Camille
Estoy en Boston.
Desde que he puesto un pie aquí no me he estado quieta porque sé que al final me encontraré con mi exesposo luego de más de un año desde nuestro divorcio. No le he comentado a nadie que es muy probable que nos encontremos hoy en el juego amistoso que tendrán los equipos antes del partido, pero no me siento bien, siento que puedo vomitar en cualquier momento.
No he querido saber mucho de la vida de Gavin, solo que con la persona que me engañó ya no le funcionaba, ahora está con una famosa actriz y su relación es muy pública, me gustaría que jamás se me mencionara con él, pero es poco probable que eso ocurra porque al final del día soy la doctora del equipo contrario, pero manejar nuestras diferencias fuera de cámara es con lo que sueño.
Un toque en mi hombro me sobresalta y me encuentro con los ojos de Ryan puestos en mí, él parece confundido por mi reacción así que finjo una sonrisa mientras que él se sienta frente a mí.
A pesar de que lo he estado evitando y de que prácticamente somos nuevamente dos desconocidos porque no hablamos, soy yo quien ha trazado una línea enorme entre nosotros. No quiero que mi trabajo se vea comprometido por esta inexplicable atracción que siento hacia él.
—¿Tienes frío? Estás temblando —la voz de Ruff me saca de mis pensamientos y me hace mirarlo, yo le sonrío un poco y él me devuelve la pequeña sonrisa.
—Solo estoy algo cansada, casi no dormí en el vuelo —me encojo de hombros restándole importancia y él suspira.
—Ya los chicos están en el autobús, deberías subir —me muerdo el labio inferior y lo miro fijamente, pocas veces Ryan está tan tenso, pero lo he notado últimamente, apenas puede estar sin gritar todo el día y sé que los altos mandos están sobre él a todas horas, es un juego importante.
—¿Estás bien? —cuestiono sin poder evitarlo, sus ojos me atrapan completamente robándome la respiración por un segundo. A veces se me olvida lo guapo que es este hombre.
—Estoy bien —me miente porque noto cómo sus músculos están tensos, aun así asiento, me levanto haciendo que sus ojos me enfoquen antes de bajar la mirada.
—Si eso dices —giro para irme, pero no me siento bien dejando esta conversación de esa manera y es por eso que susurro y lo miro—. No estás bien —los ojos de Ryan se levantan de golpe hacia mí—. Si necesitas alguien para hablar puedes decírmelo, Ryan, no todo lo tienes que guardar —me encojo de hombros y noto cómo las venas se le marcan en el cuello, así que cuando se levanta de pronto me sobresalto.
—¿Sabes qué? Sí tengo un jodido problema y eso eres tú —estoy muy sorprendida por las palabras de Ryan—. Estás en mi maldita cabeza todo el día y luego me ignoras, luego me lanzas comentarios y luego te calmas. No te comprendo, Camille, y eso me está volviendo jodidamente loco —el corazón comienza a latirme de manera acelerada y aunque sé que debo irme al autobús, mis pies no conectan la orden.
—¿Acaso enloqueciste? —cuestiono y, contra todo pronóstico, una sonrisa tira de la comisura de sus labios.
—Tú me estás volviendo loco, Camille, así que ahora te montarás en el autobús, iremos a ese encuentro amistoso entre jugadores, volveremos al hotel, tomaremos una ducha y tendremos una conversación sobre ese beso. Espero que esta vez no lo evites y no huyas, porque al final te extraño, hiciste que me acostumbrara a ti para luego alejarme, eso no se hace, doctora —y con esas palabras da por termianda la conversación dejándome sin poder conectar un pensamiento con el otro.
Camino hacia el autobús con las piernas un poco más débiles de lo que me gustaría admitir y, aunque puedo sentir la mirada de Ryan sobre mi espalda, me niego a girarme porque sé perfectamente lo que sucederá si lo hago. Mi corazón volverá a acelerarse, mi respiración se volverá irregular y terminaré recordando cada una de sus palabras, especialmente ese maldito «te extraño» que continúa repitiéndose dentro de mi cabeza. Subo al autobús intentando aparentar tranquilidad y me siento en uno de los asientos del medio, dejando mi bolso sobre mis piernas justo cuando escucho a los jugadores subir detrás de mí. No necesito mirar para saber cuándo Ryan entra, porque su voz se escucha por todo el lugar dando algunas indicaciones, pero mantengo los ojos clavados en mi teléfono, deslizando el dedo por la pantalla sin siquiera prestar atención a lo que estoy viendo.
El autobús comienza a moverse y el silencio entre nosotros se siente extraño. Normalmente Ryan estaría hablando con los jugadores, discutiendo alguna estrategia o gritándole a alguno que deje de hacer alguna estupidez, pero hoy parece más callado de lo habitual, y eso me hace todavía más consciente de su presencia detrás de mí. En algún momento escucho sus pasos acercándose por el pasillo y mi cuerpo se tensa de inmediato, pero por suerte se detiene unos asientos más atrás, así que puedo volver a respirar. Me obligo a mirar por la ventana mientras las calles pasan frente a mis ojos y trato de convencerme de que todo esto es absurdo, que solo fue un beso, que somos adultos y que podemos dejarlo atrás, pero entonces recuerdo sus labios contra los míos y la forma en la que mi cuerpo reaccionó ante él, y sé que me estoy mintiendo.
Cuando finalmente llegamos a la pista de Boston, siento un nudo en el estómago que nada tiene que ver con Ryan. El edificio aparece frente a nosotros y durante unos segundos simplemente me quedo mirando a través de la ventana, consciente de que estoy a punto de entrar en un lugar en el que existe una posibilidad demasiado grande de encontrarme con la única persona que llevo más de un año evitando. Respiro profundamente antes de bajar del autobús y recupero esa postura profesional que he aprendido a utilizar durante años, porque aquí no soy la mujer que alguna vez firmó unos papeles de divorcio con las manos temblando ni la esposa que descubrió que su marido podía mirarla a los ojos mientras le mentía; aquí soy la doctora Leblanc, parte del equipo médico que ha venido a supervisar a los jugadores antes del encuentro amistoso.
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Editado: 02.09.2026