Camille
Estoy concentrada mirando fijamente cómo una de las enfermeras a mi cargo se está besando y metiendo mano con uno de los jugadores. Hago una mueca porque es la cuarta en menos de dos meses y sé que el protocolo exige que la despida y me desagrada, pero se supone que ella debía estar esperando los medicamentos e insumos que nos llegaron hace dos horas y tuve que dejar lo que estaba haciendo para cumplir el trabajo que a ella le corresponde, eso es lo que no acepto.
No pensé que convertirme en la doctora del equipo fuese gratificante, pero me gusta mucho, siempre y cuando Ryan Ruff no esté cerca para ser un maldito grano en el trasero.
El entrenador del equipo, desde el primer día, ha sido incapaz de ser una persona amable. Su temperamento y el mío viven en completo desastre y no es que me importe mucho, porque no dejaré que nadie más en la vida me haga dudar de mis capacidades y mucho menos él.
Por muy atractivo que me parezca.
No soy ciega, tengo dos ojos bien colocados y sé que Ruff es la clase de hombre que cualquier mujer querría, pero desde que abre la boca se le va el encanto, así que cuando siento unos ojos que me hacen estremecer sobre mi espalda, pueden llamarme loca, pero sé de inmediato que se trata de él. Llevo ya cinco meses como doctora a cargo y sus ojos al mirarme son únicos, así que cuando está cerca noto el aroma varonil de este hombre y miro sobre mi hombro, encontrándome con los ojos marrones más claros y bonitos que he visto en esta vida.
Ruff no es un mal entrenador, su problema está en que quiere que las cosas siempre sean a su manera y yo no soy de las que se deja mangonear, al menos ya no. Porque cuando estuve casada viví por eso y no quiero recordar la etapa en la que tenía que fingir que mi vida no se estaba desmoronando.
Además, llevo cinco meses intentando encontrarme, aunque todavía no puedo. No puedo pensar en nada más que en cómo mi exesposo anunció, a la semana de separarse de mí, su nueva relación en todos lados. Describió nuestra relación de una manera tan… horrible y, como sé que su equipo y el nuestro se pueden enfrentar en cualquier momento, siempre estoy alerta por eso.
Una suave caricia hace que me sobresalte y me doy cuenta de que fue por accidente cuando Ruff no me mira, mira justamente la manera en la que su jugador Noah le come la boca a mi enfermera. Noto cómo se enfurece y lo que es más triste de la situación es que ahora la chica perderá su empleo por un hombre que se quedará jugando porque nadie quiere perder a uno de los mejores jugadores del equipo.
—¿Cuánto tiempo? —gruñe molesto y me muerdo el labio inferior.
—Al menos una hora desde que llegué, están tan concentrados que no se han dado cuenta de que estoy aquí.
No aparto la vista de la pareja mientras hablo porque sé perfectamente lo que ocurrirá en cuanto Ryan decida intervenir. Noah pasará los siguientes días corriendo hasta que las piernas le imploren misericordia y la enfermera recogerá sus cosas antes de terminar el turno. Es injusto, sí, pero también es la consecuencia de romper una norma que todos conocen desde el primer día. Suspiro con pesadez y cruzo los brazos sobre mi pecho mientras espero el estallido que inevitablemente está por llegar.
—Noah.
La voz de Ryan no necesita elevarse para imponer autoridad. Es grave, firme y lo suficientemente cortante como para sentirla en toda mi piel. Los dos se separan de golpe, sobresaltados, como si acabaran de recordar dónde están. Mi enfermera se lleva una mano a la boca, completamente pálida, mientras Noah maldice por lo bajo antes de girarse lentamente. Si hubiese una manera de atravesar el suelo para desaparecer, ambos ya la habrían encontrado.
—Entrenador...
—Cinco minutos en mi oficina cuando termines de hacer el ridículo. —Ruff no grita, porque no hace falta, Noah simplemente baja la cabeza con expresión resignada y asiente antes de marcharse sin siquiera mirar atrás. La enfermera, en cambio, permanece inmóvil, con los ojos cristalizados por el miedo. Conozco esa mirada. La he visto demasiadas veces desde que asumí este cargo. Ryan dirige entonces la vista hacia ella. —Puedes retirarte.
La chica sale casi corriendo y el silencio que queda entre nosotros resulta mucho más incómodo que cualquier entretenimiento que me estaban dando su jugador y mi enfermera, pero siento demasiado injusto la situación es por eso que suspiro.
—No pienso despedirla. —Su mirada abandona el pasillo para clavarse en mí.
Y ahí está otra vez. Ese gesto serio que parece vivir instalado en su rostro y esos ojos que, por alguna razón, siempre consiguen ponerme nerviosa aunque me niegue a admitirlo.
—No te lo he pedido.
—Pero lo estás pensando.
—Estoy pensando que necesito personal que haga su trabajo.
—Y ella lo hace.
—Hace una hora no. —Levanto una ceja.
—Cometió un error.
—En horario laboral.
—Como Noah.
Ryan da un paso hacia mí. No invade mi espacio, pero está lo bastante cerca para que el aroma a madera y loción después del afeitado vuelva a envolverme. Maldición, ¿por qué tiene que oler tan bien?
—Noah también tendrá consecuencias.
—¿Las mismas? —Su mandíbula se tensa.
—No. —Suelto una risa seca, incapaz de contenerme.
—Justo lo que pensaba.
—Porque Noah es uno de mis jugadores y yo decido cómo castigarlo.
—Y ella es parte de mi equipo, así que yo decidiré qué hacer con ella. —Respondo aun cuando sé que si esto llega a oídos de los altos mandos, quien perderá el empleo de inmediato será mi enfermera.
Durante unos segundos ninguno dice absolutamente nada. Nos observamos como si esto fuera otra competición más y ninguno estuviera dispuesto a ceder un solo centímetro. Si alguien pasara por aquí juraría que estamos a punto de matarnos.
—Eres desesperante.
—Qué coincidencia, iba a decir exactamente lo mismo de ti.
Noto como quiere reirse ya que las comisuras de sus labios parecen querer moverse, pero él hace que el gesto desaparezca tan rápido como llegó.
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Editado: 12.08.2026