Segunda Jugada

Capítulo 2

Ryan

—¡Reed, mueve tu culo a la pista! —grito cuando veo a uno de mis mejores jugadores al teléfono mientras frunce el ceño y mira en mi dirección. Todavía se le puede hacer crecer aún más su talento, así que me gusta explotarlo todo lo que puedo.

Miro fijamente qué puntos tendré que mejorar en ellos antes de suspirar cuando noto que me faltan jugadores en el hielo. Miro hacia el otro lado, dándome cuenta de que se están riendo como si esto fuese un puto jardín de niños, esa es la razón por la cual dejo mi puesto y camino hacia ellos, quienes, cuando se dan cuenta de que estoy a unos pocos pasos, dejan de reírse y se ponen de pie mirándome de la misma forma en la que supongo los cerdos miran el matadero cuando los mandan.

—Entrenador... —balbucean como niños que no comprenden lo que es el habla.

—¿Por qué no están en el hielo? No vine aquí para verlos perder el tiempo, así que metan sus traseros al hielo —gruño y ellos se miran los unos a los otros.

—Señor... no nos permiten entrar al hielo. —Ahora sí que esto es divertido.

Por un momento creo que es una broma la que me tienen, pero al ver que ellos siguen notándose nerviosos y no están riéndose quiero creer que de verdad están hablando en serio, pero es algo absurdo. Desde hace cuatro años, cuando tomé el puesto de entrenador en el equipo, nunca nadie se ha metido con lo que mis jugadores deben hacer y mucho menos prohibirles el hielo sin mi autorización; al fin y al cabo sé perfectamente lo que cada uno de ellos necesita. Puedo ser fuerte, pero nunca me extremo porque no quiero dañarlos, quiero sacarles el máximo potencial.

—¿Y se puede saber quién está dando putas órdenes sin mi consentimiento sobre ustedes? —gruño y todos se dan cuenta de que de verdad no estoy de humor.

Y no es para menos, tuve un día de perros luego de que tuviera que hacer control de calidad cuando mi exmujer salió en una entrevista hablando estupideces sobre mí. Curioso que no mencionó las múltiples veces en las que ella me engañó, pero sí que me pintó como un obsesivo controlador, cosa que no soy, pero según ella el peor hombre que conoció en su vida y, aun así, me sigue escribiendo cuando parece que nadie le hace caso.

—La doctora...

Frunzo el ceño porque Jazmín, la doctora que conozco, siempre viene y me consulta antes de sacar a los chicos del hielo, es por eso que me paso una mano por el pelo y camino con los jugadores siguiéndome en silencio y confundidos.

Estoy por ir a la estación de enfermería donde suele estar Jazmín, pero me detengo al ver a uno de los altos mandos y con quien hablé en el momento en que quise que me dieran libertad. Ellos me buscaron e hicieron todo para tenerme aquí, es la razón por la cual gozo de muchos privilegios.

—Oh, Ruff, a ti te estaba buscando para...

—Tu doctora está sacando a mis jugadores del hielo sin consultarme —lo corto molesto y él me mira frunciendo el ceño—Siempre he sido muy específico de que nadie se meta con la manera en que entreno a los chicos y creo que es momento de que me digas por qué están rompiendo mis malditas reglas. —El hombre parece sorprendido y no es para menos, nunca hago este tipo de dramas, pero me tomaron el día en el que mi humor es simplemente catastrófico.

—Yo di la orden. —Una voz segura y suave al mismo tiempo me hace girar furioso, pero la furia da paso a la confusión cuando reconozco a la mujer que está frente a mí.

Grandes y hermosos ojos azules me miran fijamente con determinación, un hermoso y abundante cabello cobrizo atado de forma en que muchos mechones le caen a los lados y el flequillo hace que su rostro suave y perfecto adquiera aún más impacto, labios carnosos y es... es tan hermosa que de inmediato la reconozco porque nunca en la vida he visto a una mujer como ella.

Lleva un traje azul y por encima una bata blanca donde marca el apellido Leblanc. Entonces caigo en cuenta de que esta hermosa mujer fue la misma con la que me encontré en la pista de hielo hace una semana atrás, la misma mujer que me dijo que era doctora, pero como la busqué los siguientes días y no la vi pensé que era broma, pero no lo era, es ella realmente.

No aparto la mirada de ella. Porque si algo aprendí hace años es que la gente baja la vista cuando sabe que hizo algo mal.

Ella no.

Ella sostiene mis ojos con una tranquilidad que raya en la insolencia, como si no acabara de admitir delante de mis jugadores que fue ella quien desobedeció una orden que llevo imponiendo durante cuatro años. Los chicos permanecen completamente inmóviles detrás de mí. Puedo sentirlos conteniendo hasta la respiración.

—¿Tú diste la orden? —pregunto despacio, cruzándome de brazos.

—Sí. —Ni siquiera titubea, no hay ni una maldita duda. Levanta apenas el mentón como si esperara que siguiera hablando.

—Entonces supongo que también tendrás una muy buena explicación para sacar a mis jugadores del hielo.

—La tengo.

—Perfecto. Porque espero que sea una excelente explicación. —Ella ladea apenas la cabeza.

—Y yo espero que algún día aprendas a bajar el volumen de tu voz. No todos aquí somos sordos. —Detrás de mí escucho una tos mal disimulada, luego otra y después una risa ahogada. Giro la cabeza lentamente, todos bajan la vista al instante.

Cobardes.

Vuelvo a mirarla.

—¿Siempre eres así de encantadora?

—Solo con los hombres que llegan gritando antes de preguntar. —Aprieto la mandíbula.

No porque tenga razón. La tiene y eso me molesta bastante más.

—No grito. —Ella arquea una ceja.

—Acabas de hacerlo hace treinta segundos.

—Proyecto la voz.

—Claro. —Su sonrisa es tan pequeña que cualquiera pensaría que no existe.

Yo sí la veo. Y también veo las ganas que tiene de seguir llevándome la contraria.

Qué mujer más desesperante.

—Entrenador —susurra Dexter detrás de mí. —Levanto una mano para hacerlo callar sin dejar de mirar a la doctora.




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