Segundo tiempo

7.

Capítulo 7: desgracia que unen o separan.

Las cosas habían funcionado bien respecto al plan improvisado que se me había ocurrido… pero no con el beso. Ni siquiera hubo tiempo de nada, porque apareció una chica increíble: alta, con un cabello rojo espectacular y ropa que parecía sacada de una pasarela. Era como un fantasma, y la cara de Naim palideció por completo; en un segundo se alejó de mí como dos metros.
—Me sustituiste muy rápido —dijo ella, mirándolo enojada.
—Annie… hablemos —respondió él, y ella asintió.
—Vuelvo ahora —me dijo Naim, y yo asentí, confundida, mientras Lombardi observaba la escena con evidente diversión.
—Te daré el trabajo, me gustan estas historias, son divertidas. Soy italiano, pero viví muchos años en Francia y me gusta el estilo francés —dijo Lombardi.
—¿Cuál es el estilo francés? —pregunté, confundida.
—Amantes, pasión, drama, relaciones abiertas —contestó con una sonrisa traviesa.
—Ay por Dios —exclamé, avergonzada por lo que ese hombre estaba pensando.
—Tal vez te arrepientas y decidas ser mi amante en lugar de la de Naim —me dijo, y negué con la cabeza horrorizada. No era la amante de nadie.
—Dígame cuál será mi trabajo —fui al grano.
—Empezarás en la barra, hasta que me traigas tu currículum —asentí.
—Gracias —le dije, y él besó mi mano. Era un seductor, pero educado, nada grosero.
—Bien, Natalia Martins, esta es Sophie y ella te explicará lo que debes hacer —dijo Lombardi. La chica me estiró la mano cordialmente.
—Bienvenida —dijo.
—Gracias —respondí sonriente.
—Sígueme, mientras más rápido aprendas, más fácil saldremos del lodo —explicó.
—¿Lodo? —pregunté, confundida.
—Es el nombre que le damos a la hora fuerte de la noche, es solo una expresión… no hay lodo real, es imaginario —me sentí idiota y ella lo notó—. Tranquila, no tenías por qué saberlo —me alentó, y me sentí más animada.
—Es cierto, muchas gracias… Nunca he trabajado sirviendo tragos, de hecho ni bebo… pero de verdad necesito el dinero para pagar un abogado —confesé, y sus ojos se abrieron como platos.
—¿Tienes algún problema legal? —parecía pensar que yo era prófuga de la justicia. La ayudé a levantar una caja de cervezas bastante pesada, y comenzamos a ordenarla en la nevera.
—No soy una delincuente, solo quiero divorciarme de un imbécil —dije, y se sintió liberador.
—¿El golpe en tu rostro… fue él? —tocó mi mejilla, avergonzada de que se notara.
—Fue él, sí —ya no quería fingir más, no quería sentir que vivía en mentira por miedo a que me consideraran estúpida.
—Lo siento mucho… mi padre golpeaba a mi madre. Sé lo duro que es —sus ojos se llenaron de lágrimas; los míos también.
—Siento que hayas tenido que recordarlo por mi culpa —me disculpé sinceramente.
—No, qué va… no sientas nada. Estoy aquí para ayudarte en todo lo que necesites —sus palabras me hicieron sentir que Dios estaba poniendo personas buenas en mi camino.
—Gracias, Sophie… lo valoro mucho —le dije mientras terminábamos de ordenar la última botella. Nos pusimos de pie.
Me dijo algo, pero no pude escuchar bien; mi atención estaba en Naim, que discutía a lo lejos con la hermosa chica que había aparecido cuando lo besé. Me sentí culpable: seguro mi torpeza le estaba causando problemas con su ex, evidentemente el amor de su vida.
—¿Te gusta Naim? —Sophie me sacó de mis pensamientos.
—No, solo somos amigos. Él me ayuda y yo lo ayudo a recuperar a la modelo —Sophie soltó una carcajada; levanté una ceja ante su falta de empatía.
—Lo siento —dijo, aún riéndose.
—Él era un idiota hasta que la conoció; cambió por completo… Era como si ella lo hubiera hecho renacer. Todos estábamos sorprendidos —continuó.
—¿Y qué pasó? ¿Por qué se dejaron? —pregunté.
—Ella lo dejó; se consiguió un hombre con dinero y contactos que le financia la carrera —sentí tristeza por Naim, pero más aún por ella; probablemente no sabía lo que hacía.
—Pero parece que ella lo quiere, se molestó mucho cuando te vio conmigo —le comenté mientras entregaba una cerveza a un cliente.
—Tal vez lo quiere, pero también es una perra egocéntrica e interesada —dijo con veneno y me reí.
—¿Te gustaba Naim? —pregunté, dudando.
—Nah, nada que ver, me gusta Luccas —miró a lo lejos—. Pero tranquila, lo nuestro es a la francesa: sin preocupaciones, sin compromisos —le lanzó un beso, y me sentí ridícula por haber pensado que de verdad le había gustado. Ilusa.
