Seis meses para amarte

Prólogo

Isabella

Subo las escaleras casi corriendo con la mano apretada contra el bolso donde llevo doblado el papel del médico. Ensayé cada frase durante todo el camino de vuelta, una vez en el auto, otra en el espejo y otra en voz muy baja mientras entraba a la casa. Cinco palabras, solo eso: Vamos a tener un bebé. Sonrío sin darme cuenta imaginando su cara aunque no tengo claro si será de sorpresa, miedo o algo parecido a la alegría, de todas formas cualquiera vale. Al llegar a la habitación respiro hondo, está entreabierta y me acerco, con una sonrisa empujo la puerta y entro, pero la sonrisa se queda ahí, una sonrisa tonta que tarda un segundo de más. David está frente al armario, de espaldas a mí, sacando mi ropa con ambas manos como si tuviera demasiada prisa, no dobla nada, solo la tira a la maleta abierta sobre la cama como se guarda algo que ya no importa.

—¿Qué haces? —mi voz sale pesada, baja y algo incrédula, pero él no se gira.

—Te ayudo a recoger tus cosas —dice como si fuera obvio —Ya pasaron los seis meses, así que… —se calla.

—Claro —susurro sin saber que más decir y la mano que sostiene mi bolso se afloja un poco, ahora, el papel del médico, de pronto pesa como una roca y mi corazón se encoge.

—En fin —continúa él y toma una carpeta oscura de la cómoda —Puedes irte cuando desees. Yo ya he firmado. Falta tu firma solamente —la deja sobre la cama y mira mis ojos. Yo miro los papeles bastante parecidos al contrato que firmé hace seis meses.

—¿Entonces así acaba todo?—murmuro sin poder aguantarlo aún deseando decirle de mi embarazo.

—No te entiendo —se cruza de brazos frunciendo el ceño.

—Estuvimos casados por seis meses —sonríe y esa sonrisa rompe todo.

—Sí. Lo que acordamos, Isabella —me recuerda abriendo una herida mortal —Eso acordamos hace seis meses. Solo sería ese tiempo, nada más y nada menos —mira su reloj —El tiempo ya acabó —mira mis ojos y sonríe, la puerta está detrás de mí, sé que es ahora o nunca y la frase sube hasta mi garganta, la frase perfecta, pero si la suelto, ¿qué viene después? Me mirará con obligación, se quedará por deber, por una cláusula que nadie escribió, culpa de un contrato que ambos rompimos una noche cualquiera. Y pensando en todo, trago el nudo que se ha formado en mi garganta.

—Lo entiendo —digo con una calma que no siento y me acerco a él. Trato de no mirar sus ojos y tomo la pluma, firmo lo mejor que puedo y por suerte la letra sale pareja y limpia, finjo que no sucede nada cuando por dentro todo se cae a pedazos y cuando me enderezo, sonrío mirando sus ojos y me doy la vuelta sintiendo las lágrimas que queman.

Cierro la maleta aun sintiendo la mirada de David sobre mí y cuando me giro ahí está él, cerca de la puerta. Solo paso por su lado sin tocarlo aunque su perfume es como una bofetada y abro la puerta, pensé que lo peor había pasado, pero no, fuera están los tres pequeños que llevaré siempre en mi corazón. Alineados contra la pared como si los hubieran castigado. Luca sostiene a su peluche contra su pecho, Liam tiene los ojos algo rojos y se esfuerza por no llorar y ella, la pequeña Lia está quieta, con una seriedad que no corresponde a su edad fingiendo ser dura cuando sé que no lo es y sin poder aguantarlo me agacho frente a ellos. Seis meses, solo eso bastó para amarlos tanto que ahora siento que dejaré la mayor parte de mi corazón aquí con ellos. Mi boca se abre queriendo decirles que no es culpa de ellos, que los quiero y que no es un adiós para siempre, pero no sale nada y la primera en moverse es Lía que me abraza sin poder aguantarlo y la aferro fuerte contra mi pecho sin querer soltarla.

—¿Vas a volver? —susurra y trago saliva, detrás de mí en la habitación no se escucha nada y solo deseo que él salga y me detenga aunque sé que no pasará. Acaricio su mejilla sonriendo, remuevo el cabello de Luca como no le gusta, pero que ahora lo hace sonreír y beso la frente de Liam aunque él odie los besos. Entonces me pongo de pie y me doy la vuelta sin poder decir una sola palabra, dejando salir las lágrimas mientras camino por el largo pasillo con una mano en el vientre y el secreto latiendo dentro de mí.

☆☆☆☆

David

Estoy despierto desde las cuatro de la madrugada, lo había planeado todo con orden y frialdad, primero la maleta, luego los papeles y después la frase, sobre todo, me había puesto una regla, no mirarla porque si lo hacía iba a ver lo que llevaba semanas evitando desde aquella noche en que las reglas dejaron de importar. Ya perdí a alguien una vez y aprendí lo mucho que cuesta quedarse en pie después. El contrato fue la mejor manera de prometerme que no volvería a suceder, seis meses, una fecha de salida, sin ninguna sorpresa. Aunque, la pluma se había detenido sobre la firma un segundo de más cuando mis manos temblaban. Me acerco a la ventana, esperaba que ella llorara, que gritara algo y que me dijera cobarde, pero no, ella solo dijo lo entiendo y firmó y eso fue un gran golpe. Cuando escucho el motor del auto me alejo de la ventana y miro hacia el armario, vacío.

Seis meses. Nada más y nada menos. Eso habíamos acordado, y lo había cumplido al pie de la letra.

Entonces, ¿por qué la casa se siente como si le hubieran arrancado una pared?

—¿Por qué no la detienes? —escucho la voz de Lía y no la miro.

—Dile que se quede —pide Luca y entonces me giro, los tres están aquí, mirándome con lágrimas en sus ojos culpándome seguro de todo.

—Isabella se va, no volverá y no la volverán a ver —mis palabras son duras mirando sus ojos y la pequeña aprieta sus puños, ella me recuerda demasiado a su madre.

—Te odiamos —gruñe con rabia y esa frase duele un poco.

—Y ustedes preparen sus cosas —digo con simpleza —el abuelo los va a recoger pronto —me cruzo de brazos mirándolos, los tres se dan la vuelta, han pasado seis meses aquí, pero ahora ellos también se irán. Se detienen un segundo y vuelven a mirarme y en esa mirada noto la verdad, volveré a quedarme solo en esta casa.




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