada una de esas experiencias.
Porque todas dejaron algo.
Todas me enseñaron algo.
Todas ayudaron a construir a la mujer que soy hoy.
Cometí errores.
Muchos.
Algunos me dolieron durante años.
Pero también me dejaron lecciones que jamás habría aprendido de otra manera.
Y aunque hubo momentos donde dudé de mí misma, descubrí algo que siempre estuvo dentro de mí.
Tengo una capacidad inmensa de amar.
De creer.
De volver a intentarlo.
De encontrar belleza incluso en los momentos difíciles.
Y sobre todo, aprendí a no rendirme.
Porque hubo días donde escuché una voz dentro de mí diciendo que ya no podía continuar.
Y aun así seguí.
Paso a paso.
Sin prisa.
Porque entendí que Roma no se construyó en un día.
Y tampoco una vida.
Hoy sé que no soy perfecta.
Nunca lo seré.
Pero también sé algo que durante mucho tiempo me costó reconocer.
Estoy orgullosa de mí.
Orgullosa de la niña que soñó.
Orgullosa de la adolescente que sobrevivió.
Y orgullosa de la mujer que decidió seguir adelante cuando habría sido más fácil rendirse.
Porque cada batalla que enfrenté me convirtió en quien soy.
Y si algo espero que este libro deje en quienes lo lean, es la certeza de que ninguna caída define el resto de nuestra historia.
Siempre podemos volver a levantarnos.
Siempre podemos volver a creer.
Y siempre podemos seguir soñando en voz alta.