Segundo tiempo

8.

Capitulo 8: Duerme conmigo.

Desperté en lo que parecía ser la oficina de Luccas, quien me observaba con evidente preocupación.
—¿Quieres que te lleve a urgencias? —preguntó.
Negué de inmediato. Apenas lograba contener las ganas de llorar.
—Me siento mejor… solo quiero irme ahora —dije mientras me ponía de pie con rapidez y tomaba mis cosas.
—Llamé a Naim porque tu teléfono no tiene batería. Además, Sophie me dijo que se están quedando juntos.
No pude más y estallé en llanto. No quería que él viera a Annie con Liam.
—¿Natalia? ¿Por qué lloras así? ¿Te pasó algo con un cliente? —preguntó, visiblemente angustiado.
—No me llamo Natalia, soy Navani… y mi vida es una mentira, una maldita mentira —dije mientras caminaba hacia la salida—. Gracias por todo, Luccas Lombardi. No tiene que pagarme el día; al final no necesito dinero… no necesito nada más que una sola cosa…
Bajé las escaleras, me sequé las lágrimas y, tras pasar por la barra, bebí un trago de los que Sophie le había dado antes a Naim. Luego pedí una cerveza grande, servida en vaso.
—Oh, nena, no es bueno mezclar. Tal vez por eso te desmayaste —me advirtió.
—Me desmayé porque ese desgraciado de allá es mi esposo. Yo soy la perra que quiere robarle su dinero… y ella es su nueva víctima.
Abrió los ojos como platos. No le di tiempo de responder. Me acerqué a la mesa donde estaba Liam; Annie había ido al baño. Él se levantó de inmediato al verme, como si hubiera visto un fantasma.
—Navani… ¿qué haces aquí?
Me reí en su cara. Estaba asustado. Sin pensarlo, le lancé la cerveza encima. Se enfureció. Annie apareció, sin entender nada, pálida, temerosa de que yo dijera que se acostaba con Naim.
—Eres un idiota —le dije—. Y tú, una ilusa. Te vas a arrepentir de esta decisión el resto de tu vida.
Salí del lugar mientras él corría tras de mí.
—¡Es solo una amiga! Tú te fuiste de casa a dormir con otros hombres. Estaba solo, triste…
—Es tu prometida. Lo vi en Instagram —lo interrumpí—. Bonita propuesta. Se nota que al menos te esforzaste en pagar una buena decoración.
Abrió los ojos, sorprendido.
—Lo nuestro nunca funcionó, Navani. Desde el principio solo te vi como una buena madre para mis hijos. Eres insípida, mala en la cama. Te firmaré el divorcio: serás libre, tendrás dinero suficiente, tu madre un nuevo riñón. Annie y yo tendremos el hijo que necesitamos para cobrar nuestra herencia, vivir juntos y ser felices. Ella es todo lo que siempre soñé en una mujer. Me ama y yo la amo.
Me reí. Iluso.
—Lo único que tendrás de mí es el divorcio. Sé libre de vivir tu amor. Te deseo mucha suerte… la vas a necesitar.
Comencé a caminar en dirección contraria. Las piernas me temblaban. Liam me siguió y me tomó del brazo, arrastrándome hasta un callejón.
—Cruzaste la línea, Navani. Prepárate, porque no dejaré que seas feliz.
—¿Crees que tengo miedo? Llevas cuatro años sin dejarme ser feliz.
Apretó con fuerza mi brazo.
—La pagarás. No te mantuve cuatro años a ti y a tu cochina familia.
Me soltó con violencia, haciéndome caer al suelo.
—No quiero verte en mi casa. Mi abogado te contactará para hablar de los términos de nuestra separación.
—¡Vete a la mierda! —le grité con todas mis fuerzas.
Cuando se alejó, me desplomé a llorar otra vez. Salí del callejón y me encontré de frente con Naim. Verlo solo hizo que las lágrimas aumentaran.
