El viento era el único que hablaba en la ciudad muerta. Un susurro que inundaba la Avenida del Libertador, por donde Carlos empezaba sus días con un reconocimiento metódico del perímetro. El recorrido semanal lo llevó a la chatarrería. Empujó el viejo portón y dio la vuelta por el pasillo. Una silueta se movió rápido al fondo. Carlos se puso en guardia, apuntó. Nada. Solo hojas volaron en el viento.
Cada sombra era una potencial emboscada, cada crujido, un posible contacto hostil. Pero el sonido que generó la reja oxidada se sintió diferente, como una melodía. Un gatillo a la memoria. A algo que prefería mantener enterrado. Desde que perdió a José, su mundo se había reducido a una eterna y solitaria guardia. Su recorrido lo llevó a hurgar en la carroña de una vieja tienda de electrónica, un amasijo de cables y plástico. Las radios, sobre todo, eran los fósiles más tristes de la era del ruido.
Se detuvo frente a un estante. Sus manos apartaron los restos de un televisor reventado. Detrás, casi intacta, había una radio a transistores con el dial de baquelita y una carcasa de un falso color madera. Un vejestorio inútil. Pero su instinto de recolector era más fuerte. La guardó en la mochila. Quizás podría sacarle algún componente.
De vuelta en su refugio del noveno piso, la curiosidad le pudo. Sacó un par de pilas que guardaba para su linterna y las encajó en la radio. Giró el dial.
Estática. El ruido de fondo del nuevo mundo.
Giró un poco más, lento, meticuloso. Estuvo así varios minutos sin éxito. Con derrota anticipada, decidió preparar un mate. Puso la caldera al fuego y giró el dial una última vez, sin esperar nada.
Mientras el agua empezaba a hervir, unas pocas notas frágiles se abrieron paso, agudas y metálicas, entreveradas por la fritura de la señal. Un susurro con música.
La respiración se detuvo en su garganta y su piel se erizó como un choque de frío.
Oyó disparos, gritos, sintió un calor inexplicable en sus manos y presión en el pecho. Pero por encima de todo, una voz que lo perseguía en pesadillas:
¡Carlos!
La caldera hirvió. Volvió en sí con un jadeo violento. Apagó el fuego, arrancó las pilas y las lanzó contra la pared, quedándose de pie, temblando, con el corazón que retumbaba en los oídos. La quietud regresó, más pesada que nunca.
En la penumbra, mientras el silencio lo acusaba, miró la radio, preguntándose qué había escuchado exactamente. La mente, traicionera, buscó refugio en el principio de todo. En el día que esa maldita armónica sonó por primera vez.
José había llegado al puesto con su armónica en el bolsillo. Primer día, aún con el uniforme demasiado nuevo, los ojos demasiado limpios. Se sentó en un rincón durante el descanso y empezó a tocar. Desafinado, nervioso, buscando las notas como si fueran algo que se le escapaba.
—¿Podés parar con eso? —le había dicho Carlos, más gruñón de lo necesario.
José se detuvo inmediatamente, guardó la armónica. Después de un momento, habló en voz baja:
—Era de mi abuelo. Es lo único que me queda de antes.
Carlos no respondió. Pero algo en su pecho se movió. No era lástima. Era algo más complicado. Reconocimiento, tal vez.
—Seguí practicando —dijo finalmente, sin mirarlo—. Pero lejos de mi oído.
José había sonreído. Y Carlos supo, en ese momento, que acababa de aceptar una responsabilidad que no había pedido.
El momento previo a dormir solía ser su favorito. Pero esta noche tenía un sabor más amargo que el mate frío que lo acompañaba, intacto. Los recuerdos le disparaban sin pedir permiso. Su vista estaba en la ventana, pero su cabeza estaba en otro lugar. Decidió acostarse temprano, como si el sueño fuera una trinchera donde esconderse.
La noche fue una tregua inútil. Cada crujido del edificio, cada silbido del viento, tensaba sus músculos, esperaba oír otra vez aquel sonido. Intentó anclarse en la lógica, en la rutina. Desmontó el fusil. Pieza por pieza. Un ritual mecánico para ocupar sus manos y acallar la mente. No funcionó. Tomó su libreta. Hizo inventario. Una vez. Dos. Tres. Los números no significaban nada.
Se levantó. Recorrió el departamento. Aseguró cada cuarto. Vigiló cada punto ciego. Sus manos temblaban ligeramente. El edificio crujía. El viento silbaba. Y en algún lugar de su cabeza, cinco notas subían y bajaban, subían y bajaban.
Fue el viento, se repetía. Fue la soledad, me gana, me vuelve loco.
Pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia la esquina oscura donde había quedado la radio. La duda era una tortura peor que cualquier certeza, un veneno lento.
Al amanecer, se dio por vencido.
Cruzó la habitación, cada paso lo alejaba de la cordura. Recogió del suelo las dos pilas, dos pequeños cilindros que parecían pesar una tonelada. Tomó la radio con un cuidado que no merecía y volvió a su mesa. Sus manos, —con cicatrices y marcas de guerra—, que habían manejado explosivos bajo fuego enemigo, temblaban ligeramente al colocar las baterías.
Giró el dial con una lentitud insoportable, buscando esa cicatriz en la estática. El siseo familiar lo envolvió. Nada. Una oleada sanadora casi lo hizo llorar. Estaba loco. Solo era eso. Un alivio amargo, pero alivio al fin.
Volvió.
Débil al principio, una aguja de sonido en un pajar de ruido blanco. Se inclinó sobre el aparato, conteniendo la respiración, su oreja lo más cerca posible del parlante. Entre susurros indistinguibles, la textura del sonido era inconfundible y melancólica. Era una armónica.
Escuchó, paralizado, mientras la melodía luchaba por definirse. Eran solo cinco notas, que subían y bajaban en un patrón sencillo, casi infantil, y se repetía. Una imagen fugaz lo golpeó: José, sentado en un cajón de municiones durante una pausa, con una armónica plateada entre las manos, tocando esa misma tonada absurda antes de enfrentarse a una misión. Era su melodía. Acompañada de una frase entrecortada:
«Na... da... re...»