Segundo tiempo

5.

Capitulo 5: Decisiones arriesgadas.

Tragué saliva cuando lo vi sentarse a mi lado.
No porque me incomodara él.
Sino porque ocupar el espacio de alguien más se había vuelto peligroso.
Aprendí que cuando alguien se acerca demasiado, algo malo suele pasar después.
—¿No tienes más amigos? —le dije en voz baja mientras pasaba la página del libro, fingiendo que mi vida no se estaba desmoronando en silencio.

—Tengo, sí. Pero me caes muy bien —respondió sin titubear—. Compartimos el gusto por la comida y la música, eres mi compañera de proyecto, me debes dinero… y dijiste que me ayudarías a recuperar a mi exnovia.
Se inclinó un poco más hacia mí.
—Ah, y no puedo olvidar lo de hacer unas horas —susurró.
Sentí el calor de su voz demasiado cerca. Bajé la cabeza y dejé que mi cabello mojado me cubriera el rostro, como si así pudiera desaparecer.
—¿Tu esposo multimillonario es incapaz de comprarte un secador? —dijo señalando mi cabello empapado.
Lo ignoré y seguí prestando atención a la clase, o fingiendo hacerlo.
—Te compraré uno al salir y lo añadiré a tu deuda —añadió.
Intentaba mirarme. Yo solo intentaba esconderme. No de él, sino del mundo entero. Sentía vergüenza de mí misma, una vergüenza que no sabía explicar pero que pesaba demasiado.
—No quiero que nos saquen de clase. Guarda silencio, por favor. Hablaremos del secador… y de todo lo demás al salir —mentí.
Últimamente, mentir era lo único que sabía hacer.
Asintió y guardó silencio el resto de la clase.
Cuando terminó, sentí que el corazón quería salirse de mi cuerpo. No tenía un plan. No tenía un lugar adonde ir. No tenía una amiga a quien acudir.
—¿Cómo te fue? ¿Pudiste hacerlo? —preguntó.
Se refería a enfrentar a Liam.
Quise decirle: sí, lo hice, me reventó la cara.
Pero solo sonreí.
—No pude hacerlo. Estoy enamorada… lo perdoné.
Mentí otra vez. No quería involucrarlo. Empecé a guardar mis libros con las manos temblorosas.
—¿Qué pasa, Navani? —insistió—. ¿Te amenazó? ¿Te golpeó?
Me tomó de la mano con fuerza para obligarme a mirarlo.
—¡Maldito desgraciado! ¡Lo voy a matar!
Se levantó furioso. Aunque la mayoría de los alumnos ya se había ido, algunos que quedaban —junto al profesor— nos miraron sorprendidos.
—Por favor… ya tengo muchos problemas —le supliqué, sujetándole la mano—. No me causes más.
—¿Hay algún problema, Naim? —preguntó el profesor.
—No —respondió rápido—. Es una serie de Netflix. Me contó el final… una mierda, perdí mi tiempo.
Las risas no tardaron.
—Deberías estar pendiente del proyecto, no de Netflix —le advirtió el profesor—. Ya quiero reprobarte.
Naim asintió y volvió a sentarse a mi lado.
—Ni siquiera te pregunto si pondrás la denuncia, ya sé la respuesta —dijo en voz baja—. ¿Qué pasa por tu mente? ¿Quieres morir? ¿De verdad estás enamorada? ¿Por qué no buscas ayuda?
Me quedé en silencio. Sentía el sudor correrme por la espalda. No sabía qué iba a hacer. El salón se estaba vaciando y yo seguía sin un plan.
—Navani —insistió—. Sé que estás asustada… déjame ayudarte.
—Ayúdame a salir —susurré—. Hay un guardaespaldas afuera esperando para hacerme regresar.
Me miró confundido.
—Me golpeó, sí. No puedo volver.
—Lo voy a matar —repitió, con rabia contenida.
—¿Me quieres ayudar o no?
—Recoge tu cabello.
Obedecí. Me colocó su gorro.
—Los zapatos también.
Me los quité. Él me entregó sus Jordan.
—¿Te irás en medias? —pregunté, casi infartada.
Sonrió. Esa sonrisa peligrosa.
—¿Estás viviendo una situación así de jodida y te preocupa que salga en medias? ¿De qué planeta eres, Navani?
Tenía razón. Era idiota.
—Apresúrate —dijo, dándome su playera y su chaqueta.
El profesor nos observaba en silencio.
—¿Y mis cosas?
—Yo las llevaré. Saldrás sola y nos vemos en las canchas de tenis.
—¿Sola? Él me verá.
—Yo voy a ayudarte, Navani —dijo el profesor, poniéndose de pie.
—¿Usted también lo sabe? —pregunté.
—No sé nada —respondió—. Solo intuyo que tu esposo te golpea… y si estás recibiendo ayuda de Naim, debes estar desesperada.
La vergüenza me quemó.
—Ahí está. Sal con el profesor. No se darán cuenta.
Asentí.
Salí con el libro en la mano mientras el profesor fingía hablar conmigo. Clain ni siquiera notó que era yo. Para ellos, yo era solo una mujer estúpida, incapaz de pensar.
—Después hablaremos de esto —me dijo el profesor—. Si estás siendo maltratada, debes denunciar.
Asentí.
—Gracias —susurré, con los ojos llenos de lágrimas.
—Vete ya. Hasta mañana.
Caminé rápido. Vi a Clain entrar al salón. Sabía que el tiempo estaba contado.
Corrí sin rumbo, pidiendo indicaciones. Me quité los zapatos de Naim. Tenía miedo de no encontrarlo, pero estaba justo donde dijo.
Suspiró al verme.
—Qué alivio. Pensé que tendría que volver a casa sin mis zapatos preferidos.
Intentaba hacerme sonreír.
—Gracias —le devolví sus cosas.
—Déjame ver… —intentó mirarme—. Se ve mal. ¿Fue por mi culpa?
—No es nada.
—¿A dónde irás?
—A casa de mi mamá —mentí.
—¿Quieres dinero para un taxi?
Negué.
—Estoy bien, Naim. No es tu responsabilidad resolver mis asuntos.
—Lo sé… pero siento que debo estar cerca.
Sentí lástima en su voz. Eso me rompió.
—¡Navani! —gritó—. Déjame ayudarte.
—No quiero tu lástima —dije sin mirarlo—. Solo tuvimos sexo. No te metas más en esto.
—Bien —respondió, enojado.
Caminé sin rumbo durante horas. Me senté en una plaza. Abrí la lonchera. Dentro había un papel: “Llámame cuando necesites”.
—Gracias, Gina —susurré.
La lluvia empezó a caer con fuerza.
Pedí un teléfono prestado.
—Gina… —hablé rápido—. Estoy cerca de la universidad. No tengo dónde quedarme…
Colgué.
Me senté empapada, con frío, con sueño. Cerré los ojos. Imaginé a mi mamá abrazándome.
—Eres una experta mintiendo.
Abrí los ojos.
—¿Qué haces aquí?
—No soy Gina —sonrió—. ¿Eres suicida?
Me entregó su chaqueta.
—Ven conmigo.
Lo dudé.
Pero no tenía opciones.
Y en el fondo… sentía lo mismo.
Confiando en Dios, esa noche me fui con Naim a su casa.




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