Camille
Miro cómo el nombre en mi teléfono aparece, el mismo nombre del hombre que pensé que amé con toda mi alma y que renunció a lo nuestro de la peor manera. Parece que, aun cuando ya he firmado el divorcio y me fui de su vida, Gavin seguirá molestándome sin descanso. Suspiro y miro fijamente la pantalla hasta que esta se vuelve negra y su nombre desaparece.
Siempre hace lo mismo, dura un tiempo sin molestar y luego comienza con llamadas, luego con mensajes, hasta que, casualmente, se aparece en alguna parte y nos encontramos en persona. Es como si constantemente buscara la manera de no ser olvidado y eligiera las formas más escalofriantes de hacerlo.
Creo que esa es la razón por la cual permanezco últimamente en la pista, aun cuando mi hora de salida fue hace dos horas. Me he quedado adelantando trabajo con tal de no volver a casa, no quiero sentirme observada o luego sentirme sola. Puede que esté un poco paranoica, pero no me importa.
Me levanto de mi lugar cuando mi cuerpo se siente cansado y decido que es momento de dar un recorrido por el lugar para poner en movimiento mi cuerpo. Bostezo, cansada, y luego me quito la bata, dejándola sobre el asiento, y camino saliendo del área médica.
No tengo amigas o amigos, en la universidad hice algunos, pero luego, con el tiempo, no me di cuenta de cómo Gavin estuvo en medio de todo hasta alejarlos de mí, porque siempre lo puse por encima de todos hasta reducirme a él. Él era mi amigo, mi esposo y mi todo, quizás fui demasiado idiota y ahora estoy pagando el precio de eso.
Me muerdo el labio inferior cuando escucho que hay alguien en el hielo, es inconfundible el sonido de las cuchillas y es por eso que me acerco a ver quién se quedó tan tarde. Me muevo hasta sentarme en los banquillos, mirando el cuerpo enorme que hay en el hielo sin protección. El cabello oscuro está húmedo, pegándose a su frente mientras se desliza con una confianza que solo tiene quien conoce el hielo.
A pesar de que duré años casada con alguien amante al hielo, lo cierto es que Gavin nunca se tomó la molestia de enseñarme a patinar y es la razón por la cual nunca lo hice y nunca aprendí, pero parece ser que Ryan Ruff es un experto porque se mueve como si el hielo le perteneciera y lo conociera de toda la vida.
Es casi hipnótica la manera en que patina, está lleno de confianza y no parece analizar más que el disco que persigue hasta que lo lleva a la portería, metiéndolo con fuerza. Su respiración agitada se escucha en todo el lugar y, cuando me muevo para levantarme e irme, sus ojos llegan hasta los míos, deteniéndome de golpe.
Es increíble el poder que tiene este hombre, no sé qué es lo que me pasa con Ryan, pero, sea lo que sea, tengo muy en claro que debe acabar. Sin embargo, él parece tener otros planes porque patina hasta donde me encuentro y entonces quedo atrapada en sus ojos marrones que parecen más oscuros de lo normal.
—No sabía que patinabas —es todo lo que se me ocurre decir mientras lo veo fruncir el ceño.
—¿Qué haces aquí? Tu turno terminó hace horas. —Me quedo en silencio y luego me encojo de hombros.
—Nada que te importe.
Trato de dar un paso, pero me tenso cuando todo su cuerpo enorme se pone enfrente de mí, obstruyendo mi paso. Tengo que levantar la cabeza para verlo y, por alguna absurda razón, eso consigue irritarme todavía más.
—Te hice una pregunta —Masculla como si me importara lo que él quiere.
—¿Siempre eres tan insoportable o solo conmigo? —pregunto cruzándome de brazos.
Una de sus cejas se arquea mientras el aire escapa con fuerza de sus pulmones por el entrenamiento. Tiene el cabello húmedo, algunas gotas de sudor deslizándose por su cuello y la camiseta completamente pegada al pecho. Desvío la mirada antes de que mi cerebro empiece a traicionarme con imagenes que nunca deberían estar ahí.
—Depende de la persona.
—Qué alivio, entonces el problema no soy yo, eres tú. —Una pequeña sonrisa aparece en su rostro.
—Eso también me lo han dicho.
Ruedo los ojos y vuelvo a intentar pasar, pero él simplemente da un paso hacia el mismo lado que yo. Aprieto la mandíbula con fuerza.
—¿Me vas a dejar pasar o tengo que pedir permiso?
—Todavía no has respondido mi pregunta. —Suelto un suspiro exagerado.
—¿Cuál de todas? Haces demasiadas.
—¿Qué haces aquí a esta hora?
—Trabajar.
—Mentira. —Lo miro incrédula.
—¿Perdón?
—Llevas varios dias quedándote hasta tarde. El trabajo ya terminó hace horas. —Mi estómago se contrae.
—¿Me estás vigilando? —Su expresión no cambia.
—No, simplemente entreno cuando la pista está vacía y siempre veo la luz del área médica encendida. No hace falta vigilar a alguien para darse cuenta de eso. —Muerdo el interior de mi mejilla porque eso tiene sentido.
—Pues ahora ya sabes que me gusta trabajar de más.
—No. —Frunzo el ceño.
—¿No qué?
—No es eso. —Mi paciencia empieza a agotarse.
—Vaya, ahora además de entrenador eres psicólogo.
—No hace falta ser psicólogo para notar cuando alguien evita irse a su casa. —El aire parece quedarse atorado en mi garganta.
¿Cómo demonios...?
No.
No voy a darle esa satisfacción. Suelto una risa seca y niego con la cabeza.
—Te crees muy observador.
—Lo suficiente.
—Pues te equivocas.
—Puede ser. —Parpadeo, confundida. Esperaba que discutiera. —Pero también puede ser que no.
Qué hombre tan desesperante.
—¿Sabes qué es lo más molesto de ti?
—Sorpréndeme.
—Que siempre crees tener la razón. —Él se encoge de hombros.
—Solo cuando la tengo. —No puedo evitar soltar una risa.
—Eres insufrible.
—Y aun así sigues aquí hablando conmigo. —La sonrisa desaparece de mis labios tan rápido como apareció.
Maldita sea. Tiene razón.
Podría haberme ido hace un minuto.
—No te confundas, entrenador. Estoy hablando contigo porque eres un obstáculo enorme que decidió bloquear mi camino. —Sus ojos recorren mi rostro durante un segundo que se siente demasiado largo.
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Editado: 12.08.2026