La noche había vaciado el campus de voces, pero no de lluvia. Golpeaba los ventanales del laboratorio con una insistencia casi musical, y Elías llevaba horas dejando que ese ritmo marcara el compás de sus dedos sobre el teclado. Casi media noche. Una veintena de pestañas abiertas. Una taza de té tan fría que ya no merecía el nombre, y que aun así seguía rodeando con la mano, como si el recuerdo del calor bastara.
La luz azul de los monitores le recortaba el perfil en la oscuridad: los pómulos afilados por el cansancio, las ojeras que ya eran parte de su rostro, el mechón oscuro que le caía sobre la frente y que llevaba horas sin apartar. Alrededor, las maquinas zumbaban como animales dormidos. Aquel era su reino, y le gustaba. Allí nada dolía. Un problema tenía solución o no la tenía. Y el mundo, por una vez, se comportaba con lógica.
Entonces la puerta se abrió de golpe y la lógica se hizo pedazos.
Elías no necesitó girarse. Conocía ese modo de entrar en una habitación, como si el aire se apartara a su paso. Conocía el eco de los zapatos sobre el suelo, y la manera en que el silencio cambiaba de forma cuando él llegaba.
Dante entró con la camiseta del equipo hecha un desastre, manchada de lodo y hierba, la ceja partida y esa sonrisa insolente que hacía suspirar a media universidad. Traía el pelo empapado pegado a la frente, y dos vasos de café de la máquina del piso de abajo. El aroma de la lluvia y del partido venían con él, y por un instante absurdo Elías pensó que olía a victoria. Si es que la victoria tenía un olor.
–Ganamos –anunció Dante, y lo dijo como quien deposita un tesoro a los pies de un rey–. Tres a dos. Anoté el último en el minuto noventa. Tendrías que haberlo visto.
–Lo escuché –Elías mantuvo los ojos fijos en la pantalla, aunque sus dedos quedaron suspendidos sobre las teclas–. Medio campus lo gritó. Creo que los oí desde aquí.
–Medio campus no me importa. –Dante dejó uno de los vasos junto a su codo y se sentó en el borde del escritorio, demasiado cera, como siempre–. Dijiste que estarías ahí.
Una gota de sangre cayo de la mejilla de Dante y fue a morir sobre la barra espaciadora.
–Estás sangrando sobre mi teclado –respondió Elías, ignorando la acusación.
–Y tú llevas dos días sin dormir. Estamos a mano. –Dante ladeo la cabeza, y la sonrisa se le transformo en algo que Elías no supo descifrar, algo que le dolía de un modo extraño debajo de las costillas–. Uno de los dos tiene que cuidar al otro.
Elías por fin levanto los ojos.
Fue un error.
Siempre lo era.
El botiquín vivía en el segundo cajón, bajo una pila de cables y un cuaderno de apuntes. Elías lo sacó sin preguntar y sin dudar. Lo había comprado en septiembre del primer año, después de la tercera vez que Dante volvió de un entrenamiento con la rodilla abierta, y jamás lo había mencionado. Dante, por su parte, jamás había preguntado por qué un programador guardaba gasas, antiséptico y una cajita con tiritas de dinosaurios, que era lo único que quedaba en la farmacia aquel día.
–Quédate quito.
–Siempre me dices lo mismo.
–Siempre te mueves.
Dante obedeció. Elías se inclinó hacia él y le sostuvo la barbilla con dos dedos para girarle el rostro hacia la luz. La piel estaba caliente, áspera de barba incipiente de algunos días. Bajo su pulgar, el pulso de Dante todavía latía rápido, desbocado por el partido, y Elías fingió con todas sus fuerzas que no lo notaba. Paso la gasa por el corte con una delicadeza que no usaba para nada más en el mundo, salvo quizá para el código.
–Auch.
–No seas bebé.
–No soy un bebé. Soy el capitán y tengo una reputación.
–Y yo tengo el antiséptico.
Dante rió, pero la risa se le apagó a la mitad, como una vela a la que le falta oxígeno. Se quedo callado tanto tiempo que Elías creyó que no diría nada.
–Había un hombre en la tribuna –dijo por fin, en voz baja–. Traje gris, una libreta y un paraguas que nunca usó. Rodrigo me contó después que era del club de la capital. Un ojeador. Fue a verme.
–Eso es lo que querías.
–Es lo que quiere que todo el mundo que yo quiera –Dante miró hacia la ventana, hacia la lluvia, hacia ningún sitio–. Mi padre ya llamó. Dos veces antes de que terminara el partido, ¿puedes creerlo? Y el entrenador me miraba como si ya me hubiera vendido. Todos me miran como si yo fuera lo que hago y no lo que soy. Y cuando entro aquí... –se interrumpió, buscando las palabras como quien busca un interruptor en la oscuridad–. Aquí es el único sitio donde no tengo que ser nada.
Elías pego la tirita de dinosaurios obre el corte, despacio, alisando los bordes con el pulgar. Quizá demasiado despacio.
–Eres el idiota que sangra sobre mi teclado –dijo al fin, y era lo más cercano a una confesión que se permitía–. Eso es lo que eres aquí. Y es suficiente.
Dante lo miró.
Lo miro de verdad, con esos ojos de color ámbar oscuro que siempre parecían a punto de decir algo más.
–Tú eres el único que me lo dice sin esperar nada a cambio.
El aire entre ambos pesaba. Elias retiró la mano y se puso a recoger el botiquín con una eficiencia fingida, porque el silencio se había vuelto demasiado denso para romperlo.
–La jugada del tercer gol –murmuró solo por decir algo–. El pase largo al extremo, ¿fue el que te marqué?
Dante parpadeó.
–Pasaste varias noches analizando los partidos del rival, descubriste que su lateral izquierdo siempre se adelantaba –sonrió, despacio, y esta vez la sonrisa le llegó a los ojos–. La ejecuté tal cual, cada paso. Sabía que funcionaria porque la habías hecho tú.
Elías sintió el calor subirle por el cuello y agradeció, por primera vez en su vida, la penumbra del laboratorio.
El amanecer llegó como una disculpa: pálido, tímido, tiñendo de oro los charcos que se habían formado por todo el campus. La lluvia por fin había cedido y el campus entero olía a tierra mojada y promesas aplazadas.