—¿Qué pasó? ¿Estás bien? ¿Vamos a un hospital? —preguntó preocupado.
No tenía fuerzas para mirarlo.
—¿Cuál es el nombre del prometido de Annie? —pregunté entre sollozos.
—No lo sé. Me acabo de enterar de que se casa hoy. Nunca me dijo su nombre… solo sé que estaba casado, pero ya no. ¿Qué tiene que ver eso contigo? ¿Estás llorando por lástima hacia mí?
Me reí.
—Claro que no. Pero no importa… luego te lo diré. Ahora no puedo.
La frustración volvió a apoderarse de mí. Él me abrazó; no lo esperaba.
—No hagas eso… no sé cuánto va a aumentar la deuda por apoyo psicológico —dije.
—No te cobraré. La verdad… yo también necesitaba un abrazo.
Vi a Liam a lo lejos, acercándose.
—No importa. Vámonos ahora —dije, tomando la mano de Naim y arrastrándolo al estacionamiento.
—¿De quién huimos?
—De nadie.
Subí a la moto. Me entregó el casco; me costó ajustarlo.
—Déjame ayudarte.
—¡No! ¿Crees que soy una inútil?
Lo aparté, frustrada. Me quité el casco.
—No puedo conducir si no lo usas —advirtió con calma.
Lo intenté de nuevo, pero estaba demasiado alterada. Terminé al borde del llanto.
—Déjame ayudarte.
Me rendí. En segundos lo ajustó. La rabia me consumió.
—Algo malo pasó —dijo—. ¿Por qué no quieres contarme?
Quise decirle la verdad, pero me callé.
—Mejor conduce. Tengo muchas ganas de dormir.
Aceleró para obligarme a sujetarme con fuerza. Lo consiguió.
Llegamos al edificio. Rogué porque Candy y Josh estuvieran dormidos. No quería que me vieran así. Subimos en silencio. Naim no dejaba de mirarme con preocupación.
Entré directo al baño de su habitación. Me duché otra vez, llorando, golpeando la pared con fuerza. Me dolía la mano, pero más el corazón.
Amé a Liam… o lo amé. Pero sus maltratos, engaños y humillaciones no solo acabaron con ese amor; me hicieron perderme a mí misma. No sabía cómo reencontrarme.
Salí de la ducha y vi mi ropa sobre la cama.
—Mierda…
Abrí la puerta. Naim estaba sentado en el suelo, bebiendo, con audífonos puestos, mirando su teléfono. Fotografías de él con Annie. Me dio pena.
—Ey… necesito pasar para tomar mi ropa… bueno, la tuya.
No me escuchó. Toqué su hombro.
—No te vi, perdón —dijo quitándose los audífonos.
Me dio el suéter. Corrí al baño a vestirme.
Cuando salí, seguía igual. Me senté a su lado y tomé uno de los audífonos.
—¿En serio? ¿Adele?
—Estoy deprimido. ¿Qué quieres que escuche, la Macarena? —me hizo reír—. ¿Me dirás qué pasó?
Negué.
—No confío en nadie.
—Gracias por ayudarme antes —continuó—. Antes era diferente… ahora solo queda la imagen. Soy un perdedor que se enamoró de la persona equivocada.
—No puedo darte consejos de amor. Yo también soy una fracasada.
—No lo eres. Solo tuviste mala suerte.
Me reí. Lo mío no era mala suerte; era estupidez.
—No quiero amor —dije—. Quiero vengarme.
—Yo solo quería recuperar a Annie…
Se le humedecieron los ojos. Lo abracé.
—Todo pasará. Ella no se casará. El amor no se compra en un centro comercial.
Se apartó.
—Mejor me voy a dormir. Tenemos clases en la tarde.
Tomó una almohada y una cobija.
—Naim…
No dije nada más. Pero él, como si leyera mi mente, habló:
—Quiero quedarme a dormir aquí contigo.
—Entonces ven… duerme conmigo.




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