Segunda Jugada

Capítulo 11

Camille

Ryan y yo llevamos meses evitándonos luego de ese beso. Aunque quizás se deba a que lo evito mucho más que él porque sé que la única razón por la cual no terminé desnuda debajo de su cuerpo fue porque quien me llamó esa noche fue Gavin.

No sé cómo Gavin tiene acceso a la información de mi vida, es tan inquietante como terrorífico y cada vez que veo una noticia de él en las redes o la televisión estoy muy inquieta. Me siento observada, acechada y sé que se trata de él.

Lo hizo más de una vez en nuestro matrimonio, pero por alguna razón, aun así no quiero hacerle daño a Gavin, creo que en mí aún queda algo de la ingenua Camille respecto a ese hombre. El hombre que me abandonó, que me dejó por otra y el hombre que, al parecer, nunca pudo encender mi cuerpo con un beso como lo hizo Ryan Ruff.

Cada vez que recuerdo ese beso mi cuerpo parece encenderse como si tuviese fuegos artificiales estallando sin control. Mi cabeza dejó de pensar, de analizar y de ser lógica. Creo que en ella la única lógica posible era que necesitaba que Ryan me besara aún más, necesitaba más de su contacto al punto de volverme loca.

Voy caminando por los pasillos desiertos y el grito que suelta un hombre es lo que me detiene, cruzo rápido al siguiente y cuando entro en uno de los baños, entiendo qué ha pasado y quién será despedida el día de hoy.

Uno de los altos mandos está gritando mientras que dos de mis enfermeras están desnudas tratando de cubrirse y el maldito jugador que es uno de los novatos está sonriendo como si que los descubrieran es un maldito chiste.

—Señor, le pido un momento para que ellas se vistan —hablo fuerte haciendo que el hombre deje de gritar como si todos los demás fuésemos sordos.

—¿Me está dando órdenes? —cuestiona y casi pongo los ojos en blanco.

A este hombre ya lo he escuchado hablar algunas veces y nunca de esas fue algo positivo hacia la mujer, casi pareciera que nos odia.

—Le pido que salga un momento porque hay dos mujeres desnudas que merecen consideración para vestirse, así que por favor déjelas —los ojos del hombre llamean.

—Se supone que usted debe mantener vigiladas a las enfermeras, su trabajo no es ser una zorr…

—Cuidado con completar esa frase —le advierto totalmente molesta sin dejarme intimidar—. Salga ahora mismo y llévese al jugador que se estaba comportando como un libertino, a ese que en ningún momento ha criticado. Ahora, salgan los dos —el hombre aprieta los labios, pero mi tono de voz no deja espacios para que él se haga el machito, es por eso que respirando hondo lo veo salir del baño y el maldito jugador lo hace con la burla clara en su expresión.

Cierro la puerta viendo a las dos chicas que contraté hace como tres meses, desnudas mirándose avergonzadas.

—Doctora…

—Vístanse —les ordeno y lo hacen en medio de sollozos. —Les advertí —murmuro mientras las observo intentar acomodarse la ropa con las manos todavía temblando—. Les dije que no se metieran con un jugador porque sabía perfectamente cómo terminaría esto y ahora las van a despedir.

Una de ellas baja la mirada mientras intenta secarse las lágrimas y la otra se queda mirando fijamente el suelo, como si quisiera desaparecer de mi vista. No necesito que me expliquen qué ocurrió porque conozco demasiado bien la dinámica de este lugar, conozco a los jugadores y, sobre todo, conozco a los hombres que tienen el suficiente poder como para hacer que cualquier problema termine siendo culpa de una mujer.

—Doctora, nosotras no pensábamos que…

—No importa lo que pensaban —la interrumpo, aunque mi voz ya no tiene la dureza de hace unos minutos—. Lo que importa es que ahora ustedes son las que están llorando, las que están avergonzadas y las que van a perder su trabajo, mientras él probablemente seguirá entrenando mañana como si nada hubiese ocurrido.

Las dos permanecen en silencio y sé que tengo razón porque ninguna de las dos se atreve a mirarme. No quiero hacerlas sentir peor, pero también necesito que entiendan algo que aprendí hace mucho tiempo: cuando un hombre tiene poder, fama o simplemente una reputación que proteger, casi siempre encuentra la manera de salir ileso. La mujer, en cambio, termina cargando con las miradas, los rumores y las consecuencias, incluso cuando no fue la única que tomó la decisión de estar allí.

—Por eso se los advertí —suspiro mientras me cruzo de brazos—. No porque quiera controlar sus vidas ni porque crea que no pueden hacer lo que quieran, sino porque sé cómo funciona esto. Él seguirá entrenando mañana, probablemente hará bromas con sus compañeros y dentro de unos días nadie recordará lo que pasó aquí. Ustedes, en cambio, tendrán que buscar otro trabajo, explicar por qué fueron despedidas y cargar con una situación que pudo haberse evitado.

—Nosotras sabíamos que usted tenía razón —murmura una de ellas—, pero él insistió tanto…

Cierro los ojos durante un segundo porque esa frase me resulta demasiado familiar. No por lo que acaba de pasar con ellas, sino porque alguna vez también fui una mujer que creyó que podía separar lo que sentía de las consecuencias que podía traer. Creí que podía acercarme a un hombre sin que aquello significara nada, que podía permitirme sentir algo y después simplemente seguir con mi vida como si nada hubiese cambiado.

Ryan.

Su nombre aparece en mi cabeza sin que siquiera lo llame y odio que mi cuerpo reaccione antes que mis pensamientos. Aprieto los labios mientras recuerdo aquel beso y tengo que obligarme a mirar a otro lado porque incluso ahora, después de meses evitando encontrarme a solas con él, sigo recordando exactamente cómo me hizo sentir. Quizás yo también estoy haciendo algo parecido a ellas, aunque mi situación sea completamente diferente.

Porque Ryan no es un jugador con el que pueda tener una aventura y después fingir que nada ocurrió. Es el entrenador, es un hombre al que veo constantemente y, aunque llevemos meses intentando mantenernos alejados, sé que tarde o temprano tendremos que dejar de fingir que aquel beso no cambió nada entre nosotros.




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