Señor Dame Paciencia

Capítulo 2 - La Mujer Del Auto Destrozado

—Voy a necesitar su licencia, seguro y una explicación de por qué manejaba mirando el teléfono en lugar de la calle —dijo Joshua, con la calma forzada de un hombre que ha lidiado con clientes difíciles toda su vida, pero nunca con algo así.

—Estaba en una llamada importante —respondió Violet, cruzándose de brazos, como si esa frase resolviera cualquier duda—. Y técnicamente no estaba "mirando" el teléfono, estaba gritándole a mi hermana. Es distinto.

—No lo es.

—Lo es si tú también tuvieras una hermana como la mía.

Mateo, que llevaba varios minutos disfrutando el espectáculo como si fuera un partido de tenis, decidió intervenir antes de que su hermano perdiera del todo la compostura. Se acercó al auto, inspeccionando los daños con un silbido apreciativo, y se asomó por la ventanilla rota como si evaluara una obra de arte contemporánea.

—Oye, ¿estás bien? ¿Te duele algo? —preguntó, con genuina preocupación, algo que sorprendió incluso a Joshua, que conocía a su hermano lo suficiente como para saber que detrás de su actitud despreocupada siempre había un fondo de sinceridad.

Violet se tocó el cuello, hizo una mueca exagerada y luego sonrió, como si el dolor hubiera desaparecido por arte de magia.

—Sobreviviré. No es la primera vez que choco un auto.

—Eso no debería ser algo de qué presumir —dijo Joshua, sacando su teléfono para llamar a la grúa y, mentalmente, a su seguro. Empezó a caminar alrededor del vehículo, evaluando el alcance del desastre: la reja doblada en un ángulo imposible, dos barrotes completamente arrancados de su base, el parachoques del auto rojo esparcido en fragmentos sobre la acera. Cada detalle nuevo que descubría era una pequeña puñalada a su presupuesto mensual, cuidadosamente calculado hasta el último centavo.

Violet lo miró de arriba abajo con curiosidad descarada, como si estuviera evaluando a un espécimen poco común, algo que no encajaba en el catálogo habitual de hombres que solía conocer: empresarios engominados, políticos sonrientes, herederos aburridos con demasiado dinero y demasiado poco carácter. Joshua, con su camisa perfectamente planchada y su expresión de quien está calculando pérdidas en tiempo real, le pareció casi exótico.

—¿Siempre eres así de... acartonado? —preguntó, ladeando la cabeza.

—¿Siempre choca usted rejas ajenas?

—Solo cuando están mal ubicadas.

—La reja lleva seis años exactamente donde está.

—Entonces alguien tuvo seis años para moverla a un lugar menos ofensivo para el tráfico.

Joshua sintió que una vena en su sien palpitaba con una intensidad que no recordaba desde su última auditoría fiscal. Se obligó a respirar y cambió de táctica: ignorarla y resolver el problema como un profesional, algo que había hecho con éxito frente a clientes borrachos, empresarios furiosos y hasta un par de intentos de soborno. Una heredera despeinada no debería representar un desafío mayor.

—Mateo, llama a la aseguradora. Yo voy a tomar fotos del daño.

—Yo también debería tomar fotos —dijo Violet, sacando su propio teléfono, milagrosamente ileso a pesar del impacto—. Para mi abogado. Por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Por si decide demandarlo a usted por tener una reja tan agresiva.

Joshua se giró lentamente hacia ella, con una expresión que Mateo, más tarde, describiría como "el rostro de un hombre calculando cuántos años de cárcel implicaría estrangular a alguien en defensa propia emocional".

—Señorita...

—Violet.

—Señorita Violet, usted chocó contra mi propiedad. La reja no la agredió a usted. Usted agredió a la reja.

Violet lo pensó un segundo, se encogió de hombros y guardó el teléfono, sin ningún rastro de vergüenza en el gesto.

—Bien, tiene razón. Pero admita que fue un choque elegante.

—No hay forma elegante de estrellarse contra una reja.

—Usted no vio cómo giré el volante en el último segundo. Fue casi cinematográfico. Si hubiera una cámara, esto sería un tráiler de película de acción.

—Sería, más bien, un anuncio de seguros.

Fue la primera vez que algo parecido a una sonrisa apareció en el rostro de Violet, breve y genuina, antes de que volviera a esconderla detrás de su habitual expresión de indiferencia calculada.

Para entonces, el pequeño alboroto había empezado a atraer curiosos. Una vecina asomó la cabeza desde su ventana, dos hombres que pasaban en bicicleta se detuvieron a mirar, y hasta el perro del vecino de enfrente ladraba con entusiasmo hacia el auto humeante, como si también quisiera opinar sobre el asunto. Yolanda, la secretaria de Joshua, salió de la oficina con una carpeta bajo el brazo y se quedó paralizada en el umbral, contemplando la escena con la boca ligeramente abierta.

—Jefe... ¿necesita que llame a alguien? —preguntó, sin saber muy bien si se refería a la policía, a los bomberos o a un sacerdote.

—A la grúa —respondió Joshua, sin darse la vuelta—. Y tal vez, en algún momento de mi vida, a un terapeuta.

Yolanda asintió despacio y volvió a entrar, aunque no sin antes lanzarle a Violet una mirada de curiosidad que no pasó desapercibida.

—Le caigo bien a tu secretaria —dijo Violet.

—Yolanda le tiene curiosidad a cualquier cosa que rompa la monotonía. No es lo mismo que caerle bien.

—Da igual. Cuenta como punto a mi favor.

—Esto no es un marcador, señorita Violet.

—Todo es un marcador si uno decide llevarlo.

Joshua terminó de fotografiar el desastre con la meticulosidad de quien documenta una escena del crimen, angulando cada toma para capturar el alcance completo de los daños: la reja, el auto, los fragmentos de plástico esparcidos, incluso una pequeña abolladura en el poste de luz cercano que, según sospechaba, también correría por cuenta de la aseguradora de Violet. Mientras tanto, ella se paseaba de un lado a otro con las manos en las caderas, examinando su propio auto con una mezcla de resignación y fastidio, como si el vehículo la hubiera traicionado personalmente.




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