Señor Dame Paciencia

Capítulo 1 - La Paz De Joshua

Joshua Pazcal despertó, como cada mañana de los últimos seis años, exactamente tres minutos antes de que sonara su alarma. No era una casualidad ni un talento especial: era disciplina. Su cuerpo había aprendido a obedecer un horario tan estricto que hasta sus sueños parecían tener un cronograma, y si alguna vez soñaba con algo tan absurdo como volar o perder los dientes, su subconsciente tenía la decencia de terminar el sueño a tiempo para que él pudiera levantarse sin sobresaltos.

Abrió los ojos en la penumbra azulada de su habitación y se quedó un instante mirando el techo, repasando mentalmente el día que tenía por delante, como hacía siempre antes de mover un solo músculo. Dos reuniones. Una inspección de rutina en el puerto. Papeleo administrativo. Nada que se saliera del guion. Sonrió apenas -un gesto casi imperceptible- porque para Joshua no había mejor forma de empezar la jornada que sabiendo exactamente cómo iba a terminar.

A las 5:58 ya estaba de pie, doblando las sábanas con una precisión que rayaba en lo militar. A las 6:00 en punto corría por la orilla de la playa, el mismo tramo de arena firme cerca de las rocas, la misma distancia de cuatro kilómetros, el mismo ritmo constante que le permitía escuchar sus propios pasos y nada más. El mar, a esa hora, todavía estaba gris y tranquilo, como si también respetara el horario de Joshua. Algunos vecinos madrugadores lo saludaban con la mano; él respondía con un asentimiento breve, sin perder el paso, sin perder el ritmo, sin perder nunca el control.

A las 7:15 desayunaba dos huevos, una tostada integral y un café negro, sin azúcar, sin desorden, sentado siempre en el mismo taburete de su cocina, frente a la misma ventana que daba al pequeño jardín trasero donde no crecía ni una sola mala hierba porque él no lo permitía. A las 7:50 se ponía la chaqueta, revisaba que las llaves estuvieran en el bolsillo izquierdo y el teléfono en el derecho -nunca al revés, eso lo desequilibraba de una manera que no sabría explicar- y salía rumbo a la oficina.

A las 8:00 en punto, ni un minuto antes ni un minuto después, entraba a Pazcal Seguridad Privada, la empresa que había construido desde cero después de años de trabajar para gente que confundía "seguridad" con "hacer lo que se me antoje". Recordaba bien esos años: clientes que exigían escoltas para ir a fiestas donde después se emborrachaban y desaparecían sin avisar, empresarios que contrataban vigilancia nocturna y luego se quejaban de que los vigilantes no los dejaban entrar borrachos a las tres de la mañana, esposas que pedían que siguieran a sus maridos y maridos que pedían lo mismo sobre sus esposas. Había visto tanto drama ajeno que, cuando por fin pudo abrir su propio negocio, se juró a sí mismo una sola cosa: jamás volvería a mezclar su vida personal con el caos de otras personas. Orden. Silencio. Cero drama. Esas tres palabras estaban, metafóricamente, tatuadas en algún lugar de su columna vertebral.

Su oficina era un templo de orden: carpetas alineadas por color y por fecha, plantas simétricas que crecían exactamente igual porque las medía con una regla cada domingo, ni un solo papel fuera de lugar sobre el escritorio de roble oscuro. Su secretaria, Yolanda, solía decir -siempre en voz baja, y siempre con una risa contenida- que Joshua organizaba hasta el caos ajeno solo con la mirada, que bastaba con que entrara a una habitación desordenada para que los objetos, avergonzados, quisieran acomodarse solos.

-Buenos días, jefe -lo saludó Mateo, su hermano menor, con los pies sobre el escritorio y una taza de café peligrosamente cerca del borde, como cada mañana desde que se había mudado a trabajar con él tres años atrás.

-Buenos días -respondió Joshua, corrigiendo la taza dos centímetros hacia el centro sin siquiera mirarla, con el mismo gesto automático de quien endereza un cuadro torcido en la pared de otra persona-. Los pies.

Mateo suspiró y bajó los pies, aunque con la lentitud exagerada de quien disfruta hacer esperar a su hermano mayor solo por el placer de verlo esperar. Era, en casi todos los sentidos, el negativo fotográfico de Joshua: despeinado a propósito, camisa siempre con un botón mal abrochado, una sonrisa lista para salir en el momento menos oportuno. Donde Joshua veía riesgos, Mateo veía oportunidades de reírse. Donde Joshua veía desorden, Mateo veía vida.

-Un día vas a explotar, ¿sabes? -dijo, estirándose en la silla-. Toda esa calma tuya no es normal. Es sospechosa. Nadie es así de tranquilo sin que por dentro esté a punto de estallar como una olla de presión con la válvula pegada.

-La calma es lo único que me ha funcionado en la vida -dijo Joshua, sin darle demasiada importancia, mientras se sentaba frente a su computadora y revisaba la agenda del día. Dos reuniones con clientes corporativos que necesitaban renovar sus contratos de vigilancia. Una inspección de rutina en el puerto, donde su empresa cubría la seguridad de un pequeño muelle privado. Papeleo administrativo por la tarde. Un día perfectamente predecible, exactamente como a él le gustaba.

-Algún día -insistió Mateo, tomando un sorbo de café- vas a tener que dejar entrar un poco de caos. Aunque sea un poquito. Para practicar.

-El caos no se practica, Mateo. Se evita.

-Eso díselo al universo.

Joshua ni siquiera levantó la vista del monitor. Estaba acostumbrado a las provocaciones filosóficas de su hermano menor a primera hora de la mañana, y hacía tiempo había aprendido que la mejor respuesta era, casi siempre, ninguna respuesta.

No tenía forma de saber que, a tres calles de distancia, un auto deportivo color rojo avanzaba a una velocidad completamente inapropiada para las calles angostas y adoquinadas del pueblo, conducido por una mujer que discutía por teléfono con más pasión de la que ponía en mirar la carretera. El pueblo entero -con sus casas de fachadas pastel, sus farolas antiguas y su ritmo somnoliento de ciudad costera- no estaba preparado para Violet Siller, y Violet Siller, sinceramente, tampoco estaba prestando la más mínima atención al pueblo.




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