Ryan
Esta noche no he tomado ninguna buena decisión. Desde el momento en que pedí subir al piso de Camille sabía que era mala idea, pero preguntarle cuánto tiempo tenía esa dulce boca sin ser besada y que ella me confesara que, aun estando casada, no estaba siendo besada como corresponde, eso me voló la cabeza.
Es por eso que, cortando la distancia entre los dos, busco la boca que me ha estado torturando desde el primer día en donde ella pensó que había colapsado en el hielo. La boca de Camille es suave y dulce, y me vuelve totalmente loco su sabor.
Es por eso que la tomo de la cintura, acercándola a mí, dejando que todo ese aroma me recorra, haciendo que cada célula en mi cuerpo reaccione. Ella suspira y muevo mi boca sobre la suya, sabiendo el enorme problema en el que me estoy metiendo en este momento. No hay poder humano que me impida caer por esta mujer y eso es algo que detesto.
Soy consciente de que cuando Camille Leblanc está en una habitación se roba toda mi maldita atención, no hay espacio para nada más que ella y eso lo sé. Soy consciente de que ella, desde el momento uno, está en mi cabeza, de que estoy jugándome toda mi carrera por ella porque se supone que no puede existir una relación entre colegas de trabajo y aquí estoy, cayendo por esta mujer.
Mis manos se entierran en su suave cabello y descubro que lo quiero siempre entre mis dedos, he soñado mucho con tocarlo, con la forma en la que aprieto un poco y ella jadea en mi boca mientras mi otra mano baja hasta la parte baja de su espalda, sintiendo cómo se estremece entre mis brazos.
Las manos de Camille están en mis hombros buscando estabilizarse y siento que el espacio entre nosotros todavía es demasiado, necesito su calor, sentirla por completo hasta que no quede nada más que ella grabada en mi piel.
Gruño caminando y haciendo que ella retroceda hasta que cae en el mueble y se separa de mi boca respirando agitada, tiene las mejillas totalmente sonrojadas y los labios hinchados, pero no me lo pienso cuando subo sobre ella y la vuelvo a besar, apoyándome de mis codos para no aplastarla. Ella hunde sus dedos en mi cabello y sentir sus manos sobre mí es como estar en el jodido cielo.
Una de mis manos se posa en su cuello y puedo sentir lo rápido que van sus latidos. Entre nosotros solo se escucha la respiración agitada del otro, no puedo hacer más que embriagarme en ella, emborracharme en los besos descuidados y más necesitados. Siento que el corazón se me saldrá del pecho en este momento y que esta mujer acaba de lanzarme una estaca y clavarse en lo más profundo de mí.
Es imposible que luego de este beso pueda actuar como si nada, que pueda seguir lanzándome por ella solo para tener su atención como un niño en una escuela primaria.
Un sonido se escucha a la distancia, pero lo ignoro. El sonido persiste hasta que Camille parece recobrar la razón y apartarse de mi boca, observándome con la sorpresa clara en su expresión.
—Oh, Dios… —jadea, todavía sin ser consciente de lo hermosa que se ve.
—Supongo que es momento de que me quite de encima de ti —mis palabras salen más roncas de lo que pretendía y ella asiente. Me aparto, odiando el momento en que mi piel deja de tocar la suya, y ella se sienta, pasándose las manos por el pelo.
Lo que nos interrumpió fue el sonido de tu teléfono. Ella se levanta y camina hacia su bolso. Cuando toma el teléfono, no sé qué mira, pero se pone tan tensa y todo el color de su rostro se pierde por completo.
—Uhmm… tienes que irte —habla mordiéndose el labio inferior—. Creo que entiendes que lo que pasó aquí no es lo correcto. Me gusta mucho mi trabajo, Ruff, y no quiero perderlo. Este beso fue un error, solo hemos pasado por muchas emociones esta noche, así que te pido tu discreción —la veo cerrarse de inmediato y respiro hondo, controlando el cabreo que me provoca.
—No pensaba pedirte matrimonio por un beso, Camille, así que tranquilízate. Ya me voy. Buenas noches —quizás soy un poco brusco con mis palabras porque ella se tensa, así que respiro hondo y camino hacia la puerta.
—Ruff…
—Te trataré como siempre, no debes preocuparte —con esas palabras salgo de la casa de la mujer que acaba de poner mi mundo de cabeza.
********
Los días siguientes pasan demasiado rápido y, al mismo tiempo, demasiado lento. No vuelvo a mencionar el beso, Camille tampoco, y ambos fingimos que aquella noche no ocurrió, aunque cada vez que la veo mi maldita cabeza se encarga de recordarme exactamente cómo se sintieron sus labios contra los míos. Lo peor es que dije que la trataría como siempre y estoy cumpliendo mi palabra, el problema es que aparentemente Camille y yo siempre hemos tenido una facilidad absurda para sacarnos de quicio.
—Si vas a seguir haciendo cambios en mis entrenamientos, al menos dime antes —le digo cuando la veo revisar una de las hojas que dejó sobre la banca. Ella levanta la mirada lentamente y me observa por encima de la carpeta, como si estuviera intentando decidir cuánto quiere hacerme enojar esta mañana.
—Si dejaras de hacer cambios sin consultar al equipo médico, quizá no tendría que hacerlo.
—Soy el entrenador.
—Y yo soy la doctora.
—Eso no te da derecho a meterte en mi trabajo.
—Tampoco a ti te da derecho a ignorar el mío.
La miro durante unos segundos y tengo que apretar la mandíbula para no sonreír. Así llevamos días, lanzándonos pullas frente a todo el mundo y fingiendo que el problema está en el entrenamiento, en los jugadores o en cualquier otra cosa que no tenga que ver con lo que ocurrió aquella noche.
—¿Van a seguir con esto todo el día? —pregunta uno de los jugadores desde la pista y varios comienzan a reír. Camille gira hacia ellos con una mirada que consigue callarlos en cuestión de segundos.
—¿Alguien quiere explicarme qué tiene tanta gracia?
—Nada, doctora —responden casi al mismo tiempo.
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Editado: 02.09.2026