Me quedé en silencio, viendo a Naim regresar, visiblemente enojado hasta donde Sophie y yo estábamos.
—No voy a trabajar hoy. Cuando salgas me llamas y te vengo a buscar —dijo con las manos temblorosas de la rabia.
—¿Estás bien? —pregunté, y él solo negó con la cabeza. Sophie le sirvió un shot de tequila.
—¿Te lo dijo ya? —preguntó, y él alzó la vista hacia ella.
—¿Lo sabías? —contestó afligido.
—Publicó anoche la propuesta en su Instagram, declarando su amor al tipo y durmiendo todas las noches contigo —él bebió el trago de un solo golpe, y Sophie le sirvió otro.
De repente, la chica se acercó a la barra.
—Maldita zorra interesada —masculló Sophie en voz baja.
—Naim… hablemos, por favor —ella le suplicó, pero él la ignoró. Luego se dirigió a mí.
—No te quiero cerca de él, te lo advierto —No podía creer que me amenazara.
—¿Disculpa? ¿Y tú quién eres? —contesté malhumorada, aunque quería arrancarle los cabellos.
—La mujer que él ama. Tú, en cambio, eres su consuelo —pensé: ¿se puede ser más descarada? Me reí.
—Déjala en paz, y déjame en paz también —contestó él.
—No volveremos a vernos si ella continúa a tu lado —me amenazó.
—No volveremos a vernos porque tú te vas a casar con otro hombre, eso es todo —respondí con firmeza. Ella se cristalizó.
—Ve a casa, puedo volver sola —le dije, consciente de que él solo quería huir.
—¿Te sabes la dirección? —cuestionó, y asentí aunque era mentira.
—Bien, por favor, no intentes escapar —dijo como si me leyera la mente.
—¿Estás viviendo con ella? —Ella lo enfrentó—. Te estoy hablando, Naim. ¿Están viviendo juntos? —preguntó desesperada, y yo no entendía nada. Él siguió caminando, y ella se le pegó.
—Es una maldita egoísta —exclamó Sophie, llena de ira.
—Haré que se arrepienta, observa cómo enloquece —le dije, saliendo de la barra y acercándome a ellos.
—¡Naim! —le grité. Se volteó de inmediato. Me acerqué lo suficiente.
—¿Quieres vengarte? —susurré, abrazándolo para que ella no escuchara.
—Sí, pero no quiero usarte para esta estupidez. Tú tienes problemas reales, quiero ayudarte, no darte más problemas —me abrazó con fuerza.
—Solo te devolveré el favor. Confía en mí… haré que ella rompa ese compromiso y te ruegue que vuelvan a estar juntos —él rompió el abrazo para mirarme.
—¿Estás segura? —cuestionó.
—¡Segurísima! Es más, te usé antes y ni pregunté —contesté, avergonzada, y él se rio.
—Vaya que me sorprendiste. No me lo esperaba, pero estuvo bien; funcionó con Luccas, no íbamos a convencerlo de otra forma —asentí.
—Bien, entonces hagámoslo —dije, enrollando mis manos alrededor de su cuello.
—Ahora voy a besarte, Navani —dijo casi en un susurro, tomando mi rostro entre sus manos y devolviéndome el beso que antes me dio, solo que esta vez más intenso, largo y profundo.
Él transmitía muchas emociones en ese beso: desesperación, rabia, tristeza… Nos separamos porque nos faltaba el aire. De inmediato vimos a Annie pasar como una bala perdida.
—¿Crees que se quedará así? —me amenazó.
—Espero que nos invites a tu boda —contesté.
—Estúpida, nunca te amará —dijo entre lágrimas.
—Ni tú a tu prometido. Suerte —me di media vuelta y volví a mi puesto de trabajo.
Naim se fue. Annie, por su parte, se quedó el resto de la noche frente a la barra, bebiéndose hasta el agua de los floreros. Sentí pena por ella; parecía enamorada de Naim, pero sus ambiciones la empujaban a estar con alguien que no amaba.
Supuse que lo mismo le pasó a Liam conmigo: nunca me amó, solo se casó para obtener lo que quería.
—Oh mira, mira, acaba de llegar el sustituto de Naim a buscar a su ebria mujer —Sophie me interrumpió.
Miré y casi me infarto al ver a Liam acercarse a Annie.
—¿Él es el prometido de Annie? —pregunté en shock.
—Sí. Ella nunca mostraba su rostro; el hombre estaba casado y supuestamente ella era una pobretona que quería robarle la fortuna. Se negaba a firmar el divorcio, pero ayer llegaron a un acuerdo y ella lo hizo, recibiendo la propuesta de compromiso de ensueño —me acerqué al basurero y no pude evitar vomitar.
—¡Ay por Dios, Natalia! ¿Estás bien? —preguntó Sophie, sosteniéndome el cabello.
—No me siento bien —dije, sin aire, completamente conmocionada—. Sophie, creo que me voy a desmayar —eso fue lo último que dije antes de perder el conocimiento.




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